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"Z"

Por Germinal Castillo
08/02/2026 - 07:30
z-costa-gavras-001
Imágenes cedidas

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En 1969 el director de cine franco-griego, Konstatín Gavras (más conocido como Costa-Gavras), dirige su tercer largometraje de éxito basado en el libro homónimo del escritor Vassilis Vassilikos.

En esa precisa época, Francia aún acusa la enorme onda de choque de un mayo hexagonal que casi logra pegarle un revolcón a la historia. Costa-Gavras firma, pues, una película de gran compromiso político, como casi todos sus trabajos.

Cabe subrayar que, entre otros muchos galardones conseguidos en festivales y muestras de cine, este largometraje recibe el hollywoodiense Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Costa-Gavras es nominado a mejor director para el premio de Hollywood y también logra las nominaciones a mejor argumento y mejor guion adaptado. Éxito en toda regla para un trabajo no en inglés.

El franco-griego tiene a sus espaldas un importante número de obras, a cuál más recomendable. Al margen de “Z”, podemos citar “Amén”, que relata la colaboración del Vaticano con los nazis, “I como Ícaro”, que narra el asesinato de Kennedy, “Sección Especial”  que cuenta los juicios bajo el régimen colaboracionista francés de Vichy, “Estado de sitio”, que cuenta la historia de la implicación de la CIA en las dictaduras sudamericanas, “Missing”, con la magnífica participación de Jack Lemmon, que describe la lucha de un padre norteamericano que busca a su hijo en la dictadura de Pinochet o “La Confesión” que se desarrolla durante el régimen totalitario comunista en Checoslovaquia.

En “Z”, el director de origen griego quiere, pues, de forma intencionada y flagrante, narrar el asesinato del político de izquierda (además de médico y profesor universitario) Grigoris Lambrakis. La ejecución (no tiene otro nombre) tiene lugar el 27 de mayo de 1963 a manos de las fuerzas parapoliciales cuando el activista se manifestaba a favor del desarme nuclear mundial. Seguro que encuentra la analogía pertinente en Minneapolis. Seguro.

Lo que sigue, en la vida real, al asesinato del profesor universitario, es lo que siempre ocurre en las dictaduras, precisión necesaria para quienes argumentan que aquí, en España, vivimos en un estado autoritario.

La pantomima de investigación por la muerte de Lambrakis llega a provocar incluso el encarcelamiento de jueces y fiscales que se atrevieron a investigar y enjuiciar a los verdaderos culpables. Todos estos acontecimientos desencadenan numerosas protestas en las calles griegas, ante la evidente impunidad de las ya mencionadas fuerzas parapoliciales de extrema derecha en Grecia. Seguro que les sigue sonando.

Aquella circunstancia es el catalizador, de alguna manera, de la unión electoral de las fuerzas de izquierda y centro izquierda en Grecia. La segura victoria de ese “Frente amplio” se ve truncada por el tristemente recordado “Golpe de estado de los coroneles”, obviamente apoyado por la CIA.

La dictadura griega trae consigo, como no puede ser de otra forma, una ola de brutal represión. Sin embargo, como siempre ocurre en estos casos, la historia, y probablemente también, nuestra anoréxica memoria, acaba por desterrarlo todo del recuerdo. Comprobar qué está ocurriendo en España con los 40 años de franquismo debe ser una muestra suficiente como apoyo a lo argumentado.

Costa-Gavras, que se basa en un soberbio guion de Jorge Semprun, relata todos los hechos relatados en su película “Z” con enormes dosis de emotividad e indignación por lo sucedido. Todo se desarrolla en el año 1969, en pleno apogeo de un régimen totalitario heleno que perdura en el poder hasta 1974.

A modo de apunte, señalar que, si bien los golpistas terminan siendo juzgados, poco años después (concretamente en 1980), ellos y sus simpatizantes van a terminar formando una suerte de asociación que se transforma, al poco tiempo, en el partido político de extrema derecha “Amanecer Dorado”. Nada nuevo bajo el sol, ni en Grecia, ni en ninguna parte. Parece que estamos condenadas a repetir la historia y, sobre todo, a sufrirla. No aprendemos de los tormentos de nuestras mayores, ni de nuestras semejantes.

z-costa-gavras-003

Evidentemente, no hará falta precisarlo, la represión fue brutal. Aunque la CIA deja claro que aquel golpe de estado no puede transformarse en un baño de sangre. Es la condición sine qua non para que ese pronunciamiento sea occidentalmente “homologable” de cara a un mundo convulso contra las guerras, la de Vietnam en particular.

