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La línea de demarcación

Por Germinal Castillo
01/02/2026 - 07:45
linea-demarcacion
Imágenes cedidas

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El 1 de septiembre de 1939 las tropas nazis invaden Polonia. El 3 de septiembre, en virtud de un acuerdo de defensa mutuo, Francia y el Reino Unido le declaran la guerra a Alemania.

Acaba de empezar la segunda guerra mundial.

A este episodio le sigue la “drôle de guerre” (la guerra extraña), en la que Francia se atiene a los códigos de la Gran Guerra y establece una guerra de contención con algunas escaramuzas, pero poco más. Confiando en la fortificación de la “Línea Maginot”, el ejército francés se siente a salvo, a pesar de contar, entre otras carencias importantes, con una aviación muy deficiente.

Ese impasse termina el 10 de mayo 1940 con una ofensiva relámpago que, en 6 semanas, conquista Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos. El ataque a Francia se realiza por los bosques de las Ardenas, un punto que el Estado Mayor de París calificó como imposible de franquear.

El 13 de junio, París se declara como “ciudad abierta” para evitar los bombardeos. Los nazis entran en la antigua Lutecia un día después desfilando por los Campos Elíseos. El gobierno francés se va desplazando hacia el Sur. El 16 de junio, el Mariscal Pétain es nombrado nuevo presidente del Gobierno, y el día 22, en contra de la opinión de muchos miembros del Ejecutivo (entre otros, De Gaulle), firma el armisticio con la Alemania nazi. El 10 de julio, una enorme mayoría de la Asamblea Nacional (Congreso de los Diputados francés) vota concederle los plenos poderes a Philippe Pétain. El día siguiente el viejo militar (84 años) se atribuye el título de “jefe del Estado francés”. Aquí empieza uno de los periodos más negros de historia del hexágono: la colaboración con las nazis.

Dado que Hitler no tiene la posibilidad de controlar todo el territorio francés, hace que se acepte, dentro de las muchas cláusulas del armisticio, la creación de una zona ocupada, y de una zona llamada “libre” que se encuentra bajo la tutela del gobierno títere de Pétain. Vichy es, pues, la capital de esa “zone libre” en la que Pétain decide establecer su Ejecutivo. Aquellos cuatro años de régimen asesino y marioneta al servicio de Hitler pasan a la historia como el “Régimen de Vichy”.

Para formalizar el acuerdo de las dos zonas, las nazis imponen una nueva frontera que corta a Francia en dos: “la Línea de Demarcación”. Eso sí, las alemanas se reservan el acceso a todo el litoral atlántico por dos motivos: el control total ante posibles desembarcos y un corredor para la entrada en España por si Franco se decide a entrar en guerra. Esto, por cierto, no llega a ocurrir por la insistente intervención del almirante Canaris, jefe de la Abwehr, la inteligencia militar alemana, que convence a Franco de no entrar en guerra. Esto es, en sí, materia para otro H2SO4. Apuntado queda.

“La Línea de Demarcación” es, de hecho, una fractura entre “dos francias” que dura hasta el 11 de noviembre de 1942, fecha en la que, como respuesta al desembarco de las tropas aliadas en el norte de África, Hitler decide reforzar su zona Sur e invade la Francia de Vichy.

Para cruzar “La Línea de Demarcación” de una parte a otra se necesita el famoso “Ausweis” (salvoconducto en alemán) que se entrega con cuentagotas. Son 1200 kilómetros de severos controles, de alambre de espino y de miradores desde los que se dispara sin aviso. Cualquier persona capturada intentando pasar irregularmente “la línea de demarcación” es torturada por la Gestapo para sacarle información sobre sus comañeras resistentes e inmediatamente fusilada. En el mejor de los casos, y si sobrevive a la tortura, se le envía a un campo de concentración para que termine en los hornos crematorios. Tal cual.

A pesar de los evidentes peligros de muerte, los grupos de resistencia, o simples vecinas de los pueblos ribereños de la línea de demarcación, se organizan para hacer pasar “al otro lado” a prisioneras evadidas, perseguidas políticas, judías que huyen de los campos de la muerte o aviadores paracaidistas o agentes caídas en combate. Llegar a la “zone libre” equivale a poder encontrar la vía para llegar a Gibraltar, o cualquier otro lugar que no esté bajo la bota fascista.

Por si fuera poco, toda la parte de los Alpes está bajo el severo control de las tropas italianas del Duce a quien Hitler ha solicitado colaboración.

También está presente, en este Tetris represivo, la terrorífica “Milicia Francesa” de Vichy, aún más cruel y despiada que las propias SS, que ya es decir. Para terminar, en la zona española, las fuerzas de Franco se aseguran de cerrar la mortífera pinza sobre quienes huyen de la barbarie. Una trampa perfecta, que se quiere inexpugnable, se cierra sobre millones de personas.

