Si cooperamos, por inacción, en la muerte del patrimonio natural que tenemos, seremos los responsables de que en un futuro inmediato nuestros hijos ya no tengan nada de historia que proteger. No les habremos dejado absolutamente nada, los habremos traicionado. Proteger el pino bicentenario del arroyo de Calamocarro es algo más que una acción simbólica, es la obligación del conjunto de la sociedad por no dejar morir lo que otros nos entregaron.
Un árbol con años de historia que lleva tiempo mostrando sus debilidades hasta que hoy, prácticamente, evidencia su muerte, dice mucho de qué hace esta Ciudad por el medio ambiente. Nada. Tiene una consejería comodín, defiende la Ceuta verde porque queda bien en los papeles, pero no cree en ella.
La situación de este árbol, o el “viejo sabio” como lo llama mi admirado José Manuel Pérez Rivera, se ha ido contando por capítulos. La Ciudad no ha hecho absolutamente nada. Constan denuncias, artículos en prensa, advertencias y propuestas. Porque los ciudadanos no solo critican, también exponen y proponen alternativas.
Pero nada, aquí han preferido apostar por otras actuaciones olvidando las raíces, dejando a un lado lo que precisamente ese pino bicentenario, ese “viejo sabio” nos enseña: que la historia, el pasado, lo que otros hicieron por nosotros hay que cuidarlo para que los siguientes sepan lo que hubo.
Sin raíces no somos nada. Sin respeto al patrimonio local nos convertimos en máquinas insensibles. Vamos a perderlo todo, porque no estamos hablando solo de este árbol sino de mucho más.






