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Un estreñido en urgencias

Por Ana Isabel Espinosa
06/03/2021 - 05:00
urgencias
Imagen de archivo

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Los adolescentes andan enganchados al móvil como lapas en piedra ostionera. Incluso ha vomitado un supuesto psicólogo que es tortura inquisitorial desprenderles de él por castigo imperativo. A mí lo que digan estos coach de verdades televisadas- y duelos risueños- la verdad es que me la pelan. No quiero ser ordinaria, pero ando comprimida en lo mío como el que llegó a Urgencias después de no haber ido al baño en una semana.

Una que se enganchó a una parabólica lo hizo porque se cayó desde la terraza de un cuarto piso donde estaba de fiestuqui con otros tan descerebrados como ella, incluida su hermana menor. No sé qué habrán hecho sus padres al saberlo, pero sí sé lo que haría yo y no sería solo quitarle el móvil y encerrarla en casa al modo Kuwaití.

Sé que algunos dirán que soy una Neardenthal porque los niños tienen que vivir la vida y todo el mundo puede gozar de una segunda oportunidad- o muchas- como la prole de la Pantoja. Pero la verdad es que no, que nunca tenemos segundas oportunidades, ni la suerte de que nos rescate un policía por habernos quedado sujeta en una parabólica después de habernos podido despanzurrar sobre el suelo de cemento.

El otro día falleció un crío de 24 cayéndose desde una nave industrial en plena faena laboral. Trabajando. Sin parabólica de por medio, sin fiestuqui , ni drogas, ni alcohol. Trabajando con 24 años. Porque los hay y les hemos quitado el móvil y se nos han encabritado y hemos llorado lágrimas de desesperación por ellos, gritando de rabia al cielo como cuando se nos ha muerto el que más queríamos sin que el duelo nos dé tregua.

Seguramente porque no tenemos la gracilidad de los Ángeles, ni nos arropan los vestigios del yoga, ni ganamos miles de euros con libros escritos por otros dedos tecleadores.

Como el que acudió a Urgencias porque no visitaban el baño en muchos días y luego de ver la boquilla del edema que le iban a insertar en la diana, fue ligerito al váter del Hospital y lo largó todo, lo mismo a más de uno habría que ponerle en la encrucijada para que no se mate, ni desgaste a nadie en esta vida que no es más que videojuego muy real de alegorías varias. Nunca escribiré un poema, ni compraré un libro de autoayuda, ni mucho menos engañaré a incautos con mis doctrinas parabólicas. En este mundo de falsedades y apariencias, la imagen lo es todo y se sigue como borregos, al que parece profeta. De eso saben mucho los adolescentes y los idiotas que van a fiestas para caerse y quedarse enganchados no solo en parabólicas, sino en el alcohol o las drogas de por vida. Se trivializan las adicciones porque la televisión es basura que come nimiedades y que necesita llenar contendidos y se los dan los embaucadores de la palabra- y de la imagen- para ganar ellos dinero que luego se lleve el Diablo en cuanto les coma el corazón podrido. Pero eso nos llena y nos da felicidad como comprar por Internet, para luego sumirnos en la apatía, el desconcierto y la pena, porque ya no queremos que los niños sufran al echar los dientes, ni al quitarles el móvil. Ni nosotros tener la humanidad de dolernos y llorar por nuestros muertos.

Queremos salir, fiestuqui, y que los muertos se despierten subidos a una parabólica sin que nos duela nada como a máquinas bien engrasadas. Internet se ha convertido en dios omnipresente y los personajes públicos en profetas de la nueva tecnología, con el covid galopando como plaga bíblica sin que nadie se dé cuenta. Porque mientras muchos mueren, otros festejan y luego suben su hazaña para que otros la vean. Nos hemos amputado el corazón, para insertarnos en su lugar un libro de autoayuda. Saturamos Urgencias con tonterías que se saldan en casa, con enseñarle a las nalgas un buen enema.

Creemos que lo que nos dicen – y nos interesa- es palabra sagrada porque deseamos que nos engañen con medias verdades antes que abrir los ojos a la impotencia. Por eso funciona. Por eso los farsantes ganan dinero enganchados a una parabólica. Por esa mierda.

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