Y sin embargo, siempre hay un “sin embargo”.

linea-demarcacion

Alcalde socialista de Marsella, ministro con Mitterand e integrante de la “Red Brutus” durante la ocupación nazi, el socialista Gaston Deferre relataba en torno a los pases clandestinos de la “Línea de Demarcación”: “Al norte teníamos el ejército alemán, la Abwehr, las SS y la Gestapo, en la zona de Vichy estaba la Milicia, al este las tropas de Mussolini que ocupaban los Alpes y al Sur teníamos a Franco… y sin embargo pasábamos y hacíamos pasar a diario a muchas personas. Si te capturaban era la muerte -afirmaba Deferre- pero no por ello dejábamos nunca de transitar en todos los sentidos. Para nosotros, era vital y nadie ni nada nos iba a parar, ni siquiera el miedo a morir a manos de unos o de otros”.

Y en esas estamos.

Queramos verlo, o no, estamos en la presencia de otras líneas de demarcación. Una vez más, se separa el lugar dónde se come (comemos) de los inframundos, en los que la necesidad, las guerras y la miseria se conjugan en todos los tiempos posibles. Las terribles “líneas” son barreras físicas, metálicas o de hormigón, siendo la emocional la peor de todas ellas.

Las muertes de migrantes, de forma anónima en la mayoría de los casos, se acumulan en las diferentes líneas de demarcación, y una de ellas se encuentra precisamente en Ceuta.

Con estas fronteras sociales, paradójicamente, la muerte no es la única tragedia. Ni mucho menos.

Todas estas líneas pretenden cortar el mundo en dos, como si se pudiese separar la mitad de los órganos de un cuerpo y que éste siguiese vivo.

Parece que no acabamos de entender que todas somos parte de un todo, con nuestras diferencias, nuestras similitudes y nuestras peculiaridades. Con su canción “Te guste o no” el Premio Convivencia de Ceuta 2024, Joan Manuel Serrat, decía que:

“Tú reniegas en swahili, yo en catalán

Yo blanco y tú negro como el betún

Y fíjate no sé si me gusta más de ti

Lo que te diferencia de mi

O lo que tenemos en común”.

El caso es que parece que todas las soluciones pasan por poner murallas, como si al campo se le pudiese poner puertas y siempre se encuentra el paradigma de las soluciones en otros lugares. Uno de los puntos más aclamados es el muro que separa los Estados Unidos de México. Sin embargo, como afirmaba una doctora en problemáticas fronterizas que pasó por Ceuta, ese muro americano es franqueado, a diario, por vehículos todo terreno que, transitando por encina de enormes y sólidos tablones, pasan de un lado a otro sin más problema.

El muro de Trump, la Línea de Demarcación francesa y el resto de conjuntos de alambres de espino no sirven para nada o para poco porque las personas siguen pasando. Lo hacen con mafias, con pasadores, disimulados en coches, camiones, jugándose la vida intentándolo a nado o franqueando la valla. A la vista está.

Pero volvamos a lo esencial con ejemplos simples. Si delante de usted alguien se cae o se encuentra en una situación de vulnerabilidad, ¿cuál sería su reacción?

¿Pasaría de lado?

¿Volvería la cara?

¿Pisaría a esa persona como se pisa a una mierda, con asco y fastidio?

¿O, por lo contrario, se pararía a socorrerla?

La respuesta es obvia. Usted, yo y la de enfrente ayudaríamos a esas personas sin preguntarle edad, condición social, credo religioso, nacionalidad o raza. Tal cual. Llegadas aquí merece señalarse que esta ayuda humanitaria es algo que hacen, a diario, el Voluntariado de Cruz Roja, el de la Asociación Española Contra el Cáncer o el de otras muchas organizaciones humanitarias. Dicho queda.

Salvado el primer punto en el que, incondicionalmente, ayudaríamos a una persona en dificultad, pasemos al siguiente punto. ¿Qué solución aplicamos a las miles de personas llegadas a nuestras costas?

1º¿Debemos dejarlas que se pudran en una esquina diciéndoles eso de “no haber venido”?

2º¿Permitimos que unas miserables las exploten de forma inmisericorde?

3º¿Las expulsamos a todas?

4º¿Qué solución adoptamos?

Vayamos por partes.

1º) Nuestra actitud humanitaria reflejada anteriormente nos debería impedir dejarles vivir entre mierdas, o eso quiero creer.

2º) Nuestras batallas por nuestros salarios, por una mayor conciliación familiar o unas mejores condiciones de trabajo hacen que, lo que no permitimos para nosotras lo estemos dando por bueno para las migrantes, por el mero hecho de serlas. Así, deberíamos aplicar el principio básico de la solidaridad y de la honradez que lo que no queremos para nosotras y para nuestras hijas e hijos, tampoco debemos permitir que se lo aplican a otras.

