La Semana Santa de Ceuta trae consigo pasión, fe, devoción y tradición. Para muchas familias, estas fechas no solo representan una celebración religiosa, también una historia que se escribe con el paso de los años.
En ese sentido, la familia Moreno es un ejemplo claro de cómo la devoción puede convertirse en una herencia familiar que une a distintas generaciones en torno a una misma pasión: la de la Flagelación.
En esta historia, la tradición se vuelve un punto de unión que une a tres generaciones.
Todo comienza con Paco Lechuga, continúa con su hijo Javier Moreno y llega hasta Alba y Gonzalo, los más pequeños de esta familia, hijos de Javier.
Todos comparten una misma pasión que ha marcado su vida desde su infancia, excepto la de Paco, que comenzó con pocas expectativas en la hermandad y terminó siendo una pieza fundamental.
Paco y Javier, además de la pasión cofrade también comparten el vínculo castrense. Paco fue comandante en Caballería, su hijo a día de doy es soldado en la misma Unidad. Un padre y un hijo que comparten mucho más allá de la vida familiar.
Por otro lado, Alba y Gonzalo han crecido rodeados del ambiente cofrade. Para ellos, la hermandad forma parte de su día a día desde que eran muy pequeños. Su relación con la Flagelación no es algo reciente ni casual, sino el fruto de una tradición familiar que les ha acompañado desde que nacieron.
Su padre, Javier Moreno, ha sido el principal responsable de transmitirles ese sentimiento. Desde la cuna estos han sido llevados a la hermandad. Han crecido con ella. De esta manera han podido vivir desde dentro cada uno de sus pasos, sobre todo el más importante, el que se da el Miércoles Santo.
La historia de esta devoción no empieza con Javier, detrás de todo está Paco Lechuga, el abuelo y el verdadero origen de esta cadena de pasión cofrade.
Curiosamente, Paco no comenzó su camino en la hermandad con grandes expectativas. Tenía 37 años cuando entró a formar parte de la Flagelación, casi por casualidad. Fue un compañero quien lo animó a involucrarse en la hermandad, y lo que parecía una simple participación terminó convirtiéndose en una parte fundamental de su vida.
Comenzó como tesorero de la hermandad, cargo que desempeñó durante doce años. Con el tiempo fue asumiendo nuevas responsabilidades: fue vicehermano mayor y posteriormente hermano mayor. Cuatro años en cada cargo.
Tras décadas de dedicación, hoy continúa vinculado al mundo cofrade como secretario del Consejo de Hermandades.
Lo que en un principio parecía una participación sin mucho entusiasmo terminó despertando en él una profunda devoción. Tanto es así que su implicación no solo marcó su propia vida, sino también la de su familia.
Para Paco Lechuga, uno de los mayores orgullos ha sido precisamente ver cómo esa pasión ha pasado de generación en generación. Su hijo y ahora también sus nietos han encontrado en la hermandad un lugar donde crecer, aprender y compartir experiencias.
La Flagelación ocupa un lugar muy especial en la memoria de esta familia. A lo largo de los años han acumulado momentos inolvidables que han reforzado aún más ese vínculo.
Desde las emocionantes recogidas del paso hasta las largas tardes de preparación antes de la salida, cada recuerdo se convierte en un capítulo más de su historia familiar.
Javier, por ejemplo, recuerda con cariño cómo desde pequeño pasaba horas en la hermandad. A veces, incluso se escondía bajo el paso para ver si su padre “se olvidaba de él” y evitar que se lo llevara a casa para poder quedarse ayudando un poco más.
Aquellos momentos, que entonces eran juegos de niño, terminaron convirtiéndose en el inicio de una relación inseparable con la cofradía.
Con el paso de los años, ese mismo sentimiento lo ha transmitido a sus propios hijos. Alba y Gonzalo han crecido viendo a su padre trabajar durante todo el año para la hermandad, porque la Semana Santa no es solo una semana de procesiones, sino el resultado de meses de esfuerzo y dedicación.
Para esta familia, la Flagelación es mucho más que una tradición religiosa: es también un punto de encuentro, una escuela de valores y un espacio donde compartir momentos únicos.
Por eso, cuando hablan de lo que significa para ellos la hermandad, sus palabras reflejan un sentimiento profundo que va más allá de la devoción.
Alba lo resume con una mirada cargada de emoción: “Para mí la Flagelación es un orgullo y mi segunda casa”.
Gonzalo, por su parte, lo define como “una tradición y mucho sentimiento, un acercamiento a los titulares.”
Su padre, Javier Moreno, es claro: “Para mí es todo. Sin la Flagelación no puedo vivir”.
Finalmente, Paco Lechuga, el origen de toda esta historia familiar, siente la Flagelación como algo suyo y de lo que está realmente orgulloso, sobre todo cuando mira atrás, ve todo lo conseguido y observa desde fuera como las nuevas generaciones mantienen todo el esfuerzo y trabajo de la Hermandad, que durante años ha dedicado parte de su vida a dársela a la Flagelación.
La flagelación es una tradición familiar que comenzó hace décadas y que, viendo el entusiasmo y devoción de las nuevas generaciones, seguirá viva durante muchos años más.
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