Existe una radical incompatibilidad entre deporte y violencia, cualquier forma de violencia, incluida la verbal o aquella otra más sutil, fundamentada en la trampa, el engaño y el desprecio del juego limpio.” Con esta reflexión inicial se inicia el preámbulo de la Ley 19/2007 de 12 de julio contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte.
Los prolegómenos del partido Real Madrid- Barcelona del día 27, con las esperpénticas declaraciones de sus dos entrenadores, fueron la lógica antesala de lo ocurrido ese mismo día en el estadio Santiago Bernabéu. Un comportamiento en el césped y en los banquillos, que dista mucho de enmarcarse en el espíritu que el legislador quiso trasladar a la sociedad para hacer del deporte no solo un ejercicio noble de competición sino también una exaltación de los valores con los que contribuye a la formación y dignificación de la persona.
La agresividad verbal y el desprecio con el que se comportaron los entrenadores Josep Mourinho y Pep Guardiola (Pepe para los españoles) los días anteriores al encuentro, contribuyó decisivamente a crear un clima de enfrentamiento que se reflejó en una agresividad inusitada en el propio estadio con insultos, agresiones, trampas, engaños y burlas al juego limpio y deportivo, es decir todo lo contrario a lo que la propio Ley exige a los que practican y asisten también como espectadores, a un evento de esta naturaleza.
Resultaría inútil destacar quien fue más culpable de las dos partes, si madridistas o culés, ninguno de los dos clubs estuvo a la altura de las circunstancias ni de las aficiones que representan. Tampoco parece que la actitud de los árbitros, que deberían haber impedido tanta escandalera desde el principio, se les puede salvar de su parte de responsabilidad. Este tercer enfrentamiento ha sido el fracaso de una competición “deportiva” que como la futbolística está sobredimensionada no solo en su aspecto económico, sino también en el mediático y es posible que esta sea la verdadera causa de tanto desatino.
Lo sucedido debe invitar a los directivos, futbolistas, entrenadores, árbitros, periodistas deportivos y organismos federativos a reflexionar sobre su obligación de contribuir a la dignificación del deporte, erradicar la violencia verbal y física, cumplir la ley y no contribuir a exasperar más aún a una sociedad que ya sufre violentas agresiones por hechos muchos más graves y serios que el de un enfrentamiento deportivo.
No estaría de más también que ese mundo deportivo exigiera a los que perciben unas estratosféricas retribuciones económicas, como son las de algunas plantillas y entrenadores, un nivel de profesionalidad, cultura y comportamiento más adecuado y proporcional a la compensación que reciben. Sus gestos, actitudes y rendimiento son, en muchas ocasiones, una ofensa para una sociedad muy castigada por la crisis económica y que encuentra en los espectáculos deportivos, especialmente el fútbol, una válvula de escape a sus problemas y frustraciones.
A todo esto se añade la proyección internacional que supone hoy la retransmisión de una competición que como la “champions league”, reúne a los clubs más prestigiosos del mundo y desde luego, por solera, tradición y merecimientos tanto el Real Madrid como el Barcelona están en el más alto nivel. España, reciente aún su éxito mundial, no se merece que un decepcionante espectáculo futbolístico como el del otro día desmerezca de la aureola de prestigio que la rodea aunque ya solo sea en el deporte.
Los españoles necesitamos, en momentos de gran dificultad como los que vivimos, grandes dosis de autoestima, de confianza, de orgullo, de sentirnos admirados y al menos en estos últimos años el deporte nos ha proporcionado los éxitos y satisfacciones que no estamos teniendo en otros ámbitos de nuestra actividad económica, política o social.
Ser seguidor del Real Madrid, como es mi caso o serlo del Barcelona no debe ir más allá de la simpatía y el apoyo a uno u otro, de la sana alegría cuando se triunfa o del señorío en aceptar la derrota. El ambiente de crispación actual solo añade un punto más de preocupación a un país que sufre una de los peores crisis de su aún joven democracia. Esperemos que la cuarta versión del “clásico” sea el ejemplo de la profesionalidad y afán limpio de victoria que todos esperamos de unos colores u otros.
(*) Ex parlamentario nacional y europeo.





