Las heridas del cuerpo producen sangre, las del alma producen tinta” Amin Maalouf, Premio convivencia 2026.
La ira, la rabia, el dolor derramado en palabras entrecortadas, la tormenta de la ansiedad que se posa como una nube encima de nuestras cabezas.
Y luego la impotencia, el arrepentimiento, la desolación de un campo minado, lleno de de soledad, de destrucción y de un exilio interior que te obliga a coger las maletas para la retirada.
Yo he sentido varias veces esa ira, esa angustia que te quema por dentro reduciéndote a cenizas, consumiéndote en lágrimas de desamor y de ausencia.
Ayer, en el parque de perros, un usuario me dijo que “iba a reventar a mi perra”, le había ladrado. “Me tendrás que reventar a mí antes”. Llegué a asustarme de esa ira descontrolada en que tu mente se crea sin frenos y puedes ser capaz de cualquier cosa.
El desprecio, el abuso, la cosificación, la injusticia: la ira va incubándose sin darnos cuenta que estallará a la más mínima.
Convertir la impotencia en ira, el fracaso en ira, la injusticia en ira, el abuso en ira, la violencia en ira, el amor en ira, la guerra en ira...la ira en ira.
Hoy, en clase he estallado por la reiterada falta de respeto de algunos alumnos y alumnas que en clase te boicotean, te anulan con el desprecio de su actitud.
Sientes cólera cuando eres perseguido por decir la verdad que quieren ocultarla, cuando la mentira forma parte del lenguaje común.
Rabia al levantarte sin ninguna ilusión, al saberte rodeado por el tiempo que se acaba, furia al no poder salir del laberinto de tus circunstancias y dar vueltas esperando una salida que no encontrarás nunca.
La irá te muerde por dentro cuando eres abofeteado por la vida, cuando te niegan un derecho, cuando te censuran una emoción, cuando te escondes para no ser juzgados, cuando te aconsejan sin buscar consejos, cuando eres consciente de que molestas y eres cautivado con una red tejida con cuerdas invisibles.
La ira de Dios, la ira de Cristo con mercaderes del templo, la ira de las madres de mayo a las que les robaron a sus hijos, la ira de Poncio Platos lavándose las manos, la ira al escuchar a Abascal acusando a los emigrantes de asesinos y violadores, la ira de los que tienen que obedecer ante los que mandan utilizando el cargo para humillarte.
Después de la ira ves un paisaje desolado, un huracán que arrancó de cuajo la esperanza, los estrago de un terremoto existencial.
Habrá que empezar de nuevo, habrá que sembrar de nuevo, tendrás que buscarte entre los escombros de una realidad asolada por la mano homicida de la furia.
Andarás sin rumbo, pensarás sin tiempo, llorarás por todo y por nada, oirás voces de retirada...Pero no las escuches, haz de la ira un grito revolucionario aunque tengas que inventarte una revolución.
No renuncies, no te paralices, movilízate, sigue, no oigas las las voces que quieran atarte, no bajes los ojos, levántate, estás hecho de relámpagos de rayos estridentes que no cesan y que iluminan el cielo de la noche más oscura.
Recuerda que el cañonazo suena a las 12 y hay que seguir.






