Este miércoles nos dirigíamos a la Fundación Gallardo de Ceuta para conocer a Amparo Díaz, una mujer de 91 años que destaca por su movilidad y vitalidad, pero cuando llegamos descubrimos algo más, una de esas historias sepultadas por el tiempo.
Amparo, además de tener una salud envidiable, es la más pequeña de 24 hermanos, de los que solamente quedaron 9 con vida debido al fallecimiento del resto
Una familia peculiar
Amparo nació en 1935 en Rincón del Medik, en Marruecos, cuando todavía era Protectorado Español. Llegó a Ceuta en 1973.
Según cuenta, su padre, ceutí, encontró en esta tierra una finca más económica y se mudaron hasta la localidad vecina.
Hoy, con 91 años, no toma ninguna medicación y transmite una alegría difícil de describir. Su risa es contagiosa, espontánea, de esas que nacen sin esfuerzo y terminan arrancando una sonrisa a quienes la rodean.
La pequeña de una familia inmensa
La historia de Amparo comienza en una familia tan numerosa como poco habitual. Tuvo 23 hermanos. Sin embargo, la tragedia marcó a sus padres mucho antes de que ella pudiera comprenderlo.
Solo nueve de aquellos hijos llegaron a la edad adulta. Los demás fallecieron por enfermedades como la viruela, el sarampión o distintas dolencias que, en una época con escasos recursos sanitarios, acababan con la vida de muchos niños.
Solo conoció a 8 hermanos
Ella solo llegó a conocer a los ocho hermanos que sobrevivieron junto a ella. Recuerda cómo su madre le contaba aquellas pérdidas con enorme dolor, mientras sacaba adelante a la familia después de que su padre falleciera con apenas unos 60 años.
Aun así, cuando habla de su infancia no lo hace desde la tristeza, sino desde la felicidad.
Recuerda entre risas a sus cochinillos
Recuerda los días en la finca, cuidando de sus queridos cochinillos, a los que recuerda entre risas y asegura que “sabían más que el Lepe”, ayudando a sus padres en todo lo que podía y acudiendo siempre al colegio y a misa. “No faltábamos nunca”, cuenta con orgullo.
También recuerda los juegos con sus hermanos cuando terminaban las tareas. “No nos estábamos quietos nunca”, dice con esa risa que la caracteriza.
El trabajo como forma de vida
Con apenas 15 años comenzó a trabajar en la fábrica de galletas y caramelos de Tetuán. Para poder incorporarse antes de la edad permitida incluso necesitó un certificado escolar.
Después de cada jornada laboral regresaba a casa para ayudar a su madre, entregándole parte de su salario semanal. Aquellos años estuvieron marcados por el sacrificio, pero Amparo nunca los recuerda con amargura.
Al contrario. Está convencida de que aquella vida activa explica buena parte de la salud que conserva hoy. “Siempre he trabajado mucho. No puedo estar quieta”, asegura.
Un ritmo más tranquilo, pero activo
Esa filosofía sigue acompañándola años después. Aunque ahora vive un ritmo mucho más tranquilo, continúa levantándose cada mañana para arreglar la casa, preparar la comida y mantenerse ocupada.
Además, participa en las sesiones de gimnasia de la Fundación Gallardo, donde asegura sentirse feliz gracias al cariño de los profesionales que la acompañan, como el de Luz Marina Gallardo, quien la acompañaba hoy.
El amor de su vida
Fue precisamente en Tetuán donde conoció al hombre que marcaría para siempre su historia, su marido, al que se refiere como “un tesoro” y otro secreto de su longevidad, su amor.
Ella trabajaba en la fábrica de caramelos y él en la fábrica de azúcar, como vemos, un amor muy dulce, si cabe, como una premonición de lo que vendría.
Eso sí, cuando comenzaron a conocerse surgió un pequeño inconveniente que a Amparo le parecía enorme: ella era un año mayor, en aquel tiempo parecía una locura, claro.
Tenía 20 años y él 19. Aquella diferencia le daba vergüenza y, en un primer momento, intentó rechazarlo, pero no le duró mucho. Él le respondió con una sencillez que terminó conquistándola: “¿Y eso qué tiene que ver?”.
Un amor verdadero
Se casaron cuando Amparo tenía 23 años y compartieron toda una vida juntos. Tuvieron tres hijos, María Luisa, José y Fernando, y con el paso del tiempo, llegaron cuatro nietos que hoy son uno de sus mayores orgullos.
Su marido falleció en 2024, dejando un vacío que todavía emociona a Amparo.
Entre los muchos recuerdos que conserva Amparo, hay uno que todavía la hace sonreír. Una escena cotidiana que, para ella, resume mejor que ninguna otra cómo era el hombre con el que compartió toda una vida.
“A mi señora no le grita ni Dios”
Cuenta que un día, mientras esperaba a su marido en una tienda, un cliente la acusó de haberse colado en la cola. Ella intentó explicarle que simplemente estaba esperando a su esposo.
En ese momento apareció él. “¿Qué pasa, nena?”, le preguntó al verla. Cuando Amparo le explicó lo ocurrido, su marido no dudó en salir en su defensa. “A mi señora no le grita ni Dios”, respondió defendiéndola.
El secreto de una movilidad
Quien vea caminar a Amparo por los pasillos de la Fundación Gallardo o fuera difícilmente imaginará que tiene 91 años.
Se mueve con soltura, mantiene el equilibrio a la perfección y afronta cada día con la misma filosofía que la ha acompañado desde niña: no quedarse nunca quieta.
Una de las claves de longevidad
Ella misma asegura que esa ha sido una de las claves de su longevidad. Toda la vida ha trabajado, primero ayudando a sus padres en la finca, después en la fábrica de galletas y caramelos de Tetuán y, más tarde, sacando adelante su hogar y a sus tres hijos.
En la Fundación participa en las sesiones de gimnasia, donde realiza ejercicios de brazos, hombros y piernas, trabaja la movilidad articular, el equilibrio e incluso hace sentadillas adaptadas junto al resto de compañeros.
En casa tampoco entiende la vida desde el sofá. Prepara la comida, mantiene la vivienda recogida y procura hacer por sí misma todas las tareas que aún le permite el cuerpo.
Una lección de vida
Después de escuchar a Amparo, uno comprende que el verdadero secreto de su juventud no está únicamente en la gimnasia, en la comida o en mantenerse activa. Está en la forma de mirar la vida y en el amor.
Ha sabido de la pérdida de la mayor parte de sus hermanos, trabajó desde que era apenas una niña en su finca y hace poco tuvo que despedirse del gran amor de su vida.
Sin embargo, sigue riendo con una naturalidad envidiable.





