Si el Poblado Marinero logró superar uno de los problemas que más preocupaban a los empresarios, es decir, la inseguridad, ahora que parece que las aguas han vuelto a su cauce se enfrentan a un tema que no parece que pueda solventarse tan fácilmente. El botellón entra con fuerza en esta zona de ocio dejando tras de sí graves consecuencias: ya no solo las relativas a las condiciones en que queda la zona una vez concluye la fiesta al aire libre, sino el malestar de los clientes que, en algunos casos, han optado por no acudir a los bares. El problema no es de fácil solución: la mayoría son menores y se amparan en ello para mostrar en ocasiones una actitud totalmente incívica. No se trata de criminalizar a estos jóvenes, ni de generalizar, pero sí de entender que civismo no tiene por qué estar reñido con diversión.
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