Entre flores y líneas rojas más que trilladas, Donald Trump (1946-79 años) y Xi Jinping (1953-72 años) han hecho alarde de aparente proximidad, pero ambos juegan partidas diferentes. Si cualquier persona se quedara con las imágenes emitidas en los medios de comunicación, da la sensación de que se encuentran en su mejor momento. Pero ambos gobiernos se ajustan a dos visiones discordantes de lo que entraña este encuentro.
La reunión entre Estados Unidos y la República Popular China no es una cumbre más en la agenda diplomática, sino una demostración de fortaleza celosamente diseñada entre dos potencias que pugnan por determinar las reglas del orden global. La recalada de Trump seguido por una delegación insólita de directores ejecutivos, como Meta, Goldman Sachs, Boeing y figuras como Elon Musk (1971-54 años) y Tin Cook (1960-65 años), convierte el encuentro en algo más que diplomacia habitual. Es, en naturaleza, una acuerdo donde el poder político y el capital accionario prosperan en dupla.
El mandatario americano viene con un recado fajado en su particular modo transaccional. Washington pretende contrarrestar la relación económica en condiciones que ayuden el rendimiento nacional, el acceso a mercados y la seguridad de las cadenas de valor. La reiteración en entornos ‘justos y recíprocos’ no es solo elocuencia. Entraña un apretón directo sobre subsidios industriales chinos, transmisión tecnológica y limitaciones a esferas estratégicas. Pero, en contraste a posiciones anteriores, Trump opta por una mediación de resultados inmediatos, donde las alianzas comerciales y las oportunidades de inversión gravan tanto como los requerimientos conjuntos.
En cambio, Xi, aparece como el valedor de la estabilidad y continuidad. Su tono prioriza nociones como cooperación, codesarrollo y reciprocidad. No obstante, este relato esconde una estrategia inquebrantable: China no claudicará en los puntales de su sistema económico, ni en sus intereses tecnológicos. Beijing, intenta afianzar su autonomía en sectores críticos, al tiempo que aumenta su influjo regional y global. En este escenario, el encuentro estaba llamado a ser una oportunidad para hipotéticos beneplácitos y más un medio para resolver tiranteces sin agravarlas.
El marco sistémico es manifiesto: Estados Unidos continúa siendo la mayor economía del planeta, con un producto interno bruto próximo a los 28 billones de dólares y una capacidad militar como ninguna otra. Mientras China, con una economía de alrededor de 18 billones, apresura su innovación militar y tecnológica para acortar distancias. Esta desproporción, aunque constante, es justamente lo que decide la dinámica de competitividad.
Evidentemente, dos ejes geopolíticos dictan el discurso.
Primero, Taiwán. Para Beijing la isla es una línea roja incondicional; y para Washington, un punto fundamental en su andamiaje de seguridad en Asia. Ninguna de las partes puede dar indicios de fragilidad en este entresijo, lo que convierte cualquier insinuación en un movimiento de exactitud diplomática.
Y segundo, la República Islámica de Irán. Estados Unidos intenta cuidar la presión sobre Teherán y coartar su libertad de acción internacional, mientras China con ventajas energéticas específicas, escoge salvaguardar los lazos funcionales. Esta discordancia, aunque adyacente en apariencia, destella la competición más vasta por el predominio en regiones críticas.
Si bien, las dificultades de la cumbre eran indiscutibles: la susceptibilidad recíproca se ha arraigado en los últimos tiempos, nutrida por forcejeos comerciales, tecnológicos y de seguridad.
"El hecho de que ambas potencias desentrañaran las líneas rojas a la cota más elevada, dice muchísimo de un entorno subyacente que ningún comunicado diplomático podrá variar. Con lo cual, la vida sigue igual"
Visto lo cual, el protagonismo de gerentes empresariales realzaba las expectativas de tratados precisos que podrían no cristalizarse. Y la fisura entre ambos patrones políticos apea cualquier clarividencia estructural.
Como quiera que sea, concurren alicientes para el comedimiento. La interconexión económica es profunda y ambos estados afrontan retos internos que hacen gravoso un choque abierto. La contribución quisquillosa en estabilidad financiera, comercio o incluso tecnología, es viable aunque en realidades cada vez más restrictivas.
A fin de cuentas, esta cumbre ni mucho menos prescribe un nuevo orden, pero sí la pronunciación de la idoneidad. Trump, indaga fraguar firmeza sin ceder aciertos económicos; Xi, procura ratificar la ascensión china sin inducir una ruptura. Es un ejercicio de equilibrio donde cada mensaje, expresión y arreglo inacabado forman parte de un compromiso vasto: la de quién lleva la voz cantante y bajo qué compases.
