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En la piel: el Museo histórico militar del Castillo del Desnarigado

El Museo del Desnarigado guarda tres siglos de historia militar de Ceuta entre argamasa que se deshace con el viento y una leyenda de piratas sin nariz que los niños no quieren olvidar

Por Paloma Abad
31/05/2026 - 08:21
Imágenes: Marina Risco / Archivo

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Hay sitios que guardan el tiempo como si no quisieran soltarlo. El Castillo del Desnarigado, encaramado al litoral Este de Ceuta con el Mediterráneo a los pies, es uno de ellos.

Batería artillera desde 1693, guarnición colonial, almacén de los excedentes de los cuarteles del Protectorado, vivienda de ocupas con cabras y, finalmente, museo militar: la historia de este enclave es tan inverosímil como la del pirata berberisco que le da nombre, aquel fugitivo al que el sultán mandó cortar un trozo de nariz para que, si algún día escapaba, todos supieran quién era. Y que escapó de todas formas.

El nombre: Un pirata y una nariz cortada

Antes de ser museo, antes de ser cuartel, antes incluso de que los ingenieros militares españoles trazaran el primer plano del edificio, el lugar ya tenía nombre. Y ese nombre lo puso un pirata. No cualquier pirata: uno berberisco que cumplía condena perpetua trabajando en las minas del Rif  por orden del sultán.

Para asegurarse de que, si lograba escapar, cualquiera pudiera reconocerle y devolverlo, el sultán mandó mutilarlo: le cortaron un fragmento de la nariz. La marca era una condena grabada en el cuerpo, visible en cualquier puerto, en cualquier mercado, en cualquier taberna del Mediterráneo occidental.

El pirata escapó de todos modos. Llegó hasta este litoral. Y aquí se quedó su historia, adherida a la piedra como la argamasa.

“El pirata es la verdadera historia de esta edificación”, dice el teniente coronel Silverio Plata, director del Museo Hsitórico Militar, con una convicción que no necesita adornos.

Luego matiza, con la precisión de quien lleva tiempo gestionando la frontera entre el hecho documentado y la tradición oral: "Que si el pirata sale por la noche, que si no sale, eso ya son cosas de la leyenda."

La frontera, en sitios como este, es deliberadamente porosa. El nombre del castillo existe. El preso sin nariz, posiblemente también. Lo que ocurrió después pertenece a esa zona gris donde la historia se vuelve cuento y el cuento se vuelve identidad. 

1693: Por qué aquí

 

El plano más antiguo que conserva el museo data de 1693. Lo dibujaron ingenieros militares españoles y muestra una batería sencilla: cuatro bocas de fuego apuntando al Mediterráneo, enlazadas por un muro que descendía casi hasta la cala del Desnarigado.

La elección del emplazamiento no era arbitraria. “Esta edificación se ubicó aquí porque precisamente por este litoral es por donde venían todos los ataques de los diferentes enemigos que ha tenido esta ciudad a lo largo del tiempo”, explica Plata.

El litoral Este de Ceuta era, históricamente, el flanco más vulnerable de la plaza. Por eso la ciudad fue guarneciendo ese lateral con una sucesión de baterías de costa que formaban, en conjunto, una muralla artillada apuntada al mar.

 

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El Desnarigado era el eslabón más avanzado de esa cadena. Su función era más disuasoria que ofensiva: la sola presencia de cañones frente al estrecho bastaba, en la mayor parte de las ocasiones, para desalentar un ataque.

Los disparos reales fueron escasos. El más recordado, una andanada contra un barco inglés que terminó hundiéndose, se cita más como anécdota que como victoria. El barco no era militar. “Un barco de comercio”, precisa Plata.

La anécdota dice mucho sobre la naturaleza de la guarnición: una presencia permanente, armada, que vigilaba sin necesitar, casi nunca, disparar. 

 

Un rescate que casi llega tarde

En 1975, el comandante general de Ceuta y el capitán general de la Segunda Región Militar en Sevilla tomaron una decisión: aquello no podía seguir así. El edificio estaba en un estado "prácticamente ruinoso", en palabras del propio Plata. "Dijeron que esto no podía seguir así."

Se acordó darle un uso museístico y comenzó un proceso de restauración que, según su actual director, "ha sido difícil, ha sido difícil".

La transformación llevó décadas. Fue un trabajo lento, discontinuo, dependiente de presupuestos militares que no siempre llegaban a tiempo. Pero fue avanzando.

 

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Las salas se fueron habilitando, las piezas se catalogaron, los escolares de Ceuta empezaron a llegar en visitas guiadas gracias al programa Ceuta te Enseña y cobró vida.

Cuarenta años después del rescate, sin embargo, los problemas estructurales no han desaparecido del todo. El museo recibe electricidad de la red del Sarchal, a casi tres kilómetros de distancia, con la caída de tensión que eso implica. "Entran 190 voltios", explica Plata.

