Ser buen anfitrión ha sido una parte de la educación que recibimos los católicos. También los musulmanes se desviven siempre por atender a los que llegan a su casa. Y otras muchas culturas también lo cultivan. En estos casos, pones por delante cuanto tienes, y cuando se va la visita tienes una enorme alegría por haberte desvivido hasta la saciedad, incluso piensas que han sobrado más cosas de las que ofreciste al visitante. Y me explico.
Hace pocos días visitábamos cinco de mi familia a los dos franciscanos que quedan en el convento de la iglesia de la Victoria, Tetuán. Yo había hecho una gran tortilla de patatas, una empanada exquisita y Esther preparó unos huevos rellenos muy buenos, además de otras cosillas. Nos plantamos allí con un entusiasmo ilimitado, y se alegraron mucho al vernos. Les dije que nos quedábamos a comer y que traía la comida. Pues bien, mientras hablábamos en aquel patio andaluz, el Padre Jesús se fue a la cocina a preparar otra parte de la comida con la que nos quería agasajar. A la una en punto, hora del país, se almorzaba. No era una comida costosa, aunque sí variada y abundante. Lo compartimos todo, pero ellos fueron los que nos dieron “el ciento por uno”, pues nos dieron “el néctar puro de sus corazones, su sabiduría, su experiencia de vida, su amor y alegría. No veíamos el momento de venirnos, pues siempre les quedaba una historia nueva que contar. Nos enseñaron el convento, y cómo lo conservaban. Fue un día espléndido para todos, especialmente para las dos jovencitas que nos acompañaban. Sencillez y limpieza se respiraba en el ambiente. Y siempre están recibiendo a peregrinos que vienen de otros lugares para compartir experiencias con una sonrisa en la boca. Los frutos de una vivencia compartida llegan luego, cuando meditas.
Cuando repartes generosamente, se produce “la multiplicación de los panes y los peces”. Nunca te falta, más bien al contrario, te sobra. Nosotros sabemos que “la mies es mucha y los obreros pocos”, hay que pedir al cielo para que traiga más obreros a Su mies, que no se acabe nunca. Comprendimos que nuestro compromiso se debía acrecentar, pues llegará el día en que ellos necesiten un relevo.
Aclarado este asunto, se entenderá fácilmente la emoción de recibir al más grande dignatario del Vaticano en nuestro país, el Papa Benedicto XVI. No es por gusto que este Viaje Apostólico haya recaído en España. No es una casualidad que el Santo Padre haya tomado tal decisión. EL Espíritu Santo ha guiado sus pasos hasta aquí, sin duda alguna, ya que las casualidades no existen. EL Cielo quiere que seamos los españoles pioneros en la Nueva Evangelización, que debe resurgir por todo el mundo, España tiene raíces muy profundas de cristianismo. Seguramente no hemos sido los mejores, los más perfectos, pero Dios nos está buscando por cualquier rincón que vayamos, o nos escondamos, para no encontrarnos con Él cara a cara, como cuando Moisés se metía en la Tienda y veía al Señor y le hablaba, y cuando salía, debía taparse la cara por la luz que emitía su rostro. Así estarán nuestros jóvenes cuando se acabe esta gran experiencia no seamos como “el perro del hortelano, que ni come ni deja”. No podemos estar haciendo cuentas de los dineros gastados. No podemos juzgar negativamente. “No juzguéis y no seréis juzgados”.
El Papa viene a traernos el consuelo, sobre todo a la juventud, que no se pierda. Viene a traernos la paz y la alegría, en medio de una sociedad que ha perdido los valores y se encuentra perdida, desasosegada y triste. Con Él comenzaremos “un nuevo curso”, y seremos por la gracia de Dios, los alumnos más aventajados. Luego vendrá Somalia, para los católicos, los ateos y todos los hombres y mujeres del mundo, portadores y responsables del esfuerzo colectivo.
Todos los que se han limitado a contabilizar los gastos, que no se preocupen, pues verán caer abundantes frutos y riquezas después del evento. Deberíamos decir:”El Señor ha sido grande con nosotros y estamos alegres”. Pues “El Señor es mi pastor y nada me falta”. Ojalá Su Santidad pudiese venir en otras ocasiones, para que nos enseñe una y otra vez a deslumbrar al mundo, porque sabremos con ello salir de cualquier crisis, tanto de valores como de economía. Y una cosa digo al Señor:”Protégeme Dios mío, que me refugio en Ti”.
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