Sin embargo, y como mandan los cánones, las cárceles se llenan de quienes mantenían la bandera del librepensamiento, del apoyo mutuo y de la Libertad. Tras el golpe de estado, esa nación es un país de represaliadas. Una vez más. De nuevo. Como siempre.

Con esta historia, Konstantín Gavras logra mover sensibilidades en contra de la intolerancia en general, de las dictaduras en su globalidad y de la situación griega en particular.

Pero, y además de lo obvio ya mencionado, el director de cine franco-griego resalta la importancia de cumplir con el compromiso que nos dictamos, trazamos y establecemos para con nuestra consciencia. Costa-Gavras entiende, pues, ese compromiso como ineludible, e inapelable.

Por su parte, el escritor italiano judío sefardí, Primo Levi (autor de la más que recomendable y terrible trilogía sobre los campos de concentración nazis “Si esto es un hombre”, “La tregua” y “Los hundidos y los salvados”) afirma que “es el deber de los hombres justos hacer la guerra a todos los privilegios inmerecidos, pero no hay que olvidar que esto es una guerra sin fin”.

Quizás asqueado por intuir los vientos de intolerancia que nos asolan de nuevo, aunque nadie quiera, o sepa, verlos venir, este doctor en Química se suicida en Turín el 11 de abril 1987 a la edad de 68 años.

En la obra referida, Primo Levi muestra toda la miseria humana condensada en el campo nazi de Auschwitz. Describe un lugar en el que la Humanidad ha perdido todo su significado en los alambres de espino electrificados, en el negro humo de los hornos crematorios o en el anonimato de cientos de fosas comunes perdidas en unos campos cuya historia se va perdiendo. Es curioso lo increíblemente frágil y quebradiza que tenemos la memoria para algunas cosas. Las que afectan a las débiles, sobre todo.

A las lectoras del H2SO4, no les debe de extrañar que, en esa alusión al “deber de los hombres justos”, Primo Levi se refería a quienes, rechazando la sinrazón, pelean hasta el final por un mundo justo y libre, aunque ahora, vuelvo a insistir a ello, parecemos ignorarlo.

Primo Levi afirma también “Ay de quien sueña: el momento de conciencia que acompaña al despertar es el sufrimiento más agudo”. Ese dolor agudo, que algunas conocen, suele venir sin embargo precedido de unos sólidos principios morales, de un compromiso con las demás y sobre todo y, ante todo, de una lealtad hacia sí misma. Es la paradoja de quién piensa: reflexionar suele doler, tener la mente vacía siempre es más cómodo.

El escritor judío deja escrito también:

“Considerad si es un hombre

Quien trabaja en el fango

Quien no conoce la paz

Quien lucha por la mitad de un pan

Quien muere por un sí o un no.

Considerad si es una mujer

Quien no tiene cabellos ni nombre

Ni fuerzas para recordarlo

Vacía la mirada y frío el regazo

Como una rama invernal

Pensad que esto ha sucedido”.

Es evidente, Primo Levi quiere dejar palpable su firme compromiso con el deber inquebrantable de, primero, nunca querer olvidar lo vivido y, segundo, de siempre continuar transmitiendo el horror para que jamás caiga en el miserable vacío del olvido.

Y en esas estamos.

Cabalgando a lomos de un claro practicismo, se nos está intentando constantemente seducir con la adopción de una aséptica supuesta calle de en medio, argumentando que la reflexión y el compromiso son cosas de revolucionarios, de utópicos, de violentos y propios de siglos pretéritos pasados de moda.

Esta elección facilona, que no es otra cosa que una opción  servil  que supone un flagrante tajo a la dignidad, y por ende una fractura abierta a cualquier práctica de la más mínima coherencia con lo que nos rodea.