Con esa potencia, instalar los deshumidificadores necesarios para controlar la humedad de las salas es prácticamente imposible. "No puedo poner más de dos a la vez." El ambiente marino, implacable, hace el resto.

Dos siglos de guarnición, casi uno como alacena improvisada

Durante los siglos XVIII y XIX, el Castillo del Desnarigado vivió como cualquier instalación militar de retaguardia: ciclos de uso intenso, períodos de letargo, reformas puntuales cuando el presupuesto lo permitía.

La edificación fue creciendo a medida que las necesidades defensivas de Ceuta lo exigían. Lo que empezó como una batería de cuatro cañones se convirtió, con el tiempo, en un complejo capaz de alojar regimientos completos con todo su armamento.

El siglo XX trajo primero la expansión y luego el abandono. Durante el Protectorado español en Marruecos, el Desnarigado formó parte del engranaje logístico del ejército.

Unidades de artillería e infantería, regimientos con exceso de material, munición acumulada durante décadas de presencia en el norte de África: todo ese aparato militar tenía como uno de sus nodos este castillo en el extremo oriental de Ceuta.

 

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Cuando España abandonó el Protectorado, entre 1957 y 1958, todas esas unidades regresaron. Y con ellas, su armamento. "Todas las unidades de artillería, todas las unidades de infantería que tenían en exceso armamento, munición y demás, ¿dónde se trajo?", pregunta Plata retóricamente. "Pues se trajo aquí, al museo, que entonces era una parte del parque de artillería de Ceuta."

El castillo pasó a ser, oficialmente, un almacén. Un desván donde meter todo lo que no tenía otro sitio.

A partir de 1960, el Regimiento de Artillería Ramix tomó el relevo y mantuvo abierta una guardia mínima en el edificio. Pero la guarnición era testimonial. El castillo se deterioraba. El viento salino atacaba la argamasa de las paredes. La humedad se colaba por las grietas. Y en algún momento que el propio Plata no sabe precisar con exactitud, una familia se instaló dentro de los muros con sus cabras y sus enseres, convirtiendo lo que había sido una fortaleza en un refugio de ocupas.

"Ha habido momentos en que había una familia ocupando aquí, con cabra y animalitos", confirma el teniente coronel sin asomo de exageración. "Gente de Ceuta me ha comentado que ha habido gente viviendo aquí."

No es una imagen fácil de conjurar: los mismos muros históricos desde los que se vigiló el Estrecho durante dos siglos, convertidos en establo improvisado.

El enemigo invisible: la sal y el tiempo

 

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El castillo es un patrimonio histórico en guerra permanente contra el clima y el paso del tiempo

Laura Villegas llegó al Desnarigado contratada como guía. Se quedó también como restauradora. Los dos roles son inseparables en un enclave donde las piezas se deterioran a la vista, en tiempo real.

"La humedad es lo principal que daña a los objetos, sobre todo si son metálicos", explica. "Si no tenemos una conservación preventiva adecuada, con el tiempo los objetos se van deteriorando."

El teniente coronel señala las paredes con familiaridad preocupada. “Si veis en las piedras, la argamasa que deberían tener la han ido perdiendo a lo largo de los años.” Esa argamasa, hecha originalmente con arena de playa, lleva tres siglos desgastándose bajo el viento salino del Mediterráneo.

Las restauraciones puntuales que se han hecho son visibles de cerca: una franja más clara en la piedra, la argamasa nueva que todavía no ha tenido tiempo de envejecer y confundirse con lo viejo.

El edificio está catalogado como Bien de Interés Cultural, la protección máxima a un edificio, lo que da amparo legal a su protección pero no resuelve los problemas prácticos de financiación ni de logística.

La ubicación del castillo, expuesta al mar y alejada de la red eléctrica urbana, convierte cada mejora en un reto. Hay proyectos de restauración previstos, según confirma Plata. Cuándo se ejecutarán depende, como casi siempre en el patrimonio militar español, de la voluntad y del presupuesto. 

Un viaje por siglos de historia militar entre cañones, espías y quirófanos de campaña

 

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El Desnarigado alberga un tesoro de piezas únicas repartidas en salas que van desde la artillería del siglo XVII hasta maletines de espionaje de la Segunda Guerra Mundial.

Pocos visitantes llegan al Museo Histórico Militar del Desnarigado sabiendo lo que van a encontrar. La mayoría espera un recinto de armas frías y carteles explicativos. Lo que se encuentran es otra cosa: un castillo del siglo XVII encaramado sobre el litoral este de Ceuta, con bóvedas de piedra, una campana milagrosa y un geófono capaz de escuchar bajo tierra.

