La sensación de isla que nos domina a todos los que residimos en Ceuta cuando toca hablar de las comunicaciones y la conectividad con la Península se ha acrecentado durante y después del estado de alarma. Durante, porque era prácticamente imposible salir de Ceuta aunque lo tomabas con filosofía por las circunstancias extremas en las que nos encontrábamos; después, por la anulación de rotaciones que ha causado una pérdida de derechos sin que exista una reacción social a todo ello. Es el conformismo, la complacencia social que lleva a no protestar cuando las rotaciones no son las que debieran, cuando te suspenden barcos sin previo aviso o cuando anulan promociones y enlaces ferroviarios. No les importamos a nadie. Los que salimos de Ceuta somos una especie de último mono a los que da igual fastidiarnos e impedir enlaces que eran claves, como los que se hacían con la primera rotación marítima y el enlace de Renfe a la capital de España. Ahora, sencillamente, te responden con un ‘te buscas la vida’, obligando a que salidas de regreso a la Península se convirtan en un auténtico infierno para los que marchan a sus casas.
Tras suspenderse el estado de alarma nada impide que las rotaciones vuelvan a ser las que había antes, facilitando una riqueza de conexiones que hoy se ha perdido sin que nos hayan dado una explicación. Lo peor es que parece que pedimos un favor, cuando es una obligación ofrecernos servicios variados y amplios que nos hagan tener los mismos derechos que el resto de españoles. ¿No nos suelen repetir eso hasta la saciedad? Pues aquí tenemos un ejemplo de desprecio absoluto hacia los ceutíes a los que se nos obliga a hacer malabarismos para cuadrar enlaces imposibles. Y nadie protesta. Aquí hay riñas y enfrentamientos por la mayor tontería que uno pueda imaginarse mientras que se olvida lo que realmente nos afecta a todos. Sin unión y sin fuerza, mal nos va. Y lo peor es que se acostumbren.






