Libertad de exponer nuestro cuerpo, sin tapujos de trapos, de que nos de el Sol y las críticas de nuestros miradores.
Dicen que es desenfreno, locura, pero ambas palabras crían la envidia.
Al nacer estamos desnudos, expuestos al frío, ya que dentro de la barriguita de mamá, estábamos a una temperatura constante.
Nueve meses, nueve instantes de estar en bolas delante de un mundo, que nos observa y habla de ese bombo que lleva nuestra protectora.
Muchas dan rienda suelta a aquello que añoran, otros miran con ojos críticos de quien puede ser aquello.
Y mientras crecemos dentro de ese líquido y ese cordón que nos da nuestra vida y a la vez nos muestra nuestra independencia.
Son una muestra de nuestro viaje a este Planeta llamado Tierra, donde formamos parte de un complejo, pero bien estructurado núcleo.
Crecer, reproducirse y morir.
¿Somos independientes o dependemos de algo?
Y sonó la campanilla que nos hace entrar de repente en un paraíso donde no hay normas, pero hay muchas y entre ellas la sociedad da pistas de lo bueno y lo malo, de un camino u otro.
¿Me podría poner desnudo en una calle de nuestra ciudad?
Creo que no.
Pero realmente entonces somos libres, o es una mera especulación.
De momento solo me pondré como me trajo al mundo mi madre, cuando vaya a la ducha y en otros instantes donde haya poco público, para no dar que pensar, de reír o añorar a nadie.