Desde siempre sabemos que la resolución de los problemas debe abordarse de forma global, integral, sin buscar medidas demagógicas o cierres en falso. O la solución es total, o la manera de encarar el conflicto no es el adecuado.

Es más que probable que haya llegado el momento de afirmarnos en lo que somos y, lo que es más importante, saber dónde debemos estar para hacer frente a los complicados tiempos que ya se afirman sin máscaras ni disimulo.

z-costa-gavras-002

Como hacían los antiguos maestros de obra, quizás nosotras también debamos coger ahora una plomada de las que se utilizan en albañilería y aplicar su función a nuestras vidas. Esa sencilla y ancestral herramienta nos marca el punto exacto en el que debe estar tal o cual construcción para evitar su caída.

Ese punto es desde donde debe partir el compromiso que cada cual se fija para consigo mismo, para con los suyos y para con la Humanidad.

Cabe siempre la posibilidad de que el punto que nos marque la plomada ética no sea ni el más placentero, ni el más fácil, ni el que se acople a lo que opine la cómoda mayoría. Es posible también que un poco más allá llueva menos, o haya sombra. Puede igualmente que no sea tan complicado de explicar, pero nunca será el punto designado por la plomada.

Al mismo tiempo, si nos surge la duda, y tenemos valor para ello, siempre podemos buscar el espejo de la consciencia para que nos devuelva, violenta y duramente, la imagen de la pura y descarnada verdad de lo que somos.

Si lo queremos mirar de verdad, nos va a enseñar nuestra realidad, sin maquillajes, sin tapujos, sin barreras, sin mentiras y sin facilidades acomodaticias. La verdad de cada cual, vista de frente y sin filtros que tan bien defendía Gabriel Celaya en su texto “la poesía es un arma cargada de futuro”:

“Cuando se miran de frente

Los vertiginosos ojos claros de la muerte,

Se dicen las verdades;

Las bárbaras terribles, amorosas crueldades,

Amorosas crueldades”

Así, nuestro compromiso no puede ser otro que uno vital con nosotras mismas, porque es nuestra única forma de seguir existiendo frente a la muerte en vida de quien no se respeta ni a sí misma.

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene, pero quizás nos toque, antes de que la palabra pensar pierda su honroso nombre, reflexionar sobre la avalancha autoritaria que se nos viene encima.

Conviene recordar que los últimos fotogramas de “Z” describen, en un tono comprometidamente aséptico, las prohibiciones que la dictadura de los coroneles estableció en Grecia. La lista es tan estúpida como sólo pueden ser las prohibiciones de una dictadura o de sistema autoritario:

“Los militares prohibieron por decreto [entre otras muchas cosas]:

-Los pelos largos

-Las minifaldas

-Sófocles

-Eurípides

-Louis Aragon

-Mark Twain

-Brindar a la manera rusa

-El derecho a la huelga

-Los Beatles

-Aristófanes

-Ionesco

-Camus

-Sartre

-Decir que Sócrates era homosexual

-El Colegio de Abogados

-Aprender ruso

-Aprender búlgaro

-La libertad de prensa

-La libertad de expresión

-La Enciclopedia Internacional

-La sociología

-Samuel Beckett

-Harold Pinter

-Julio Albi

-León Tolstoi

-Fiódor Dostoievsky

-Antón Chejov

-Máximo Gorki 

-Todos los autores rusos

-El anuario Who is Who

-La música moderna

-La música popular

-Mikis Theodorakis

-Las matemáticas modernas

-Los movimientos pacifistas…

…Y la letra “Z” que en griego antiguo significa ‘está vivo’ ”.

Probablemente, y a poco que consulte un manual de historia, seguro que estas prohibiciones le suenan cercanas.

Quizás tengamos que volver a pintar la letra “Z” en todas partes para recordarnos que, por SER, tenemos el deber de ESTAR.

Para ser humanas. Para estar en pie.

Otra cosa es que prefiramos vivir de rodillas y alabemos los capitanes de las galeras. Si es así, y parece que son los derroteros por los que vamos caminando, urge borrar la letra “Z” hasta del abecedario…total, vivas del todo no vamos a estar.

Nada más que añadir, Señoría.

 

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