Si ponemos el foco en esa experiencia irrenunciable que es la salud mental, observaremos que es el resultado de la interacción de múltiples factores; es el efecto final de nuestras condiciones de vida, la consecuencia de la fusión de todos nuestros mundos.
Todo aquello que condiciona nuestra existencia forma parte de nuestro mundo, pero si queremos avanzar en la explicación, hay que acrisolar la concepción del mundo, definir sus territorios, como quien separa la luz de la oscuridad.
En una primera impresión, el mundo nos remite a su esfera más alta, el terreno donde se dirime la condición humana. Aquí sobresalen un grupo primigenio de factores de afectación, como puede ser vivir bajo el yugo de una guerra, sufrir la carestía del agua y del alimento, o el azote de fenómenos climáticos extremos.
En este ámbito, las naciones pueden firmar con su voluntad nuestro futuro, entendido éste como destino global, y como derecho más amplio: el derecho a un mañana, a una esperanza, a una tabla de salvación de las generaciones venideras.
Si descendemos en la óptica, aparecen los Estados Nación, que son la forma más moderna de organización de los pueblos. El Estado Español vehicula nuestro bienestar, y es por ello un condicionante crucial, que dictamina la situación de la salud mental con sus políticas.
En este punto, siempre hago una crítica: si la salud mental es la condición necesaria del bienestar, y el vehículo de nuestro bienestar es el Estado, ¿cómo es que la salud mental no es una asignatura principal de la Política de Estado?
(Espero que esta reflexión de su fruto algún día).
Más abajo, hasta donde llega nuestra vista, y el horizonte nos advierte de la lejanía, nuestra ciudad, nuestro teatro de operaciones. Aquí, despunta el sol de la inquietud: ¿qué puede hacer Ceuta, mundo autónomo, por la salud mental?
Poco margen le queda para la contratación de profesionales, el principal problema del abordaje en España; pero sí le queda espacio para un juicio fundamental: la normalización de los procesos asociados a la salud mental; la imposición de una imagen positiva de las personas con problemas de salud mental, pues ¿hay algo más natural que tener un problema de salud?
El despertar de esta conciencia nativa no es cosa cualquiera; tendría un efecto terapéutico inmediato, ya que, muchas veces, los problemas se eternizan al percibir la persona el rechazo. Y la percepción del rechazo da lugar al enemigo más astuto de la salud mental: el aislamiento, la rotura del vínculo con nuestra comunidad, ser un “sin nombre” en las dinámicas sociales de proximidad, la imposibilidad de emanciparse en Ceuta.
Además, la aceptación de la salud mental como rasgo inherente de la condición humana, y del hecho de que todos somos vulnerables, daría aliento a ese último mundo, la familia y los amigos, quienes son en realidad nuestro mundo, nuestro soporte emocional, nuestra red de seguridad.
Ellos también sufren sobremanera al comprobar que la sociedad de la inteligencia artificial es incapaz de atender algo tan cercano como es la inclusión de las personas afectadas.
En la forma en que estos mundos se comunican, permean, y se fusionan, encontraremos las claves de nuestras conciencias.