Dicho esto, las pormenorizaciones sobre el lanzamiento chino son extraordinarios, por no señalar asombrosos. Aunque frecuentemente se arrinconan o incluso se desconocen. Mientras la Administración de Trump se encaminaba a Pekín para hacer control de quebrantos potenciales, China acaba de poner en marcha su décimo quinto Plan Quincenal.
Adelantándome a lo que seguidamente fundamentaré, en varios frentes, China toca con la yema de los dedos a Estados Unidos, o más bien lo sobrepasa. Hoy, sus capacidades económicas, comerciales e industriales son similares, si no por encima, a las del coloso americano.
Y esta evolución cuantitativa va asociada de otra en el contorno de la investigación e innovación. China sobresale en la amplia totalidad de las disciplinas de estudio sobre tecnologías críticas, concretamente las de implementación militar y la mayoría de los artículos representativos sobre este contenido son producto exclusivo de intelectuales chinos.
Esta encrucijada de dos trayectos se origina en una trama de gradual dependencia de Estados Unidos con relación a la industria china, mientras Pekín adapta su espacio a la producción de tierras raras. Y en el recinto de las tecnologías punta, numerosas compañías norteamericanas tienen la mayor parte de sus referencias corporativas en China.
Ni que decir tiene que la expansión económica china no es solo un efecto dominó. Póngase como ejemplo lo concerniente con el volumen de la población china: el margen de vida de este florecimiento y su promedio pasó a la de Estados Unidos en 2020. En escasos años, este país ha impulsado una red de infraestructuras que se demoró en desarrollarse en Estados Unidos.
Primero, en las últimas dos décadas, el lugar de Estados Unidos y China en la investigación científica sobre tecnologías críticas se ha volteado. Washington, que en el 2000 destacaba en estos campos de estudio, paulatinamente ha quedado desplazado al segundo puesto, principalmente en los campos con aplicaciones militares.
Según un Informe desarrollado por el Instituto Australiano de Política Estratégica (ASPI), China resalta con creces en el período comprendido de 2019 a 2023, donde la investigación científica acapara 57 de las 64 tecnologías. O lo que lo mismo, el 89% retratadas como críticas por la institución.
Sin ir más lejos, entre los años 2003 y 2007, era Estados Unidos quien aventajaba la investigación en sesenta de estos campos de estudio. Actualmente, la superioridad de Pekín en la investigación tecnológica está fundamentalmente enraizada en los terrenos correspondidos con la industria de la defensa.
Por poner una prueba, los analistas chinos que trabajan en la Inteligencia Artificial (IA), en 2024 salieron a la luz más trabajos académicos (24.000) que sus homólogos europeos, estadounidenses y británico juntos (19.000).
La magnificencia de los organismos y la investigación china en tecnologías críticas es fruto de una uniforme inversión en análisis y desarrollo, activado primordialmente en la década de 2010. Otro dato significativo, según el ASPI, el poderío de China en estas disciplinas no se debe tanto a un acortamiento de los trabajos de investigación de vanguardistas tecnológicos como Estados Unidos, Alemania, Japón y Reino Unido, sino a la evolución china.
Segundo, Estados Unidos y sus aliados en el continente asiático pierden su sitio de incontestable supremacía militar, mayormente en focos de tensión como el Estrecho de Taiwán. China ostenta sobre sus espaldas la mayor flota militar con 370 buques y submarinos de combate
En paralelo a las aportaciones masivas en su Armada y sus Fuerzas Armadas de Tierra y Aire, Pekín ha perfeccionado cuantiosamente su arsenal atómico. En los tiempos que corren, con 550 lanzadores de misiles balísticos intercontinentales (ICBM), el Ejército Popular de Liberación acomoda capacidades por encima a las de su adversario americano. Y por si fuera poco, la trayectoria de crecimiento de la cantidad de ojivas nucleares, indica que en términos de ojivas desplegadas podría equiparar a la milicia norteamericana durante la década de 2030.
Tercero, apuntalada por una política de inversiones públicas masivas, según el Informe Anual divulgado por la Federación Internacional de Robótica (IFR) de fecha 25/IX/2025, el proceso de dotar a procesos o tareas de maquinaria programable (robotización) de las fábricas chinas continúa ascendiendo a un compás fulminante: en 2024, China montó más robots industriales que el conjunto del resto del mundo. Además, en 2025, se dispusieron más de 295.000 nuevos robots en instalaciones chinas, lo que significa un incremento del 7% con relación al año anterior. Esto constituye cuatro veces más que en la Unión Europea (68.000), por siete más que en Japón (44.500) y poco más o menos, que nueve en Estados Unidos (34.200).
