Bruce Springsteen ha vuelto a dar la nota. La nota discordante. La nota solidaria.
El cantante mundialmente conocido ha compuesto una canción protesta por los asesinatos en Minneapolis de Alex Preeti y Renee Good, a manos de las fuerzas paramilitares del ICE.
Con “Streets of Minneapolis” (Las calles de Minneapolis), Springsteen ha querido dar una respuesta “al terror estatal” que se vive en esa zona del país, dedicando el tema en cuestión a los vecinos migrantes de esa capital estadounidense.
La letra no puede ser más elocuente:
“Ahora dicen que están aquí
para hacer cumplir la ley
Pero pisotean nuestros derechos
Si tu piel es negra o morena,
amigo mío
Puedes ser interrogado o
deportado en el acto (…)
Defenderemos esta tierra
Y al extranjero que se encuentra entre nosotros
Recordaremos los nombres
de aquellos que murieron
En las calles de Minneapolis”.
Esta canción, contra lo que él llama terrorismo de estado, es otro botón de muestra del compromiso social de Springsteen, aunque no sea la primera.
Así, no se pueden olvidar “Born in the USA”, donde habla de un veterano de la guerra de Vietnam y su absoluto rechazo a ese conflicto, o a “El fantasma de Tom Joad”, inspirada en la novela “las uvas de la ira”, que describe a los desposeídos de la América profunda.
Bruce Springsteen es, pues, el prototipo de artista comprometido, como lo son otros muchos. Bravo por ellos. Además, siempre resulta reconfortante que alguien se erija contra los abusos, transformándose en un escudo tras el cual nos podemos cobijar al abrigo de las negras tormentas.
El compromiso de los demás contra quienes cometen atrocidades siempre es de celebrar. La gran pregunta es ¿qué ocurre con el nuestro?
¿Nos limitamos a corear la canción con entusiasmo, a recitar el verso con fervor o a reivindicar tal o cual mural y seguimos dejando que los demás vayan abriendo camino?
Decía Gabriel Celaya que maldecía la poesía de los que no tomaban partido hasta mancharse. Por ello, en este A Quemarropa, nos preguntamos por qué, usted o yo, no reaccionamos de forma más contundente contra cualquier tipo de injusticia.
¿Por qué un resultado de fútbol nos moviliza más que los recortes en sanidad?
¿Por qué la sandez de un don nadie dicha en cualquier reality nos indigna más que la falta de medios en la enseñanza?
¿Por qué los ladridos asquerosos de un “bulero” en redes sociales tienen la capacidad de indignarnos, mientras la verdad no nos llega?
Bueno será recordar que el compromiso es la base. Gracias a ese compromiso trabajamos 8 horas, los menores ya no están en las minas o las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres, aunque aquí quede mucho todavía por recorrer. Obvio es señalar que, aquí, nos referimos al primer mundo, claro.
Todos estos logros sociales, y otros mil más, son fruto del compromiso de muchas personas, de muchos Bruce Springsteen que se subieron al escenario de la vida para hace valer nuestros derechos para que hoy no vivamos encadenados a una galera.
Mientras eso ocurría, la inmensa mayoría de gente como nosotros miraba para otro lado, cuando no se lanzaba a la crítica brutal de las acciones que iban a liberarnos. Pero, a pesar de nuestro nulo apoyo o rechazo, el compromiso de esos pocos continuó.
Bien es cierto que, al menos en esta ocasión y además del viejo rockero, la movilización se ha apoderado de las calles de los Estados Unidos con miles de ciudadanos protestando contra la ofensiva nazi trumpiana.
Como diría mi mañica preferida, debería darnos vergüenza rendirnos a la evidencia que el compromiso por nuestros derechos, la libertad y la democracia es algo que debe renovarse a cada instante. De no ser así, en breve no nos permitirán ni llorar, ni siquiera cuando estemos en campos rodeados de alambre de espino.
¿Cree que exageramos? Eso pensó, en los años 30, la enorme mayoría que no quiso comprometerse contra la barbarie naciente y prefirió dejarse encantar por los mensajes ultra. Después, cuando quisieron replanteárselo, ya estaban en Dachau.
Una vez más, la reflexión es suya.
(Foto: Germinal C.)






