Las lluvias torrenciales que azotaron el noroeste de Marruecos hace casi un mes siguen dejando secuelas dramáticas. En la provincia de Kenitra, cientos de familias continúan desplazadas, incapaces de regresar a sus hogares destruidos o cubiertos de barro.
Tal y como ha informado Mohamed Siali en un reportaje de EFE, los afectados sobreviven en un campamento improvisado en pleno Ramadán, a tan solo 55 kilómetros de Rabat, mientras el Gobierno intenta implementar un plan de ayuda para las zonas más afectadas.
Vida entre tiendas y barro
El campamento, instalado en la localidad de Hemamsa, se ha convertido en refugio para decenas de familias procedentes de aldeas como Cherraqa y Bahiet, situadas a unos 35 kilómetros de distancia. Allí, ancianos, mujeres y niños comparten espacio con el ganado en tiendas de campaña facilitadas por las autoridades, cocinando en hornillos de gas y utilizando letrinas cubiertas con plásticos.
Cada familia ha recibido una única tienda, sin tener en cuenta el número de miembros, lo que ha generado hacinamiento y falta de intimidad. “Aquí nos cortaron el agua y la luz, y en mi aldea es peor: mi casa y el camino están hundidos en el barro”, denuncia Mohamed Habach, agricultor de 50 años llegado desde Cherraqa con su familia y su rebaño. Durante su huida perdió siete ovejas y vio cómo cuatro hectáreas de cebada y alfalfa quedaban destruidas.
Las condiciones de vida en el campamento son especialmente duras durante el Ramadán. Las familias preparan el iftar, la comida con la que rompen el ayuno al caer el sol, en medio del barro y rodeadas de animales. “Solo pedimos que abran el camino para volver a casa”, reclama Habach.

Casas anegadas y caminos destruidos
La situación es similar en Bahiet, donde las viviendas de adobe y los caminos secundarios siguen cubiertos de lodo. “Nos dicen que volvamos, pero el barro nos llega a las rodillas dentro de nuestras casas. No tenemos adónde ir”, explica Said al Qasimi, que vive con su esposa y sus cuatro hijos en una tienda de apenas diez metros cuadrados.
El periodista Mohamed Siali, de EFE, ha constatado sobre el terreno el aislamiento total de Cherraqa y la precariedad en Bahiet, donde las calles se han convertido en ríos de barro y los agricultores intentan rescatar lo poco que les queda. Algunos han regresado temporalmente para limpiar sus casas, pero sin ayuda institucional ni recursos básicos.
Uno de ellos, Idris, de 50 años, regresó solo para inspeccionar su vivienda: “El reto son los niños. Si vuelven, corren peligro por el barro y el caudal del río”, señala mientras muestra las marcas del lodo, que alcanza los 20 centímetros de altura dentro de su casa. Cerca de allí, la escuela primaria Hassan ibn Tabet continúa inundada, lo que impide el reinicio de las clases.
Una provincia declarada zona siniestrada
Kenitra forma parte de las cuatro provincias —junto a Larache, Sidi Kacem y Sidi Slimane— que el Gobierno marroquí ha declarado zonas siniestradas. Las inundaciones causaron cuatro muertes, el anegamiento de más de 110.000 hectáreas de cultivos y el desplazamiento de unas 188.000 personas.
El Ejecutivo ha anunciado un paquete de ayudas de 276 millones de euros para apoyar a los ciudadanos y agricultores damnificados, así como para rehabilitar infraestructuras y servicios esenciales. Sin embargo, las familias desplazadas aseguran que la ayuda llega lentamente y que muchas aldeas siguen incomunicadas.
“Ya sufríamos caminos destruidos cada invierno. Muchos niños dejaron la escuela por eso”, lamenta Fatna, vecina de Cherraqa que comparte una tienda con sus hijos. La mujer teme que, si no se reconstruyen los accesos, la aldea vuelva a quedar aislada cuando llegue la próxima temporada de lluvias.

El retorno, una promesa lejana
Aunque el pasado 15 de febrero las autoridades autorizaron el retorno gradual de los desplazados tras la mejora de las condiciones meteorológicas, muchas comunidades como Cherraqa y Bahiet permanecen inhabitables. En algunas zonas, el agua estancada sigue cubriendo carreteras y viviendas, y las estructuras de adobe amenazan con derrumbarse.
“El barro sigue llegando a las rodillas, no se puede vivir así”, repiten los afectados. La prioridad para ellos es restablecer el acceso por carretera y recuperar el suministro de agua y electricidad.
Mientras tanto, las jornadas en el campamento transcurren entre el cansancio y la resignación. Las familias intentan mantener las costumbres del Ramadán en medio de la precariedad, aferrándose a la esperanza de volver pronto a sus hogares.
Entre la fe y la incertidumbre
El caso de Kenitra, descrito por Mohamed Siali (EFE), refleja la fragilidad de las comunidades rurales ante los fenómenos climáticos extremos que golpean Marruecos.
Pese a los esfuerzos gubernamentales, la reconstrucción será lenta, y las familias desplazadas afrontan el mes sagrado del Ramadán lejos de sus casas, sus cultivos y sus escuelas.
En palabras de un anciano del campamento: “Ayunamos, rezamos y esperamos. Nuestro deseo más grande es volver a casa antes de que termine el Ramadán”. Una esperanza que, de momento, sigue hundida en el barro.







Y mientras el pueblo sufre, se compran armas y se construyen estadios con dinero europeo y español.