El beneplácito de las entidades financieras públicas de préstamos a bajo interés a los fabricantes, así como subvenciones para adquirir competidores extranjeros, igualmente han inducido a la capacidad de manufactura nacional.
Otro dato relevante, en 2024 y por vez primera desde 2014, cuando la IFR compilaba reseñas anuales, la mayoría de los robots industriales emplazados en industrias chinas se construyeron en el país.
Cuarto, el robustecimiento del enfoque de los proveedores chinos en las cadenas de valor globales, es sustancialmente perceptible en cuatro de las parcelas básicas del comercio internacional. Llámense la confección, la energía solar fotovoltaica, la electrónica y la automoción.
A nivel general, el desenlace de la crisis epidemiológica es palpable en cada uno de los territorios, pero la cadencia de la recuperación se desdibuja. Mientras que China se ha rehecho en seguida y ha vigorizado su representación en el mercado internacional de exportaciones, Estados Unidos y Japón han notado cambios contenidos y parecen reanudar cierto equilibrio, pero sin ganancias ni pérdidas específicas.
Como explicita el analista y escritor canadiense especializado en tecnología, Dan Wang, en su estudio del despegue chino, “las exportaciones de mercancías chinas a Estados Unidos alcanzaron un nivel casi récord en 2022, equivalente al de 2018, año en que la Administración de Trump impuso aranceles a los productos chinos”. A este tenor, la capacidad de Estados Unidos para ponerse al día en el mercado automotriz, estribará sobre todo, de si aguantan o no las deducciones fiscales y subvenciones comprendidas en la Inflation Reduction Act. Con el matiz, que muchas ya se han visto congeladas desde el retorno de Trump a la Casa Blanca.
Quinto, Pekín igualmente ejerce una actuación preferente en las cadenas de valor industriales, hasta el extremo de convertirse en una pieza irreemplazable en la fabricación de tecnologías de última generación.
Como advierte Dan Wang, mencionando un Informe de Apple sobre sus distribuidores, 156 de los 200 vendedores más importantes de la empresa disponen de plantas de fabricación emplazadas en China. De ellas, setenta y dos se ubican en la provincia de Guangdong, en la costa sureste de China. Lo que corresponde al total de lo existente en Estados Unidos, la India y Vietnam.
En idéntica tesitura, en 2024, un Informe de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI), evaluaba que de aquí al año 2030, China agruparía el 45% de la capacidad industrial global. En nuestros días, el sector manufacturero protagoniza el 28% del PIB chino, de cara al 10% de Estados Unidos. Distancia interpretada por la reconversión industrial de la economía americana.
Sexto, el 9/X/2025, el Ministerio de Comercio de China hizo oficiales otras normas de control de las exportaciones que prolongan su marco normativo sobre las tierras raras. Estas medidas sancionan gravemente a Estados Unidos que radica de las operaciones en más del 50% para cincuenta y uno minerales fundamentales.
De hecho, según el Servicio Geológico de Estados Unidos, China era el primer suministrador de diecisiete de ellos, permaneciendo entre los tres primeros para otros veinticuatro.
Conjuntamente, este país ya inspeccionaba sus remesas de tierras raras, cuya cadena de suministro prevalece en su integridad, pero ha sumado otros cinco elementos al inventario, con lo que la cantidad de materiales directos dependientes a restricciones prospera a doce. Igualmente, limitó la venta al extranjero de decenas de equipos y materiales destinados para la extracción y el refinado de estos minerales.
"China, no desiste a su agenda ni a sus designios con respecto a Taiwán; Estados Unidos, no ha discutido su deber con el derecho de la isla a defenderse en caso de agresión"
Claro, que estos modelos podrían adquirir un efecto inmediato en la red de suministro de semiconductores, lo que dificultaría la elaboración de chips de IA. Sin obviar, que el incremento de la actividad económica americana pende a más no poder del desenvolvimiento de la IA.
Según el economista y ex presidente del Consejo de Asesores Económicos de Estados Unidos, Jason Furman, sin los centros de datos engranados en su amplia mayoría con la IA, la evolución del PIB norteamericano habría sido en el primer trimestre de este año únicamente del 0,1%.
Y en réplica a estas salvedades, en las últimas semanas Washington ha avivado la plasmación de capacidades nacionales para el tratamiento de tierras raras. Hace pocos meses que la Administración Trump informó que recibiría una participación del 15% en MP Materials, el mayor accionista de metales e imanes de tierras raras. Y en la misma sintonía, también ha adquirido participaciones en otras dos empresas mineras, entre ellas, Trilogy Metals.
