En El Faro de Ceuta nos gustan las historias humanas, reales, que sorprenden a una generación que desconoce el actuar de antaño. Historias que no aparecen en los titulares pero que están hechas de sacrificio, amor y vida.
Esto, precisamente, es lo que nos descubre este viernes María Béjar, una malagueña que llegó a Ceuta siendo apenas una muchacha con 18 años y que, sin darse cuenta, terminó convirtiéndose en una caballa más.
María tiene 90 años y va camino de los 91. Nació el 25 de agosto de 1935 en Málaga, en una España difícil, donde la infancia muchas veces duraba poco. Ella lo sabe bien. Con apenas 12 años tuvo que dejar el colegio para cuidar de sus siete hermanos.
Sus padres necesitaban ayuda en casa y María, siendo todavía una niña, asumió responsabilidades de adulta. Aun así, nunca abandonó del todo las ganas de aprender, iba a clase por la noche, robándole horas al día.
Llegó a Ceuta con 18 años. La trajo un tío de su madre para que conociera a un primo que la “pretendía”, como se decía entonces.
Eran otros tiempos, tiempos en los que las familias humildes buscaban oportunidades donde podían y en los que el amor, a veces, empezaba casi como un acuerdo familiar.
María recuerda perfectamente aquel primer encuentro y no pudo evitar reírse. “No me gustó nada”, cuenta entre risas. “No tenía dientes, se le caían”, continúa María muerta de la risa.
La idea era quedarse un tiempo y volver a Málaga cuando pudiera ahorrar algo de dinero trabajando, pues se vio en Ceuta, sin haber hallado el amor en su primo y sin recursos para volver a Málaga.
Pero el destino, o Dios, tenían otros planes para ella. Mientras trabajaba como “sirvienta”, término utilizado en aquellos tiempos, en la vivienda de una familia acomodada, apareció Antonio Rondón, el chófer de la casa. Y ahí cambió todo.
Antonio fue el hombre de su vida. Un hombre bueno, repitió varias veces durante la entrevista. Con él compartió décadas de matrimonio, una familia y una vida humilde, pero feliz.
Antonio falleció en 2019, pero sigue muy presente en cada recuerdo de María. Sus ojos y su corazón siguen enamorados de ese recuerdo.
La historia de amor entre ambos nació en ratos pequeños. Ella apenas tenía una hora libre al día.
Después de arreglar habitaciones, lavar ropa y limpiar la cocina, salía a verlo. A veces ni eso. Cuando llovía, la señora de la casa le decía que no saliera y Antonio se quedaba con ella en la cocina, aprovechando cualquier momento para compartir conversación y compañía.
Antes de casarse ni siquiera tenían casa. Vivieron durante nueve años en la Mezquita de la Pantera, cuando la Pantera aún ni existía.
Lo hicieron en un espacio que los dueños de la finca les cedieron para empezar juntos. Allí, María construyó su hogar poco a poco: una cocina, un dormitorio, un comedor y, sobre todo, una familia.
Tuvieron dos hijos: Juan Carlos Rondón, ya fallecido, quien fue colaborador y muy querido en El Faro de Ceuta, y Pilar, que este jueves acompañó emocionada a su madre durante la entrevista junto a su marido, Armando Ruiz.
Aunque reconoce que al principio Ceuta no le gustaba y deseaba volver a Málaga, el amor terminó cambiando su destino. “Si te vas, adiós, no podremos seguir nuestra historia, no conozco a tus padres ni tú a los míos…”, le dijo Antonio una vez. Y ella decidió quedarse.
Con el tiempo encontró aquí su sitio. Participó en carnavales, en teatros y disfrutó de una vida social activa junto a su marido. Pilar recuerda a sus padres disfrazándose y llenando la casa de fotografías y alegría.
Hoy, con 90 años, María sigue manteniendo una vida activa. Escribe, hace gimnasia, juega y continúa compartiendo tiempo con amigos y familiares. “Lo pasamos muy bien”, dice sonriendo refiriéndose a sus actividades en la Fundación Gallardo, donde realiza la mayoría de sus aficiones.
Al ser preguntada por las diferencias entre el amor de antes y el de ahora, piensa unos segundos. Cree que antes se apostaba más, que había más paciencia y más ganas de luchar por las personas.
María Béjar vivió una historia de película en su propia realidad. Vivió sacrificios tempranos, de incertidumbre, de empezar desde cero en una ciudad desconocida y de construir un hogar con muy poco.
Pero también vivió una vida llena de amor del bueno, del que se queda para siempre, del que se recuerda con la mirada perdida en el cariño.
Y mientras habla de Antonio, de sus hijos o de aquellos años en Ceuta, queda claro que, aunque vino pensando en marcharse, esta ciudad, Ceuta, ha sido el escenario de su película.
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