La historia de Mami, una gata callejera cuidada por vecinos de la barriada de Erquicia, ha provocado una profunda indignación vecinal y ha reabierto un debate incómodo: qué significa realmente proteger a los animales.
“Hoy quiero compartir una situación que ha causado una enorme indignación en nuestra barriada y que merece una reflexión profunda sobre cómo se está entendiendo la protección animal”, escribía Belén, una de sus cuidadoras, en redes sociales tras lo ocurrido.
Mami no era invisible. Era una gata conocida, alimentada y vigilada por quienes conviven con ella a diario. Y, sobre todo, era madre.
Los tiempos que no se respetaron
Semanas antes de lo ocurrido, Belén había colaborado de forma altruista en la captura de gatos para su esterilización dentro del programa CER, siempre bajo indicaciones veterinarias. Entre ellos estaba Mami, entonces embarazada.
Las instrucciones eran claras: había que esperar alrededor de 40 días tras el parto antes de intervenirla, para garantizar que las crías pudieran sobrevivir por sí solas.
“Se informó claramente de que debía esperarse ese tiempo”, explica la cuidadora.
Pero ese tiempo no se respetó.
El pasado 23 de abril, apenas 17 días después de haber parido, varias personas no pertenecientes al programa CER, capturaron a la gata. Lo hicieron, según testigos, cubriéndola con un trapo. Una vecina avisó en ese momento de que era una madre lactante. Era algo evidente: su estado físico lo mostraba sin dudas. Aun así, nadie detuvo la intervención.
Tres días de ausencia
Tras su captura, Mami desapareció durante tres días. No fue hasta el domingo cuando regresó al barrio, ya esterilizada. Durante ese tiempo, sus crías quedaron solas.
Antes de llevársela, algunos vecinos habían advertido incluso de la posible ubicación de los cachorros, escondidos en los bajos de una vivienda. Tampoco eso fue tenido en cuenta.
Sin alimento, sin calor y sin protección, las posibilidades de supervivencia de unos recién nacidos son prácticamente nulas. Los vecinos los dan por muertos.
“Dejar a unos cachorros de apenas días sin su madre supone exponerlos al hambre, al abandono y, muy probablemente, a una muerte evitable. Eso no puede normalizarse”, denunciaba Belén.
Cuando proteger no es suficiente
El caso ha generado una pregunta que incomoda: ¿se puede hablar de bienestar animal cuando no se respetan los tiempos del propio animal?
Los programas de esterilización son esenciales para controlar las colonias felinas, pero quienes conviven con ellas insisten en que no todo vale.
“Proteger a los animales no debería consistir en actuar de cualquier manera. Proteger también es tener humanidad, criterio y respeto por la vida”, reflexiona la cuidadora.
Intervenir en una gata recién parida no solo pone en riesgo a sus crías. También implica someterla a una cirugía en un momento de desgaste físico extremo, cuando su cuerpo aún se recupera del parto y sostiene la lactancia.
Una llamada a la ética
Más allá de señalar responsables, lo que piden los vecinos es un cambio de enfoque.
“Solo pedimos un trato ético”, resume Belén. Escuchar a quienes conocen a los animales, respetar los tiempos naturales y actuar con sensibilidad.
Porque Mami ha regresado al barrio , pero no lo ha hecho igual.
Su historia deja una lección difícil de ignorar: el bienestar animal no es solo intervenir, esterilizar o actuar. A veces, el mayor acto de protección es saber esperar.
Porque proteger, a veces, también significa saber esperar.






