Durante nueve décadas, la familia de Juan Mateo Arjona ha convivido con el dolor de una ausencia sin respuesta. Militante anarcosindicalista de la CNT, fue ejecutado en Ceuta el 21 de enero de 1937 junto a otros presos sacados de la cárcel del Monte Hacho en represalia por un bombardeo republicano sobre la ciudad.
Su esposa, Luisa Callealta, lo esperó hasta su muerte, el 18 de enero de 1968 en Thann (Alsacia) y sus hijos (Salvadora, Mariquita, Francisco, José, Encarnación y Carmela) crecieron sin conocer con certeza su destino.
Su nieto, Jean Marc Gallerie Mateo, ha viajado hasta Ceuta para rendir homenaje a su abuelo, Juan Mateo, y a su hijo y tío, Juanito, ambos perdieron su vida en Ceuta por sus ideas.
El nombre de su abuelo figura en una placa en la fosa común del Cementerio de Santa Catalina, una lápida y un nombre, junto al de tantos otros, que rescata del olvido una historia de represión, memoria histórica y dignidad.
Hablamos con Jean Marc tras este emotivo encuentro en Ceuta con el pasado familiar que ha reunido, simbólicamente, a toda la familia Mateo.
Jean Marc Gallerie Mateo y su esposa emprendieron hace tan sólo unos días un singular trayecto, emocional y sentido, desde Niza hasta Ceuta para visitar la fosa común donde descansan los restos de su abuelo, Juan Mateo Arjona, fusilado el 21 de enero de 1937 tras ser sacado de la cárcel del Monte Hacho junto a otros presos republicanos, en represalia por ese bombardeo que la ciudad había sufrido el día anterior.
El hallazgo de su nombre en la documentación histórica de las fosas comunes ceutíes, fruto del trabajo del historiador Paco Sánchez Montoya, ha permitido a esta familia saber, casi noventa años después, dónde descansa su familiar.
El viaje, según explica el propio Jean Marc, no respondía a una búsqueda nueva, sino al cierre de una historia que su familia ha arrastrado durante generaciones como una ausencia permanente.
“Cuando leí su libro [en relación al de Paco Sánchez], aunque ya me lo había dicho antes personalmente él mismo, supe que mi abuelo fue fusilado en el Monte Hacho ese 21 de enero del 37”, relata.
Así, la visita a la fosa se convirtió en un gesto simbólico de reunión familiar: la de su abuelo Juan Mateo, su abuela Luisa y su tío Juanito, los tres protagonistas de un mismo y trágico drama que la guerra dejó sin cerrar.
Un carpintero fiel a sus ideales
Juan Mateo nació en Sevilla un 25 de julio de 1888 y desarrolló su vida como carpintero, aunque su identidad quedó profundamente marcada por su militancia anarcosindicalista en la CNT.
Su compromiso con los derechos de los trabajadores le llevó a ser vigilado, detenido en varias ocasiones y finalmente expulsado del Marruecos español, donde residía parte de su familia.
En octubre de 1931 había sido encarcelado en Cádiz a raíz de una huelga de alquileres y por la bajada del precio de los alimentos de primera necesidad. Poco después de haber llegado fue expulsado del protectorado español por sus actividades sindicales.
Las autoridades republicanas, según recoge el testimonio familiar, preferían tenerlo vigilado en prisión al considerarlo “un anarcosindicalista exaltado”.

