El tamborilero de Ceuta, guardián del ambiente de Ramadán en las barriadas

Se trata de una tradición que despierta a las familias musulmanas para el suhur y mantiene viva la esencia del Ramadán

En Ceuta la llegada del mes sagrado de Ramadán trae consigo sonidos y escenas que forman parte de la memoria colectiva de muchas barriadas. Entre ellas destaca la figura del tamborilero, un personaje tradicional que, con su tambor y su constancia, se convierte en uno de los símbolos más queridos de estas noches tan especiales para la comunidad musulmana.

Durante la madrugada, cuando el silencio aún envuelve las calles, el tamborilero recorre los barrios golpeando su tambor para despertar a las familias a la hora del suhur, la comida previa al ayuno. Su presencia no solo cumple una función práctica, sino que también mantiene viva una tradición transmitida de generación en generación, cargada de identidad cultural y sentimiento comunitario.

Una tradición que sigue viva

A lo largo de todo el mes, el tamborilero realiza su labor con disciplina, sin importar el frío, la lluvia o el cansancio acumulado. Su paso por las calles y plazas crea una atmósfera única que muchos vecinos asocian con la esencia del Ramadán: convivencia, espiritualidad y vida de barrio.

Al finalizar el mes sagrado, es habitual que el tamborilero vuelva a recorrer las barriadas para felicitar la llegada del Eid al-Fitr. En ese momento, los vecinos suelen mostrar su agradecimiento con aportaciones voluntarias, dulces típicos o la entrega de la fitra, como reconocimiento a su dedicación durante todo el Ramadán.

Un sonido inseparable al Ramadán

Junto a las llamadas a la oración y el bullicio previo al iftar, el sonido del tambor forma parte de la esencia del Ramadán. Para muchos residentes, especialmente dentro de las barriadas con mayor presencia musulmana, esta figura representa la continuidad de unas costumbres que refuerzan el sentimiento de comunidad y mantienen vivo el ambiente tradicional del mes sagrado.

Así, año tras año, el tamborilero sigue marcando el ritmo de las madrugadas ceutíes, recordando que el Ramadán no solo se vive en las mezquitas y en los hogares, sino también en las calles donde perviven las tradiciones.

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