Rafael Iglesias Calvo, hombre apacible, esperanzado y valiente, se empeña en explicar y en aplicar el Evangelio con claridad, y en vivirlo coherentemente. En mi opinión, la palabra “cercanía” resume la rica personalidad de un creyente que, por su contacto vivo con las gentes, muestra una serie de cualidades naturales y de virtudes evangélicas pacientemente trabajadas.
En sus homilías, este religioso marianista, sacerdote y profesor, muestra una humanidad no prefabricada sino rotunda y familiar, y, al mismo tiempo, la generosa cortesía de quien escucha la palabra de Jesús de Nazaret, y responde a las preguntas de sus conciudadanos. El Evangelio -repite con frecuencia- no sólo es un contenido, sino también un estilo y, por eso, él evita, por ejemplo, los símbolos de poder y de lujo.
He prestado especial atención a su personal manera de ejercer el Servicio de la Palabra, y he comprobado cómo ilumina los problemas de aquí y de ahora, contándonos, con rigor y con sencillez, los ecos entrañables que le despiertan los mensajes de cada Evangelio dominical. A pesar de explicarlos con fidelidad original, evita la blandura y la rigidez, sin caer en la frecuente obsesión de estar a la última moda.
Nos anima a vivir gozosamente el encuentro personal con Cristo, y nos invita a que comprobemos cómo nuestras vidas, cuando están abiertas a la verdadera fraternidad, contribuyen a lograr que nuestra sociedad sea más justa y más pacífica. En resumen, la conclusión de sus homilías es que el amor es el impulsor central de la vida personal y la fuente nutricia de la supervivencia colectiva.
En el reciente cambio de impresiones que he mantenido con varios de sus alumnos, compañeros y amigos sobre la sencillez y el entusiasmo que lo caracterizan, todos coinciden en que la clave reside en su plena conciencia de los límites de nuestra existencia humana y en la absoluta confianza que él deposita en la ayuda de Jesús: en su conciencia humana, en su realismo y en su fe.
Estoy de acuerdo en que su profundización en los valores trascendentes de la fe, de la esperanza y del amor es el procedimiento que le ayuda a mantener los ojos abiertos para que, reconociendo su pequeñez, sea consciente también de su grandeza; es la reiterada –diaria- decisión para identificarse hoy con los valores evangélicos.
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