El nombre de Epstein, por alguna u otra razón, lleva tiempo levantando mierda desde las alcantarillas del poder, y dicen que su suicidio alivió a mucha gente. Dicen…
Cuando los poderosos lo tienen todo, poseer personas (aún más) es lo único que parece provocarles una subida de adrenalina. Y si son menores, aún más. Decirle hijos de puta a Epstein y a quienes le acompañaban/ alentaban/buscaban, es quedarse corto. Calificarles de sacos de mierda es desprestigiar, tanto a los sacos como a la mierda.
Con mucha habilidad y cero escrúpulos, este personaje creó un ecosistema en el que todos querían estar, aunque ahora, con datos comprometedores a la vista, nadie quiere admitirlo. Estamos viviendo una repetición de la película Casablanca, y más concretamente de la escena del capitán Louis Renault en la puerta del casino clandestino de Rick diciendo su legendario “que escándalo, me han dicho que aquí se juega” antes de mandar cerrar su círculo de apuestas, no sin antes cobrar sus ganancias.
Se habla muchísimo, y no es para menos, de la famosa isla/prostíbulo propiedad de Epstein en la que se organizaban bacanales. Allí, las niñas adolescentes servían de divertimento y carnaza a señores “por encima de toda sospecha”.
Tras varias denuncias por violaciones y demás lindezas por el estilo como proxenetismo, Epstein pasa de ser el deseado al repudiado. Con una muerte por suicidio que tiene todos los argumentos para ser carne de sospecha y de conspiracionismo, el aludido ya nunca podrá contar la verdad. Para terminarlo de arreglar, la que fuera su pareja (también encarcelada) pide ahora inmunidad total a cambio de no declarar contra uno de los ilustres salpicado, el ínclito Imperator Trump. Éste, tras compartir años de frecuentación (con documentos y fotos que así lo confirman), no quiere darse ahora por aludido y niega la mayor, tipo “ese señor del que usted me habla” que tan popular hizo Rajoy.
En una jugada desesperada, empujado por sus propios partidarios y una opinión pública cada vez más a sotavento, el poderoso presidente de los Estados Unidos decide abrir los aliviaderos de la información y hace publicar millones de datos, centenares de miles de citas y miles de apellidos en torno al caso Epstein.
Así, queda al descubierto un ingente paquete de información imposible de analizar sin que se sepa, lógicamente, quién es quién en esta historia. Es la táctica del calamar, arrojar tinta cuando la amenaza es mortal.
Esa misma estrategia provoca que aparezca, en el tumulto de apellidos, el ex presidente del Gobierno español, José María Aznar, o la ex alcaldesa de Madrid, su mujer, Ana Botella, como receptores de no sé sabe qué. ¿Y? ¿Eso hace de Aznar un cómplice de atrocidades? Pues no.
En este “A Quemarropa”, en el que escoramos a las antípodas de por donde navega el presidente de FAES, sabemos perfectamente que nada tiene que ver una cosa con la otra. Epstein era un sinvergüenza, con muchos terminales internacionales, y los dos envíos tienen la pinta de ser un detalle como el que recibe mucha gente en Navidades, sin que por ello signifique nada. Pero la maniobra de la porquería esparcida funciona y se duda de todo el mundo, ergo al final se acaba no dudando de nadie. Objetivo conseguido.
Se dan a conocer decenas de miles de datos sin investigar, sin comprobar, sin corroborar, sin una investigación judicial seria y/o periodística amparadas por el rigor y la seriedad. No es que el conocimiento mata el conocimiento, es que la manipulación mara a la verdad.
¿Pero en realidad qué peligro esconde de Caso Epstein?
Que este sujeto sea una pedocriminal confeso y condenado, no hay duda al respecto. ¿Pero, de verdad pensamos que el meollo de la cuestión sólo son las violaciones?
No teniendo esos crímenes ningún tipo de perdón posible, tras esta sórdida historia, todos los indicios indican que se esconde una red financiera de mucho mayor calado de lo imaginado.
Epstein tenía, como una de sus principales actividades, la de canalizar dinero hacia paraísos fiscales mediante empresas pantalla, imposibles de rastrear. Ese dinero, sucio, turbio, procedente de comisiones, retrocomisiones, prostitución, extorsión, venta de armas, drogas etcétera intenta hacer imposible su rastreo o, sencillamente, busca evadir impuestos infiltrándose por las autopistas legales de las que dispone este tipo de gente. ¿Y a quién pertenece tanto capital? ¿A quien, como usted o yo, depende de un sueldo para vivir?
Obviamente, no. Esas masas ingentes de dinero son propiedad de los ultrarricos. ¿A quién si no?
Traducción: el porcentaje de esos dividendos evadidos que debería a la caja común nunca podrán financiar hospitales, carreteras, o la investigación contra las enfermedades. Tampoco podremos tener más policías, ni más guardias civiles, ni más bomberos, ni más de un largo etcétera de servicios públicos. Éstos se están hundiendo por falta de financiación de las administraciones estatales y autonómicas, mientras que el dinero de verdad se escapa de reglas o controles.
Y así es como llegamos, por fin, hasta el verdadero nudo gordiano del Caso Epstein: el dinero grueso.
Para los señalados en los papeles difundidos por Trump, el problema no es que se vean relacionados con visitas a la “isla Epstein”. La mencionada isla tiene los visos de ser un sórdido punto de reunión de unos cuantos degenerados, y no un supermercado de puertas abiertas para todos.
La verdadera amenaza es dejar al descubierto la multitud de canales de dinero que se cruzan y entrecruzan para borrar cualquier posibilidad de rastreo y, por ende de identificación, de ese dinero.
En realidad, el peligro que representaba Epstein no es dar a conocer las caras de los maniacos sexuales, sino la identiad de los elegantes chorizos con yates de lujo, que poseen incalculables fortunas en los muchos paraísos fiscales existentes, y por donde transitan todas las divisas que no quieren pagar los impuestos que usted y yo sí abonamos.
El capitalismo salvaje, tan bien descrito en el libro “La Doctrina del Shock” de Naomi Klein, produce esta forma de entender la economía: robarnos a manos llenas por una parte mientras, si acaso, llevan a cabo obras de mecenazgo para su mayor reconocimiento social. Choses de la vie…
Mi mañica preferida lo tenía claro, “si nadie quiere acabar con los paraísos fiscales es que todos, de alguna u otra manera, tienen algo que ver con ellos… y no bueno, precisamente”.
Epstein sabía navegar perfectamente en los abisales de las finanzas, allí donde no existe ni luz, ni taquígrafos y donde solo existe silencio cómplice y opacidad.
La gran pregunta es, ¿por qué, a quien le corresponda, no se pone manos a la obra para explorar los abisales financieros y hacer subir a flote los miles de millones camuflados allá abajo, sin control alguno y siempre a mayor provecho de los más ricos del planeta?
La respuesta es tan evidente…
Una vez más, la reflexión es suya.






