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Vísperas

No sé si les gusta la Navidad, pero a mí me acongoja. Recuerdo a mi madre explicándome -cuando yo le alentaba a poner adornos y entrar de lleno en ese espíritu festivo que predicaban las películas americanas- que eran fechas de nostalgia por los que ya no estaban. Yo subo la apuesta y extrañó hasta situaciones, recuerdos varios que se van encadenando a mi mente perdida en mitad de un lineal de sopas instantáneas, al escuchar una sintonía navideña. Se me secaron las lágrimas en las postrimerías del 16, sin embargo, revinieron gozosas- en ese instante- saludando a mis mejillas como si no hubiera pasado el tiempo. Es lo malo de la mente, que nunca nos pertenece por completo.

Criada por una madre depresiva de puertas para dentro, con encontronazos con una realidad que nunca era lo que yo fantaseaba, siempre he sido meditabunda y acongojada, hasta encontrar al amor sin mayúsculas, ni polladas. Luego lo perdí en la lotería de la vida, que da y quita como le da la gana. Desde entonces, como a los castrados, se me han afilado las uñas y saco dientes, aunque no sea día de degüello. Sé que no es acorde con el espíritu navideño, pero díganme si la isla de las tentaciones o los especiales de nochebuena lo son. Ya nada es lo que era en aquellos que pronto estaremos todos jubilados, desvanecidos y haciendo músculos porque nos han dicho que viviremos más, gloriosos babys boomers que nacimos para trabajar, agachar cabeza y hacer de bisagra, entre nuestros padres autoritarios y nuestros hijos liberados.

Hemos ido tras el autobús escolar corriendo porque temíamos que los niños se nos perdiesen y ahora andan por ahí descarriados, solos y pletóricos tras haber volado de nuestra ala, sin que nosotros sepamos bien si alegrarnos por el trabajo bien hecho o desalentarnos porque no tenemos ahora una finalidad prefijada. Es como si nos hubiesen instalado un chip secreto que nos llevó a ser los mejores en el arte de cuidar, defender, proteger y servir sin tener país, ni leyes, reglamentos o decretos, sino un dictador que parimos en secuencias de nueve meses. Sé que los que no tienen hijos no pueden entender lo que llegamos a hacer por ellos, lo ciegos que podemos estar aun viendo, lo crédulos que podemos llegar a ser aun poseyendo mentes excepcionales y lo muy solos que vamos a estar porque ellos, a los que amamos, veneramos e idolatramos, corren sin que les pesen nuestras carencias.

Cuando los babys boomers seamos ya muy ancianos espero que las navidades del futuro nos vengan con IA que nos lleven y nos traigan, nos escuchen, nos mediquen, curen nuestro dolor y nos acunen como a niños de teta cuando estemos tan solos que roamos el hueso de la ausencia con recuerdos de lo que fue y nunca volverá a ser. No tengo demasiada fe en la humanidad, considerando ese amor que tuve como algo anecdótico y esporádico muy fuera de nuestras posibilidades cotidianas. Ahora se ama de otra manera, porque el verbo ha perdido su sentido y solo miramos nuestra propia espalda. La Navidad igual, con celebraciones y festejos, sin valorar lo importante que es una vez mas lo mejor y más sencillo, como el calor humano, la amistad, la esperanza y la mutua compañía. Fíjense si vamos rápido que aun no son ni vísperas y ya las adornamos, las compramos, las abrazamos y las regalamos, con rebajas de rebajas y esperando consumir, gastar y reciclar o revender. Nos hemos hecho consumo, envolviéndonos en papel de regalo para esperar ansiosos que lo alguien nos desenvuelva y le gustemos, para no acabar de cabeza en el contenedor emocional.

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