"Cuando vienen aquí siempre lo vinculamos con la historia de Ceuta, descubren muchas curiosidades y cosas diferentes", explica Laura, guía y restauradora del museo. "Y la gente siempre se va contenta, aunque al principio lo veían como un museo militar y no les convencía del todo."

El museo ocupa el antiguo Castillo del Desnarigado, batería de costa que desde el siglo XVII vigilaba el flanco más vulnerable de la ciudad. "Por aquí, por el litoral este, es por donde venían todos los ataques de los diferentes enemigos que ha tenido esta ciudad a lo largo del tiempo", explica el teniente coronel Silverio Plata, director del museo.

La fortaleza lleva el nombre de un pirata berberisco al que el sultán había encarcelado en las minas del Rif y al que, como marca la costumbre con los presos peligrosos, le cortaron un apéndice de la nariz para identificarle si se escapaba. Se escapó. "Eso es lo que ha forjado aquí en el castillo", dice Plata. "Que si el pirata sale por la noche, que si no sale, eso ya son cosas de la leyenda. Pero una leyenda muy metida en la población."

El cañón que no pasó la prueba de fuego

 

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En la Sala de Cañones, la guía Laura detiene siempre a los visitantes frente a la culebrina portuguesa de bronce del siglo XVI. Su historia conecta directamente con la de Ceuta: la pieza data de la época del rey Sebastián I de Portugal, cuya desaparición en la batalla de Alcazarquivir en 1578 abrió el camino a la unión ibérica bajo Felipe II.

"Aprovechamos para contar que Ceuta fue durante un tiempo portuguesa y cómo decidió ser española", explica Laura. Las salas también albergas un cañón árabe del siglo XVII mandado fabricar por el sultán Mulay Al-Walid, con inscripción en árabe, cuyas abrazaderas están cortadas: señal de que falló en la prueba de fuego. "Cuando ya has disparado 70 u 80 veces, hay un abombamiento y la potencia sale por el lateral. Si ya no es eficaz, se decide que no ha pasado la prueba", detalla la guía.

El maletín del espía y el heliográfo del sol

La Sala de Ingenieros y Transmisiones guarda lo que el teniente coronel Plata considera una de las piezas más evocadoras del museo: el maletín de transmisiones utilizado por agentes de inteligencia aliados infiltrados en la Francia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial. "Ceuta y el Campo de Gibraltar estaban llenos de espías: ingleses, italianos, alemanes", recuerda el director.

"Cada uno iba con su maletín, se instalaba en el hostal de turno y emitía a sus corresponsales: he visto 15 camiones de soldados, he visto tres barcos entrar en Gibraltar."

Junto al maletín, el heliógrafo: un aparato que transmitía mensajes en código Morse mediante la reflexión de la luz solar en un espejo. "Lo podemos ver a un kilómetro, kilómetro y medio, y simplemente nos enlazamos con los compañeros con punto, raya, punto, raya", explica Laura. "Si no hay sol, teníamos la lámpara bioviosca, que hacía lo mismo pero con colores."

El fusil que inventó un sargento canadiense

 

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En la Sala de Caballería, la pieza que más preguntas genera entre los visitantes es el fusil periscópico, un artilugio surgido de las trincheras de la Primera Guerra Mundial. "Un sargento canadiense dijo: ¿cómo puedo evitar que nos maten cuando tenemos que asomar la cabeza para disparar? Y se inventó esto", cuenta Laura señalando el armazón de espejos acoplado al arma. "El fusil estaba por arriba, miraba por aquí abajo y veía lo que veía desde el cañón. Disparaba sin tener que levantar la cabeza."

La misma sala alberga el baste para ametralladora, recientemente restaurado por Laura con especial cuidado. "Está relleno de paja muy gruesa, así que no podíamos usar ningún método acuoso para que no se pudriera", explica. "Es un elemento que parece sencillo pero pesa muchísimo. Y los niños siempre piensan que se disparaba la ametralladora desde aquí, montada en la mula. Siempre les decimos: no, esto era solo para transportarla."

El primer transfusor de sangre y el geófono

La Sala de Sanidad, inaugurada en 2021, es la que más sigue despertando curiosidad al propio director. "Cada día voy descubriendo un aparato nuevo y lo voy documentando", reconoce el teniente coronel Plata. La sala reproduce un quirófano de mediados del siglo XX con instrumental del Hospital Militar de Tetuán y alberga el primer transfusor de sangre utilizado en combate, inventado por el Doctor Arévalo.

Para Laura Villegas, sin embargo, la pieza más fascinante del museo entero está en la Sala de Ingenieros: "El geófono, que sirve para escuchar bajo tierra, es el que me sigue pareciendo una pieza curiosa."

