Quienes frecuentan las hamburgueserías y bocaterías de Ceuta conocen bien el campero: ese bocadillo prensado, jugoso y lleno de combinaciones posibles que forma parte del día a día de la ciudad.
Pero entre los ingredientes más sorprendentes –y a la vez más solicitados– hay uno que suele despertar la curiosidad de quienes no están familiarizados con la escena gastronómica local. Se trata de un producto de casquería que, sin hacer mucho ruido, ha logrado conquistar un lugar privilegiado entre los rellenos estrella: el corazón de pollo.
Pequeños, carnosos, con un sabor intenso y una textura inconfundible, estas vísceras no solo forman parte de la tradición culinaria, sino que están más presentes que nunca en uno de los bocadillos más populares de la ciudad el cual triunfa.
Un producto de casquería con tradición

Los corazones de pollo pertenecen a la casquería, ese conjunto de productos cárnicos considerados tradicionalmente menores pero que, en realidad, esconden una gran riqueza gastronómica. En muchas partes de España, su consumo ha ido a menos, asociado a recetas antiguas o a la cocina de aprovechamiento de otras épocas. Sin embargo, en Ceuta, este ingrediente ha mantenido su vigencia como parte del recetario cotidiano y, ahora, esta víscera en concreto se empieza a ofrecer en cada vez más lugares de la península.
De tamaño pequeño, textura firme y sabor intenso, el corazón de pollo es un producto humilde que ha sabido adaptarse a los tiempos. Aunque puede encontrarse en guisos o salteados, su uso más popular y llamativo en la ciudad es, sin duda, como relleno estrella de algunos de los camperos más solicitados.
El campero ceutí le pone corazón
A diferencia del clásico campero malagueño —más centrado en el pollo empanado, el jamón york o el huevo—, en Ceuta las hamburgueserías han sabido reinventarlo con ingredientes locales y atrevidos. Aquí, el corazón de pollo no es una rareza, sino un clásico que muchas personas piden con naturalidad.
Salteados a la plancha, macerados previamente en aliños de ajo, perejil o especias, y mezclados con otros ingredientes como queso fundido o huevo, los corazones de pollo aportan un sabor profundo que no pasa desapercibido. Su textura, algo más carnosa que el filete clásico, convierte cada bocado en una experiencia distinta, con más carácter.

Sabor con fundamento nutricional
Más allá de su sabor, los corazones de pollo tienen un valor nutricional nada desdeñable. Son ricos en hierro, zinc, fósforo, vitamina B12 y proteínas de alto valor biológico. También contienen coenzima Q10, beneficiosa para la salud cardiovascular, y su aporte calórico es relativamente moderado si se cocinan sin fritura profunda.
En un momento en que muchas personas valoran tanto el sabor como la procedencia y el aprovechamiento de los alimentos, productos como este vuelven a encontrar su lugar. Comer corazón de pollo no solo es un guiño a la tradición, sino también un ejemplo de consumo responsable: se aprovecha todo el animal, se reduce el desperdicio y se redescubre el valor de piezas olvidadas.
Del mostrador a la identidad gastronómica
El uso del corazón de pollo en los camperos de Ceuta no es una moda pasajera ni una extravagancia. Es, sencillamente, parte del repertorio habitual de muchas hamburgueserías y bares de toda la ciudad, donde los clientes piden estos bocadillos como quien pide un clásico.
La normalización de este ingrediente en el pan y la plancha dice mucho de la identidad gastronómica ceutí: abierta, mestiza, sin complejos. Aquí, lo que importa es el sabor, la tradición y que el plato funcione. Y el corazón de pollo, con su sabor potente y su historia humilde, encaja perfectamente en esa ecuación.
La anécdota del origen del bocadillo de corazones
Diario Sur cuenta que todo comenzó con una broma improvisada. La historia popular señala que el dueño de un antiguo bar de tapas llamado La Farola —ya desaparecido— quiso tomar el pelo a sus clientes habituales un Día de los Santos Inocentes. Para ello, preparó un montadito nuevo, con un toque provocador y un relleno poco habitual. Sin embargo, lo que pretendía ser una broma se convirtió en todo un acierto culinario.
Lejos de rechazarlo, los clientes quedaron gratamente sorprendidos por el sabor de aquella singular tapa, que venía acompañada de especias de estilo magrebí. Intrigados, le pidieron al hostelero que les desvelara qué llevaba aquel manjar inesperado. La respuesta les dejó atónitos: se trataba de corazones de pollo. La misma expresión de desconcierto que hoy pueden mostrar los visitantes que descubren este peculiar bocadillo debieron tener en su día los ceutíes que lo probaron por primera vez hace ya décadas y desde entonces triunfa.
Pese a lo impactante del ingrediente, el sabor conquistó a todos. Aquella ocurrencia festiva se convirtió en una receta con nombre propio. Aunque no aspira a figurar entre los grandes platos de la alta cocina, este sencillo bocadillo ha logrado hacerse un hueco destacado en la gastronomía local. Hoy en día es uno de los referentes culinarios de Ceuta y, para muchos viajeros, una especie de recuerdo sabroso y auténtico que acompaña la visita a la ciudad autónoma.






