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Casas tapiadas

Por Ana Isabel Espinosa
10/11/2012 - 09:55

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Pasado el día de los muertos, una de las tardes que le siguieron, se encapotó el mar y el cielo entró en llorera, plateando las calles y diluyéndose el Puerto entero en badenes y alcantarillas saturadas. En la ribera del marisco, las tiendas estaban cerradas, los escaparates vacíos y la fachada del Rubio con un cartel deslucido que rezaba “ liquidación total”. Lo mismo recordaba la ribera, melancólica, que a pocos pasos del Rubio , años atrás, se suicidó un lugareño a mitad de un juicio por abusos, tirándose de la encañonadura del río, para besar sus aguas, a pleno pulmón. No se ahogó, porque había jóvenes prestos , pescando algo que llevarse a la caña, como suele suceder en los días de bonanza, sin levantera, pero murió , de todas formas, de un infarto, sin que los que llegaron al rescate, sanitarios y guardias, pudieran hacer otra cosa que atestiguar su muerte.
Nunca se supo cómo hubiera acabado el juicio, que era delicado en demasía , porque la víctima era muy menor y casi familia, aunque algunos conjeturamos , en líneas literarias, que no periodísticas, lo que pudo haber sido, ya que la apremiante actualidad lo borró de las portadas del Puerto Información, igual que lo desterró a él de las calles del Puerto, donde nacía cada día.                                                                                                          
Los periódicos son como las ciudades que los sustentan, periódicos locales, que crecen como la yedra a la pared, hincándose con fuerza en ella. Y cuando mueren, por los cambios ocasionados por otros, nunca por su propia esencia, dejan un hueco que no puede salvarse, de ausencia de bondad, de libertad, de creencias. El otro día, mediada la tarde, el paseo de la Rivera estaba solitario y mohíno, estaba solo el local del Rubio y desvanecido en el tiempo, el vigilante del aparcamiento. Solo una caravana, renuente y cabizbaja, puertas y ventanas firmemente cerradas, se asentaba en la margen del río, justo en el sitio donde se tiró Manuel, no se sabe si desmayado o decidido a acabar con todo. Ya no saldrá Josefina del periódico para tomarse un té en el Hotel Santa María, ni podrá ensoñar con ser tertuliana de antena 3, porque su periódico está tan fuera de juego como el Rubio, la ribera en invierno o la bonanza nacional, que se evaporaron como todos ellos. Es difícil vivir la ausencia los días lluviosos, ver las casa tapiadas para que no entren olvidados y no llevarte la mano al pecho compungido, porque el tiempo nos pasa por encima a cada gota de lluvia y nos deshace la cara y los pensamientos, con la misma facilidad que borra la realidad que aparece tras el cristal del parabrisas, volviéndose todo diluido y descompuesto. El otro día, sorteando la tarde, la entrada de la anochecida, la ribera estaba sola y el marisco en los congeladeros y Romerijo encendido sin parroquianos y solo un chulazo  sobresalía, como si fuera de  cartón piedra, emergiendo de un pequeño bar, con una gabardina marrón clareada y un paraguas en la muñeca. No era joven , ni guapo, no era hombretón , ni cargado de espaldas, era de otra época y otro tiempo, irreal como algunas visiones que no sabes por qué se te conceden, ni para qué fin. Porque el chulazo miraba, sin ver, cigarrillo en la mano izquierda, el río que se embravaba por la tempestad, la noche creciente en la marea, el sonido de los barcos amarrados a tierra y una campana a lo lejos que desafiaba, al agua, al frío y al viento.                                                                                            
Pasado el día de los muertos, una de las tardes que le siguieron, mientras se encapotó el mar y el cielo entró en llorera, un coche conducido por una mujer madura seguía al autobús local, extrañando a los ausentes , desiertas las calles de ellos y su estela en la tierra, pensando que la memoria guarda malas pasadas, envenenándote con recuerdos doloridos de los que se fueron y mostrándote al Rubio con su local vencido por la crisis, despertando rumores lejanos de un tiempo mejor, donde las casas tapiadas no escondían su vientre, tan fértil, en sus ladrillos empolvados de historia.                                                                                                           

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