María Jiménez tiene 28 años, nació en Ceuta, en la barriada de La Libertad, y en su entorno es conocida por tener un alma libre que la ha llevado a un gran número de lugares, convirtiendo cada uno de estos viajes en reflexiones dignas de compartir. La joven es un ejemplo claro de empatía, respeto y conciencia con el prójimo.
Además, Jiménez se preocupa desde hace años por velar por los derechos del inmigrante y la integración social, una condición que pudo materializar de alguna forma a través de la asociación Elín, de la que actualmente es presidenta.
Estudió Traducción e Interpretación en Granada y durante la carrera pasó un año en Escocia y otro año en Inglaterra. Tras terminar los estudios, durante la pandemia, estuvo un tiempo viviendo en Ceuta.

Seguía formándose a distancia y buscando trabajo, un año que recuerda con mucho cariño porque pudo disfrutar de la cercanía de su familia y de pasar su día a día en Elín.
Desde finales de 2021 vive en Granada, donde trabaja en la universidad, aunque aprovecha cada hueco para volver a su ciudad.
¿A cuántos países ha viajado? ¿Suele visitar las grandes ciudades y espacios más turísticos o se preocupa más por vivir la realidad de la sociedad e intenta buscar pueblos y zonas más alejadas de lo mero turístico?
No sabría dar una cifra exacta, seguro que hay lugares en los que he estado siendo muy pequeña y de los que no me acuerdo bien. En los últimos años he estado en algunas zonas de Vietnam, Marruecos, India y Senegal. Como suelo viajar en torno a 15-20 días procuro que el recorrido me permita también “vivir” el sitio que estamos visitando más que ver el máximo número de lugares posible.
Antes de viajar procuramos preparar bien el itinerario leyendo sobre la historia, la situación social y política y, en la medida de lo posible, hablar con personas que vivan o hayan vivido en el país que visitamos que nos puedan ofrecer recomendaciones y consejos. El turismo no es neutral y nuestra forma de viajar siempre deja huella en las comunidades que visitamos, así que procuramos que esa huella sea lo más respetuosa y positiva posible.

Informarnos antes de viajar contrastando distintas fuentes y no guiarnos solo por las imágenes que vemos en redes, nos permite hacer elecciones más conscientes. Y esto a veces significa no ir a esa excursión que parece tan chula porque resulta que daña el ecosistema o no hacer ciertas fotos porque las personas de cualquier país merecen que se respete su privacidad tanto como la nuestra.
Viajar es un buen aliciente para el enriquecimiento personal, me comentaba que no viaja para rellenar un pasaporte, ¿para qué lo hace? ¿Cómo vive sus viajes? ¿Qué saca de ellos? ¿Se convierten los viajes en reflexiones más que en experiencias geográficas?
Viajo para conocer otros lugares, otras maneras de vivir, para conocer a otras personas…
Como decía antes, el turismo siempre va a tener un impacto sobre las comunidades a las que viajamos. Desde los lugares donde nos alojamos, los sitios donde comemos, las interacciones con las personas o el relato que contamos al volver a casa…
Es importante preguntarnos qué tipo de visitante queremos ser. Últimamente vemos mucho turismo “coleccionista”, personas que viajan para ir a los sitios más llamativos y coleccionar la foto perfecta para redes. También hay mucho “volunturismo”, personas que pretenden viajar y, sin conocer bien el contexto e incluso sin estar capacitadas, transformar realidades muy complejas.

¿Qué impacto tiene realmente todo esto? Creo que hay que evitar reproducir comportamientos que nos resultarían impensables en nuestras propias ciudades. Por ejemplo, hacer fotos a niños y niñas vulnerando su derecho a la intimidad y subirlas a redes. Es algo que nunca se nos ocurriría hacer en España y que sin embargo está muy normalizado cuando viajamos a países del sur global.
Nuestras elecciones y nuestra forma de relacionarnos con el entorno van a tener siempre una repercusión y está en nuestras manos fomentar desigualdades o ayudar a desmontarlas. Por eso, intento vivir los viajes observando sin intervenir, adaptándome a los ritmos e intentando cuestionarme desde la curiosidad y el respeto.
Es presidenta de la Asociación Elín y esto está en cierto modo relacionado con la experiencia de sus viajes, ¿Le ha ayudado viajar y conocer otras culturas para volcarse aún más en la lucha por los derechos de todos los inmigrantes?
He de decir que la vivencia en Elín en Ceuta me ha permitido conocer otras culturas sin viajar. Las actividades que hacemos generan espacios en los que compartimos nuestras ideas, valores, sueños… Estos espacios nos permiten vivir la interculturalidad como una fuente de riqueza.
A veces he viajado a algunos de los lugares de origen de personas que llegan a Ceuta y pasan por la asociación Elín y esto, inevitablemente, te deja un sabor agridulce.
Por un lado, es bonito visitar un país del que has oído mucho hablar, con cuya gente has convivido en Ceuta. Te genera una sensación de familiaridad muy especial. Pero, por otro lado, es inevitable sentir impotencia al saber que las personas de estos países tienen que jugarse la vida para venir a España porque no se les permite viajar de forma legal y segura.

