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Juan, el vejeriego

Por Ana Isabel Espinosa
17/02/2019 - 09:18

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Los ojos te lagrimean de viejo porque has visto mucha vida y sabes que se acaba. La mar no hace más que auspiciarte reumas y artrosis en esta lucha inalcanzable por llegar a la eternidad.

Somos tan perecederos como las ofertas de última hora del Mercadona. Y sin embargo, nos creemos dioses.

Juan , el fotógrafo de Vejer , no. Él solo se auspicia a los pasos del andador para intentar compensar la soledad, la tristeza y la apatía. No sé si saben cómo es un geriátrico. Un paso hacia el Purgatorio, no por el personal, ni las instalaciones, sino porque te desmarcas en el proceso. Te haces a la nada para la que nacimos, berrando por entender que se nos acababa el refugio materno, el incondicional. Tombuctú era la palabra clave para Berlanga. Soledad es eso mismo para esos muros que encierran cuerpos y mentes lastradas, pero sobre todo consumismo, porque somos nosotros mismos un producto más de esta sociedad despegada y ajena a la que nadie le importa nada.

El antiguo fotógrafo se traquetea media ciudad embutido en una gorra de paño y unas gafas miopes que no ocultan la rebeldía, esa misma que le llevó a trabajar de albañil en Barcelona, a hacer fotografías por los colegios o casarse con una mujer bastante mayor que él. No tuvieron hijos. Él lo achaca a la edad de ella y lo mismo hasta tiene razón porque ahora se pare con más de cincuenta, pero antes era casi misión imposible.

No se crean que habita en el geriátrico por eso, que la gran mayoría- y no me refiero a los enfermos de Alzheimer como mi madre, sino también a los que disfrutan como él de autonomía -tienen hijos que los visitan de vez en cuando y hasta familia política. No te conviertes en habitante de un geriátrico porque no tengas a nadie, ni no te quieran, ni porque hayas sido mala persona, o buena, solo porque no eres capaz de valerte por ti mismo o no quieres estar solo o ves que la vida se ha hecho cuerda corta que amarrarse a tu cuello. En el caso de Juan, se quedó viudo y un sobrino de su mujer le reclamó el piso.

En el tiempo que mi madre lleva acogida he conocido muchos internos, mujeres(la mayoría) en la sala de los enfermos de Alzhéimer que vagaban como fantasmas entre los demás residentes como Carmen que solo tiene una hermana en el mundo, o Lola, una vivaracha mujer que se pone a doblar manteles o a recoger servilletas porque su vida ha consistido solo en trabajar. En esos trasiegos a ninguna parte lo mismo bucean en esa memoria que les abandona a grandes horcajadas , excepto en algunos gestos rutinarios. No es una enfermedad a la que se le pueda dar la espalda, casi ninguna lo es, pero ésta destruye familias enteras. Es difícil entenderla si la ves desde fuera. Difícil de asumir si la tienes dentro. Más difícil aun reproducirla en los que llegan nuevos, porque tienes la suerte (no sabes bien si llamarla así) de que tu madre tenga el corazón de titanio y aguante el tirón por décadas, dándote la oportunidad de conocer enfermos y familiares con los que trabas amistad. Es tremendo- se lo aseguro-ver llegar a alguien al que la enfermedad le ha clavado los dientes y se resiste aun a tirar la toalla, peleando con las auxiliares, vagando por la sala como alma perdida en el limbo, entre nervioso y colérico. Hasta que el tiempo pasa, la medicación y el hastío surten efecto hundiéndolo en un sillón con la mirada perdida. Es terrible verlos vegetar, perdiéndose sus mentes cada vez más en un laberinto inescrutable donde no existe eso que nos hace tan humanos... las ganas.

Juan, ya les digo que no las ha perdido. Ni el gustarle las mujeres bonitas. Ni charlar con los amigos. Ni esa radio que lleva en el andador subida como si fuera mascarón de proa. Tiene bien sus piernas después de una rotura de cadera y anda más que muchos de nosotros, que si no nos obligan no echaríamos ni un buen paso. Transita incansable, quizás por huir de lo que se avecina…la soledad, la tristeza y la apatía.

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