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Qué estamos haciendo

Por Ana Isabel Espinosa
05/11/2017 - 07:18
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No hay nada más triste que una ballena jorobada arrastrada por un pesquero. Aún más que el dolor que los nuevos psicólogos dicen que no tenemos por nuestros muertos. La yubarta se perdió en el mar luego que su madre la diera por muerta. Le tuvo que llevar días enteros porque llegó a las costas ceutíes podridita perdida.

Nos lleva media vida abandonar a los nuestros por mucho que entendamos que han muerto. Los animales solo son más reales, más directos. No se ponen de luto- nosotros ya tampoco- ni fingen que derraman lágrimas a pleno pecho. No recuerdo casi nada de cuando murió la Sombra, solo que estaba destrozada. Ahora lo asimilo más a una bomba nuclear que me hubiera impactado, despellejándome el alma. Como a la perra -desorejada y tuerta que el amo disparó en toda la cara- me recupero levemente. Parece que los hemos olvidado, pero los llevamos dentro.

No somos de cementerios, ni de lápidas que no constatan más que la soledad y el abandono, porque paséense por sus calles rectas, lean las inscripciones y las fotos enlatadas y sabrán de la tristeza humana que se evaporó en el tiempo como las lágrimas del primer neardenthal que convivió con la pre homínida que los científicos llamaron Eva. Ella pereció cruzando un río de cauce abrupto. El no pudo rescatarla porque la corriente era llevadera de cuerpos, dejando lastrado -el de ella- entre barrizales y lodos para posteridades de museos y enciclopedias.

La yubarta también será perpetuada en Ceuta- como los cetáceos enormes que decoran supermercados- para que la gente ni los vea estancados sobre sus cabezas mientras disfrutan de una insana hamburguesa. Laceramos nuestra alma porque nos morimos por dentro de ausencia, de recuerdos ingratos porque no los podemos repetir- ni manosear- como quisiéramos. No son las flores secas, ni las frescas, ni las nuevas- de gala esmerada- las que nos dan reflejo de amor, ni cuitas presentes. No son las lápidas de mármol más que mausoleo de riqueza. No es el cementerio más que tumbas que desembocan en calles paralelas, sin pasos calientes que las acojan.

Mi abuela Quiteria- sin embargo- descansa en una tumba con piedra desmenuzada como la que Morante no fue capaz de horadar para esconder los cadáveres de Laura y Marina, siendo visitada y venerada por todas sus nietas. Dicen los nuevos psicólogos que el dolor se está acabando porque no servimos para procesarlo por las nuevas tecnologías.No lloraba yo por la muerte de la Sombra porque estaban mis hijos de cuerpo presente. Los llevaba al colegio todos los días- y los llevo- cabeza alta y cuerpo estirado para que no se me notaran las esquirlas que me corroían por dentro, pero los psicólogos nos ven- y las huestes tampoco- y se creen que nos importa todo una muesca. No es la tierra aviadero de la abuela Quiteria, sino su recuerdo, sus ojos bondadosos de las fotos en sepia. No es el recuerdo de la Sombra más que aliciente para ir adelante, para prosperar, para levantar y encauzar niños que- eran suyos y míos -ahora son del tiempo. Al fin somos todos yubartas arrastradas por un pesquero conduciéndonos a puerto seguro, podridos de alma porque nos sobrecogen los sentimientos. Nos sacarán los huesos de marfil puro, reviniéndonos.

Como mis llagas iremos cicatrizando, como las heridas de la perra disparada nos haremos fuego.

No es que no sintamos dolor, ni a nuestros muertos, es que los llevamos dentro. Y a pesar de este dolor para perpetuar su recuerdo, sobreviviremos. Los evocaremos, riéndonos tanto y con tantas ganas que lloraremos. Ni los nuevos psicólogos- ni las huestes- nos importarán un bledo.

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