En Elín hacemos mucha incidencia en la sensibilización sobre las causas de la migración. Es muy importante que nos preguntemos por qué las personas deciden dejar sus hogares y qué responsabilidad tienen nuestros gobiernos sobre la situación en algunos países.
Este verano viajamos a Senegal, por ejemplo, un país que se ha visto afectado por los acuerdos económicos con España y la Unión Europea. En este viaje hemos constatado cómo muchas personas no tienen oportunidades de prosperar en el lugar en que nacieron, cómo algunas comunidades se han visto empobrecidas por el extractivismo europeo.
Estas personas se ven obligadas a poner su vida en riesgo si quieren aspirar a otras condiciones de vida. Ver esta injusticia me reafirma en la convicción de que se debe garantizar el derecho a migrar de forma segura.
Asegura que muchos de sus viajes le hacen sentirse privilegiada por el mero hecho de ser europea, ¿me puede ampliar cómo siente, cómo vive esta experiencia y en qué se basa?
-Viajar con total libertad, de forma segura, a casi cualquier lugar del mundo, es algo que tenemos muy normalizado y que muchísimas personas no pueden hacer. En algunos viajes hemos conocido a personas con los mismos sueños que nosotras: estudiar, viajar, descubrir otros lugares, trabajar fuera y crecer… Son personas que perfectamente podrían comprar un billete y venir si se les concediera un visado.
Sin embargo, se ven obligadas a poner su vida en riesgo para hacer el mismo trayecto que nosotras a la inversa y venir a nuestro país por la falta de vías legales y seguras y por unas políticas de visados discriminatorias.

En nuestra propia ciudad vemos cómo llegan personas que han tenido que dedicar años, invertir fondos y arriesgar su propia vida para llegar hasta aquí. Cada mes recibimos noticias de cuerpos de personas jóvenes que aparecen en las playas de Ceuta… Por eso creo que conviene recordar todas estas muertes son evitables y que viajar, además de un placer, es algo que podemos hacer desde una posición de privilegio.
Desde 2019 pertenece a Elín y esta asociación fue la oportunidad perfecta para materializar la preocupación que ya nacía en su interior enfocada a los derechos de los inmigrantes que llegaban a Ceuta. ¿De dónde le viene esta preocupación y desde hace cuánto tiempo?
-El fenómeno migratorio forma parte de la realidad de Ceuta. Lo realmente peculiar es que la mayoría de las personas de la ciudad vivamos gran parte de nuestras vidas de espaldas a esta realidad. Creo que no se fomenta que nos interroguemos sobre las causas de esta migración y que la mirada hacia las personas migrantes suele ser indiferente u hostil.
En 2019 empecé a ser voluntaria de Elín porque quise conocer más sobre la situación de las personas migrantes e implicarme, ya que es algo de lo que no hablamos en otros espacios. Esta experiencia me ha transformado en muchos sentidos.

En Elín he aprendido que todas las personas somos diferentes en procedencia, cultura, etc., a la vez que iguales en dignidad y derechos. He sentido el poder transformador que tienen las relaciones de igualdad y la vivencia de la migración como una fuente de riqueza. Ser voluntaria de Elín me ha hecho hacerme muchas preguntas sobre la realidad que nos rodea. Es un espacio en el que he conocido el poder de lo colectivo y he aprendido a mirar mi ciudad con otros ojos.
¿Cuál o cuáles de sus viajes le ha dejado una mayor huella o le impresionó de tal manera que provocó una sensación, pensamiento o cambio que no había sentido anteriormente?
-Supongo que cada viaje es único y provoca sensaciones y pensamientos distintos. Este verano viajé a Senegal y pude conocer Keur Talibé, un proyecto que nace en la ciudad de Saint Louis a través de un grupo de personas concienciadas que decide actuar para transformar la realidad de los niños talibés.
Se trata de niños que viven en daaras (escuelas coránicas) supervisadas por un maestro o marabout. En la mayoría de los casos no tienen luz, agua ni saneamiento, lo que hace que enfermen y contraigan infecciones. No tienen acceso a una educación formal, se ven obligados a mendigar y/o a vender objetos de la basura.
En un contexto de abandono institucional y de vulneración de derechos de la infancia es muy inspirador ver cómo una iniciativa local que parte de cero, gestionada por personas voluntarias senegalesas, es capaz de dinamizar y actuar para cambiar la realidad.

Se movilizan para concienciar a la ciudadanía y visibilizar la situación de los niños talibés, reforman las daaras y luchan por el derecho a una educación para todos los niños. Tienen un documental que os animo a ver si os da curiosidad. El documental, que está disponible en español, se llama Sopi Yefine Yi. El título significa “cambia la manera de mirar, cambia la manera de actuar” en wolof, la lengua más hablada de Senegal.
A mí esto me reafirma en la creencia de que cada persona puede actuar para mejorar su propia comunidad. Todas podemos involucrarnos en nuestras ciudades, en nuestros barrios, sin necesidad de irnos lejos, para tener un impacto positivo y construir las sociedades en las que queremos vivir.
Para finalizar, ¿tiene ya algún otro destino fijado en la agenda? ¿Piensa que viajar para ayuda a abrir la mente respecto a otras culturas y a sentir una mayor empatía por quienes llegan a nuestra ciudad de forma ilegal buscando “un futuro mejor”?
-No creo en frases como “el racismo se cura viajando” o “viajar abre la mente”. De hecho, creo que es justo al contrario: es imprescindible deconstruir nuestros sistemas de ideas estigmatizantes y discriminatorios desde casa antes de viajar.
Cuestionarnos nuestras propias creencias, preguntarnos por las causas de la migración, informarnos sobre el papel que nuestros gobiernos desempeñan en la situación de otros países… Todo esto lo podemos hacer desde casa, empezando por nuestro propio entorno. Y creo que es precisamente ese proceso el que nos permite después viajar con una mirada más respetuosa hacia el mundo.
Hay muchos lugares que me gustaría visitar, pero no tengo ningún destino en mente. Sea cual sea, procuraré, como hasta ahora, informarme sobre la historia y el contexto, disfrutar del proceso de preparación. Todo esto nos permite hacer elecciones más conscientes y respetuosas antes, durante y después del viaje.






