Los caminos de Dios son impredecibles, y todos ellos han guiado a Vicente Diéguez hasta Ceuta, un gallego que vivió 66 años en Venezuela y que desde hace 5 vive en nuestra ciudad, habiendo ocupado el puesto de la persona más longeva del Centro Social de Mayores del Imserso.
Vicente vive sus 94 años en tierra ceutí, donde continúa contando la historia de toda una vida, de la que recuerda una infancia poco entrañable.
La España de la emigración forzada
Hablar con él no es solo entrevistar a un hombre mayor, es asomarse a la España del hambre, de la emigración forzada, a una vida marcada por la supervivencia y, según cuenta Vicente, por la honradez.

Vicente nació el 17 de julio de 1931 en Vilarellos, un pequeño pueblo de Galicia. Tenía apenas cinco años cuando estalló la Guerra Civil. “¿Qué me voy a acordar yo de la infancia? La Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial”, dice con la mirada perdida en los recuerdos.
Un molino en casa
Hambre, miseria y trabajo desde niño marcaron aquellos años. Eran ocho hermanos, hoy solo quedan tres. “Eso era esclavitud”, asegura acerca de la vida de entonces.
El día a día en su casa giraba en torno al campo y a la supervivencia. Tenían un molino que funcionaba con agua, sin electricidad, donde molían el maíz... También un horno comunal donde se hacía el pan que luego se repartía entre los vecinos.
No había dinero, pero sí comunidad. “Hoy las casas están vacías”, lamenta al recordar su pueblo, como tantos otros del interior gallego que parecen haber quedado desamparados por el tiempo.
La humillación, peor que el hambre
Vicente no pudo estudiar. Desde niño trabajó en el campo, cuidando vacas, sembrando patatas, habas o maíz. Pasó frío y calamidades. “La humillación es peor que el hambre”, repite más de una vez. Esa frase parece ser su filosofía de vida.

A los 21 años cumplió con el servicio militar obligatorio en A Coruña. Recuerda el cuartel como una etapa dura, pero también como un lugar donde aprendió disciplina.
Emigrar a Venezuela
Después, su vida daría un giro repentino, a través del cual dejaría todo lo vivido atrás para comenzar de nuevo en otro lugar. En 1955 llegó a Venezuela, un país que acabaría marcando gran parte de su vida.
Vicente pasó en esta tierra extranjera que forma parte de la parrilla actual informativa 66 años. “¿Que si me fue mal? No. Gané dinero”, afirma, aunque reconoce que la devaluación de la moneda y la ignorancia le hicieron perder parte de lo conseguido.
Trabajos duros
En Venezuela trabajó como vendedor de marcos de fotografía junto a su hermano, enviando productos a España y ayudando económicamente a sus padres. Más tarde, se dedicó a la reconstrucción de viviendas y “a trabajos duros”.
En este último, cuenta que su hijo llegó a un acuerdo con los jefes de una prisión para meter en sus líneas de trabajo en la construcción a presos que cumplían condena, una imagen que puede resultar un tanto llamativa en España.
Sin estudios, pero con chispa

“No tendré estudios, pero tengo chispa”, dice con orgullo. La honradez fue siempre su premisa. “Nunca me gustó lo ajeno. Eso no va conmigo y a mis hijos siempre los he enseñado a no tocar lo ajeno”, cuenta.
Allí formó una familia. Tuvo tres hijos, dos varones y una hija. Tuvo momentos de felicidad plena y otros que querría olvidar.
El secuestro de un hijo
Uno de sus hijos fue secuestrado durante una semana, una experiencia que aún hoy le duele recordar y que a su hijo le pasó factura, dejándole un trauma que le durará toda la vida.
Vicente pagó el rescate para salvarle la vida, pero el trauma quedó. “Eso marca para siempre”, afirma con el tono de quien ha pasado una de las peores experiencias que puede vivir un padre.

Por otro lado, ha hablado de su otro hijo, hoy médico en la ciudad, a quien ha halagado con orgullo y ha agradecido su bienestar actual.
Una España distinta
Hace cinco años regresó a España, aunque el reencuentro no fue como esperaba. Tristemente, para Vicente, el país natal que encontró no fue aquel que dejó, la mayoría de sus conocidos ya no están y lamenta, sobre todo, la pérdida de un factor fundamental: el calor humano.
Por otro lado, tampoco se sintió acogido por el sistema, pues relata con cierta indignación cómo le negaron ayudas por tener un hijo “con buen sueldo".
El secreto de la longevidad
¿El secreto para llegar a los 94 años? Vicente lo tiene claro: no hay comidas milagro ni una fórmula mágica. “No le hago daño a nadie, no humillo a nadie”, responde. Para él, la dignidad y el respeto valen más que cualquier otro antídoto. En acciones tan simples como contestar un saludo está lo importante de la vida.
A los jóvenes les deja un sabio consejo y muy sencillo para probar un camino hacia la longevidad: no caer en las drogas y respetar a los padres.
Una memoria cargada de historias
Vicente Diéguez no es solo el más longevo del Centro de Mayores del Imserso de Ceuta. Es un testimonio vivo de una generación que sobrevivió al hambre, se levantó en tierras lejanas y regresó con la memoria cargada de historias a su origen.
A sus 94 años, Vicente se vale de sí mismo para caminar, disfruta de los ratos de charla con sus amigos del centro y, aunque las actividades que requieren movimiento no son su fuerte, ha encontrado en Benítez su lugar de desconexión, su lugar favorito de la ciudad.
Escucharlo es, sin duda, una forma de recuperar ese calor humano que Vicente tanto echa en falta y que, verdaderamente, se ha perdido en los entresijos del tiempo.






Esa humanidad también la ha heredado su hijo; buen médico y buena persona.
“No le hago daño a nadie, no humillo a nadie”, responde. Para él, la dignidad y el respeto valen más que cualquier otro antídoto.Esto es un ejemplo de humildad y de saberse integrar en la vida.
Buen médico y buén hijo.
Una buena persona.