3º) La expulsión no es viable, ni siquiera sobre el papel. Quien sostiene lo contrario, miente. ¿Cuántas personas en situación irregular hay en España? Supongamos que estamos en una cifra cercana al millón de personas, de las que, por cierto, casi 800.000 llegan de América. Después de localizarlas y arrestarlas como lo hacen las fuerzas paramilitares del ICE trumpiano, las tendríamos que meter en campos (sí, de concentración) y reenviarlas por avión a su país…si es que logramos saber su exacto punto de salida. La posibilidad de llevarlos a cualquier otro sitio que no fuese el de su procedencia es absolutamente ilegal, y no podemos estar defendiendo el orden y la ley y, la vez, hacer lo contrario (aunque ejemplos de ello sí existen).

El caso es que esta empresa es tan brutal, tanto desde el punto administrativo como operativo, que debe desecharse por irrealizable.

Una duda más al respecto de este tercer punto ¿Expulsamos a todas las migrantes? Médicos, enfermeras, técnicas especialistas, profesoras, las que recogen aceitunas, las que se dejan la piel en un invernadero o, como esa ex juez nicaragüense, que tuvo que huir de su país, junto a su marido abogado, por haber querido indagar en los asuntos turbios del gobierno, las que trabajan en un almacén empaquetando fruta. ¿Entonces, nos decidimos por engrilletarlas a todas y las expulsamos en bloque fuera nuestras fronteras?

Cosa diferente es aquella migrante que delinque, que obviamente es tan delincuente como la autóctona. En el caso de la migrante, la ley es clara. Cumplimiento de la pena y expulsión automática a quien infrinja el código penal. Su localización ya no es un problema puesto que ya está en manos de la Justicia.

¿Y qué pasa cuando ese país de origen rechaza a ese oriundo? Pues, como pasa con Francia, España y otros países, sólo queda la diplomacia…o entrar en guerra contra esa nación, claro.

Otras replicarán que la solución es fortalecer duramente las fronteras. ¿Instalamos, entonces, ametralladoras pesadas y disparamos contra cualquiera entrar que quiera entrar por la frontera de forma irregular? Seamos serias, esto tampoco funciona porque, o se arriesgan ante las balas o buscan alternativas aún más peligrosas.

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En este sentido, debe señalarse como positivo el movimiento realizado por el Gobierno de España de regularizar la situación de muchas migrantes, que no de nacionalizarlas. Esta circunstancia va a terminar con el terror de vivir con el temor de ser descubiertas, con la explotación infernal a la que están sometidas y permitirá, por ende, que muchas más personas se incorporen al mercado de trabajo legal, con todo lo que eso representa.

Algunas otras argumentarán que no hay para todas, de ahí las limitaciones para ayudar. La respuesta es simple: si no hay para todas, por qué para nosotras sí, y para ellas no. ¿Por qué una simple línea tiene que hacer la distinción entre vivir y morir? Aquí, silencio radio. Nadie contesta

4º) Después de exponer la situación, toca, pues, buscar una solución dando por bueno que no tenemos la capacidad de acoger a todo el mundo. Ojalá fuese así.

Partiendo de la base que nadie quiere salir de su casa (usted y yo, incluidas), deberíamos empezar a considerar el hecho, como me decía un Hermano hace poco, que estamos robándoles todos los recursos naturales a los países originarios de estas personas migrantes, sobre todo en África. Por poner un ejemplo simple: la pesca en Senegal.

Si esos países pudiesen disponer de lo que les pertenece, si los gobiernos tiranos de la ex colonias sostenidos por las grandes multinacionales fuesen reemplazados por verdaderas democracias, todas las personas que hoy llegan a nuestras costas (muchísimas no lo logran, hay que recordarlo una y mil veces) se quedarían tranquilamente en sus casas, como usted y yo haríamos.

¿Lo que está planteando este H2SO4 es una utopía? Lo que es una verdadera aberración es pensar que una línea de demarcación es la solución a todo.

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene, pero tratar a los seres humanos como hermanas y hermanos es la primera premisa de cualquier texto religioso y de cualquier enunciado humanista. Allá usted con su conciencia religiosa o sus planteamientos filosóficos.

Si, además, consideramos normal ayudar a alguien que lo necesita, si no estamos de acuerdo con la explotación y las miserables condiciones de vida, no podemos menos que empezar a pensar que la solución no está en instalar nuevas líneas de demarcación sino en solucionar las cosas en origen.

Esperemos que, jamás de los jamases se vea usted abocada a tener que repetir, en primera persona, lo que afirmaba Gaston Deferre. Sean interiores o exteriores, todas las líneas de demarcación se traspasan. Sean interiores o exteriores todas esas líneas de demarcación son asesinas.

Ojalá nunca tenga que comprobarlo.

Nada más que añadir, Señoría.

(Fotos del autor)

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