Y séptimo, según antecedentes dispuestos por la Comisión Nacional de Salud de China y los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, en el año 2020, el promedio de vida media de un ciudadano chino rebasó la de un habitante norteamericano.
A decir verdad, la COVID-19 ha causado un desplome claro en la esperanza de vida media. Prestando atención a los guarismos facilitados por el Banco Mundial, dos años más tarde, Estados Unidos pasó de 78,79 en 2019 a 76,33 años, fijándose por debajo de la expectativa de vida media en Arabia Saudita o China en 76,94 y 78,21 años, respectivamente.
Junto con el continente africano, en las últimas décadas Asia es la región del planeta que ha apreciado la mayor transformación en su esperanza de vida. Si antes tocaba los 41 años de media para un habitante asiático en 1950, en el año 2019 asciende nada más y nada menos, que a 73 años. Mismamente, si se coteja la variación dentro de los estados asiáticos, China advirtió un incremento asombroso desde mediados de la sesenta a los ochenta hasta alcanzar el año 1980, para a posteriori percatarse de una ampliación comparable al de los estados más desarrollados.
De lo desgranado hasta ahora en estas líneas, aunque la contención a la escalada comercial y regulatoria entre Pekín y Washington ha acaparado la atención de cientos de titulares periodísticos, el verdadero contenido de la cumbre de Pekín tuvo resultados trascendentales.
En el fondo, se ha tratado de negociaciones sobre la militarización de la stack de IA y de una correspondencia bilateral de las líneas rojas que hacen ostensible hasta qué punto las divergencias entre las grandes potencias siguen sin enmendarse.
En otras palabras: es preciso entender en su justa medida la profunda asimetría que describe el trazado por la IA.
Primero, Estados Unidos lleva la delantera al poseer el dominio y control sobre el hardware indispensable para la velocidad de procesamiento en la que se cimienta el recorrido de la IA. Los chips de Nvidia, la capacidad de producción de TSMC lograda por la presión diplomática americana y el ecosistema más extenso de semiconductores avanzados, forman un cuello de botella que Washington lleva tiempo apurando alrededor de Pekín.
Y segundo, China supervisa un cuello de botella sobre el que no suele incidir, pero que es igual de valioso: las tierras raras y los minerales críticos, sin los que no se puede elaborar ningún chip, o montar ninguna batería de vehículo eléctrico, como tampoco desenvolver un sistema de defensa integral.
Antes de verse las caras, tanto Estados Unidos como China habían reforzado y apremiado la militarización de sus intereses: Pekín, replicando con acotaciones a la exportación de germanio, galio y en general, el procesamiento de tierras raras, operando con estos castigos una manera de reacción de cara a las medidas norteamericanas empleadas para reducir sus probabilidades; mientras que Washington multiplicando sus controles a la exportación.
Si esta inercia prosiguiese, habría fraccionado la cadena de suministro tecnológica en dos sistemas realmente inadaptados, desbaratando el valor en ambos bandos y precipitando una desconexión para la que ninguna de las dos economías se encuentra capacitada.
En consecuencia, aunque este encuentro ha dado origen a lo que se entiende una pausa con relación a los automatismos más agresivos de los cuellos de botella. No se trata ni mucho menos a un desenredo de las controversias que contraponen a Pekín y Washington, sino de una parada a una dinámica resbaladiza que se ha desatado desde hace varios meses. Aunque Estados Unidos y China no acepten sus debilidades, se contempla un reconocimiento expreso de que ninguno puede optar por arriesgarse que ha estado en el punto de mira durante los últimos meses.
De este modo, las condiciones que hacen posible que este lazo sea estructuralmente incompatible sigue intacto: China, no desiste a su agenda ni a sus designios con respecto a Taiwán; Estados Unidos, no ha discutido su deber con el derecho de la isla a defenderse en caso de agresión.
Al mismo tiempo, es factible que el vértigo tecnológico se reanude. Tal vez, de forma levemente más comedida, tan pronto como se clarifique la buena sintonía diplomática de Pekín. Pero lo que la cumbre ha conseguido, es un paréntesis táctico de una colisión estratégica avistada en el horizonte.
Es incuestionable, que ambas partes demandaban una tregua y las dos economías están lo bastantemente interconectadas como para que una escalada turbulenta resulte dañina. Pero la dinámica de la competitividad no se decide en las mesas de negociación comercial, ni a base de fotografías para los portadas informativas: el hecho de que ambas potencias desentrañaran las líneas rojas a la cota más elevada, dice muchísimo de un entorno subyacente que ningún comunicado diplomático podrá variar. Con lo cual, la vida sigue igual.
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