 

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El museo también conserva el bombo con el que se sorteaban los destinos del servicio militar obligatorio y uno de los primeros ordenadores de hardware fabricado en España, en el polígono Costilla de Cádiz, que controlaba mediante ruedas dentadas y electricidad cuatro cañones de costa situados a un kilómetro de distancia. "Le metías la velocidad del viento, la distancia del enemigo, la altura, y disparabas con esa pistola dorada de allí", explica Plata. "Es una pieza que a la gente le cuesta creer que sea española."

Entre la humedad del ambiente salino, los 190 voltios que llegan desde el Sarchal y los tres kilómetros de cable, el Desnarigado sigue siendo, como dice su director, un reto personal y un orgullo. "Que la gente venga y nos felicite por el buen estado en que está el museo y que le guste ver las piezas, teniendo en cuenta que es una temática exclusivamente militar... con eso me quedo."

Los leones del Congreso nacieron en Ceuta

En Larache, durante las obras del hospital Militar del Protectorado español, los excavadores desenterraron aproximadamente 117 cañones de bronce. Eran piezas militares de origen árabe, algunas con siglos de antigüedad. Las autoridades militares decidieron fundirlos para fabricar nuevas armas y otros objetos.

Con ese metal se forjaron los dos leones que flanquean la entrada del Congreso de los Diputados en Madrid, encargados durante el reinado de Isabel II. También se usó para fundir las cuatro placas del monumento a los caídos por la guerra de África en la plaza de África de Ceuta.

Uno de los pocos supervivientes de aquella fundición está hoy en el Museo del Desnarigado. Le falta el asa que permitía maniobrar el cañón, y esa ausencia es la que usa la restauradora Laura Villegas para explicar a los visitantes que “los objetos hablan, si se sabe escucharlos”.

El Regimiento 54, el “Defensor de la fe”

El Regimiento Fijo de Ceuta número 54 es uno de los cuerpos militares con más historia en el norte de África. Estuvo de guarnición en Ceuta durante generaciones y su ssobrenombre oficial, "el defensor de la fe", refleja el papel que se le atribuía como guardián permanente de la ciudad.

El Museo del Desnarigado dedica una sala a evocar su historia. Puede verse una reproducción del despacho del coronel del regimiento, con bargueños del siglo XVI y XVII, escribanías de plata y cuero, y banderines originales del cuerpo. El más valioso, confeccionado en seda con bordado en hilo dorado, lleva el escudo de Ceuta.

El regimiento tiene también conexión con el Desastre de Annual: la silla de montar expuesta en la sala de caballería es idéntica a la que usaron los jinetes del Regimiento de Alcántara cuando, en 1921, cubrieron la retirada de las tropas españolas a costa de su propia vida. De 700 jinetes, sobrevivieron 70. 

Los escolares y la campana La Milagrosa

El castillo lleva años integrado en los circuitos educativos de Ceuta te enseña. Los colegios visitan el museo con regularidad, y Plata habla de esas visitas con una satisfacción que no intenta disimular. "Los guías les cuentan leyendas del Desnarigado, de la campana Milagrosa, que si la tocas y pides un deseo se cumple." 

 

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La campana más tocada

No es la más antigua del museo ni la de mayor valor histórico documentado. Pero es, con diferencia, la más tocada.

La tradición oral ceutí le atribuye el poder de conceder deseos a quien la toca. Los escolares que visitan el museo lo saben antes de llegar: es una de las primeras cosas que preguntan. Los guías la mencionan en el recorrido. Y la campana sigue ahí, en su sitio, desgastada por miles de manos que pidieron algo.

"Yo he pedido el deseo ya", admite el teniente coronel Plata con una sonrisa. En un museo que guarda tres siglos de historia bélica, una campana que promete deseos cumplidos resulta, quizá, el objeto más humano de toda la colección.

Lo que más retienen, según admite, no siempre es la pieza más relevante desde el punto de vista histórico: a menudo es el pirata, la campana, la ventana desde la que uno puede imaginar la llegada de los enemigos por el mar.

En el último concurso de dibujo del museo, uno de los trabajos premiados representaba precisamente eso: la vista desde una ventana del castillo. El alumno que lo pintó quería capturar la sensación de seguridad que da el edificio desde dentro. Una estructura defensiva vista desde el lado del que se defiende.

Laura Villegas, que combina las visitas guiadas con los trabajos de restauración, tiene una respuesta clara cuando le preguntan por qué merece la pena cuidar todo esto: "Para mí, trabajar aquí es un reto personal. La gente que viene quiere saber, quiere entender."

Ese es, quizá, el mejor argumento para seguir invirtiendo en un castillo que durante décadas estuvo a punto de desaparecer: que todavía hay personas que llegan y se preguntan cómo era vivir aquí, mirando al mar, esperando que no viniera nadie. Y que salen con la respuesta grabada en la memoria.

Tags: CastrenseEn la pielHistoriaMonte HachoMuseos

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