En febrero de 1932 fue puesto en libertad con la condición de alejarse de España, y se instaló con su mujer e hijos cerca Rabat, en Salé, en casa de su cuñada.
Lejos de abandonar sus ideas, continuó su actividad política en el exilio. Escribió un libro sobre la lucha obrera, mantuvo el contacto con los acontecimientos españoles a través de amigos y llegó a dar una conferencia sobre el obrerismo en España en un centro social de Rabat.
En la primavera de 1936 se encontraba en Ceuta. Tras el golpe militar del 18 de julio de ese año, fue detenido y sometido a dos consejos de guerra. En el primero, celebrado el 18 de septiembre, se le acusó de haber participado en una huelga general convocada por la CNT el 30 de mayo de 1936, y fue condenado a doce años y un día de cárcel.
El 7 de enero de 1937 compareció ante un segundo tribunal militar, que lo condenó a otros doce años por un delito de “insultos al ejército”.
Fusilado tras el bombardeo de Ceuta
Juan Mateo esperaba entonces ser trasladado de nuevo a la cárcel de Cádiz. Pero el 20 de enero de 1937 los republicanos bombardearon Ceuta.
En represalia, los franquistas sacaron a treinta y tres prisioneros de la cárcel y los ejecutaron sin juicio. Juan Mateo Arjona fue uno de ellos. Murió al día siguiente, fusilado por falangistas.
Juanito, la segunda herida de la familia
Juan Mateo Callealta, “Juanito”, heredó las ideas de su padre y también su trágico destino. Con apenas diecinueve años fue encarcelado, y durante su estancia en prisión escribió poemas a lápiz y dibujó ilustraciones en una pequeña libreta, un refugio íntimo frente al encierro.
Cuando conoció la muerte de su padre, grabó las siglas “CNT” y “UHP” en un muro del hospital militar de Ceuta donde se encontraba, un gesto de homenaje que acabaría marcando también su propio destino: fue sometido a un nuevo consejo de guerra, condenado a seis años de cárcel y trabajos forzados a los que no sobrevivió.
“Juanito era muy joven”, dice Jean Marc, “y siempre me ha impresionado pensar en cómo intentó resistir hasta el final”.
La búsqueda de una tumba
Hoy se sabe que Juan Mateo Arjona está enterrado en la fosa común del Cementerio de Santa Catalina en Ceuta gracias a las investigaciones realizadas por Paco Sánchez sobre los represaliados de la Guerra Civil.
A Luisa, su esposa, nunca se le comunicó de forma oficial la muerte tras su fusilamiento ni se le hizo llegar el certificado de defunción.
Como traslada Jean Marc, de su tío Juanito Mateo Callealta sí que llegó el certificado de defunción, sin embargo, del lugar donde reposan sus restos nada se sabe.
Carmela y la herencia del silencio
La generación siguiente creció ya dentro de esa herencia de silencios. Carmela, hija de Juan Mateo y Luisa -y madre de Jean Marc-, vivió toda su vida con la ausencia de su padre sin resolver.
No tenía una tumba, ni una historia completa, ni un lugar al que acudir. Esa falta de respuestas la acompañó hasta su fallecimiento.
El papel de Paco Sánchez
Fue así como contactó de nuevo con Paco Sánchez Montoya, historiador cuya investigación sobre las víctimas de la represión franquista en Ceuta ha permitido identificar numerosos nombres y dar contexto a las fosas comunes de la ciudad.
“El trabajo de Paco Sánchez ha sido muy importante para nosotros”, explica.

Un viaje histórico a las raíces
La visita a Ceuta se hizo, según relata, con muy poco tiempo disponible.
Pese a la brevedad, describe la experiencia como “un viaje histórico” para él, marcado también por la amabilidad que ha encontrado en la gente de la ciudad.
“Es tocar tus raíces”, resume sobre lo que significó estar allí.
“Hoy sé dónde está mi abuelo”
Frente a la placa que hoy recuerda a las víctimas de la represión, Jean Marc convierte su experiencia en un acto de reconocimiento familiar.
“Hoy sé dónde está mi abuelo”, afirma, “y eso no borra lo que ocurrió, pero cambia completamente la forma en la que podemos recordarlo”.
Una memoria con nombre y lugar
Para Jean Marc, la palabra dignidad resume buena parte de lo que representa esta historia.
Casi un siglo después del fusilamiento de su abuelo, su nombre figura en una placa sobre la fosa común de Ceuta que la familia ha podido visitar.
Una fosa que, en palabras del propio Jean Marc, “ya no es la fosa del olvido y del desprecio”.
Queda pendiente, todavía, localizar el lugar exacto donde descansa Juanito Mateo Callealta, una última pieza de una memoria familiar que, después de noventa años, empieza por fin a tener respuestas.

Luisa, el sostén de la familia
Si esta historia tiene un eje emocional, ese es el de Luisa Callealta Pelufo. Natural de El Puerto de Santa María, se casó con Juan Mateo el 16 de mayo de 1917, cuando tenía 25 años.
Tuvieron nueve hijos. Tras el fusilamiento de su marido, quedó sola al frente de la familia, primero en el exilio en Marruecos y más tarde en Toulouse.
Jean Marc habla de ella con una mezcla de admiración y respeto que atraviesa todo su relato.
“Mi abuela es una superviviente en el sentido más profundo de la palabra”, explica, “porque no solo perdió a su marido de una forma brutal, sino que tuvo que sacar adelante a los hijos en el exilio, sin respuestas, sin tumba, sin un papel que le dijera qué había pasado realmente con él”.
Luisa nunca recibió un certificado de defunción de su marido y lo esperó, según relata su nieto, “hasta su muerte en 1968”, en Toulouse, donde está enterrada.






