Del abandono, de la tristeza y el olvido, de la vejez y del inexorable paso del tiempo. Hay veces que esas emociones se concentran y sientes un dolor inefable, un cúmulo de derrotas concentradas, encerradas en una muñeca rusa hueca que contiene en su interior varias muñecas de menor tamaño.
En un instante eterno palpas el pasado en un presente inesperado.
Esta historia comenzó hace unos 6 años. Una compañera había acogido un perro de la Protectora por las inundaciones anegaron las instalaciones de la Protectora y de la perrera municipal.
Wendi, mi compañera, tenía que hacer un viaje aquel fin de semana y me pidió si me podía quedar con Otto, el perro rescatado de la lluvia.
Otto era un bodeguero blanco y con manchas, inteligente, astuto y con fuerte instinto cazador, muy nervioso pero, tanto él como yo, necesitábamos ejercicio.
En tres días se adaptó a la casa; exploró todos los rincones, husmeó muebles, dio vueltas por su cama hasta que logró acomodarse entrada la noche.
Yo nunca había tenido un perro y despertó en mí un instinto de protección que tanto él como yo necesitábamos.
A los días, decidí formalizar la adopción; sentí una felicidad indefinida, un compromiso, un compartir que pocas veces la he sentido con las personas.

Acostumbré a Otto a ser el macho alfa de la casa: subirse al sofá. dormir en la cama, adueñarse poco a poco de lo que él consideraba su territorio.
Y así, el perro comenzó a empoderarse, a amenazarme con los dientes, a no dejar sentarme cerca de él o acostarme en mi cama.
Su agresividad se convirtió en una incomodidad cotidiana y en un divorcio anunciado.
Un día, Otto se descontroló: me acerqué a él y su ferocidad me llevó a volver a la protectora para dejarlo allí de nuevo.
Luego supe que de las tres adopciones, ninguna tuvo éxito, sus cambios de carácter lo llevarían de nuevo a uno de los cheniles de la Protectora.
Fui a verle dos veces pero volvió a mostrarse agresivo, como si no me conociera de nada.
Pasaron los años y allí seguía, en esa mazmorra canina en la que la libertad se restringe a una jaula y a dos paseos a la semana.
Al poco tiempo adopté a Abby y nos hicimos pareja de hecho.
Antes del último verano Otto pasaba algunos fines de semana con Eugenia, una profesora de dibujo, amante de los perros olvidados a su suerte esperando la cadena perpetua y la muerte.
El viernes pasado vi a Eugenia con dos perros; me acerqué a acariciarlos sin darme cuenta que uno de ellos era Otto, mi primer perro, mi primer compromiso, mi primer amor canino. No lo reconocí. Envejecido, inexpresivo, con el rostro existencial de la nada.
Comencé a llorar cuando me despedí, Otto me mostró indiferencia, como si yo me hubiera convertido en un ser invisible.
Mirando a ningún sitio me resguardé de la lluvia y me pregunté sobre mi vida, mis circunstancias, sobre las veces que había tenido que volver al mismo sitio y comenzar de nuevo.
Y así, abrazado a mi Abby, sentí el consuelo que me salvó del abismo que se siente cuando la tierra va sepultando la memoria.






