La pasada semana intenté atisbar con mis palabras el impacto de la visita papal en los medios y la posible repercusión social. Mi artículo pretendía hacer una radiografía del panorama actual de la prensa, maximizando las míseras grandezas de un gobierno con una estocada mortal (no andaba muy equivocada mi opinión cuando me imaginé la pasividad gubernamental en tan magno acto).
Sólo el tiempo quita y da razones, determina una actuación fácilmente previsible y señala a aquellos que alientan a una panda de alborotadores. Alborotadores patrocinados por un siniestro gobierno que se oculta en gestos desprovisto de educación y dedicados a trasnochados detenidos en un tiempo que pensábamos olvidado.
La maquinaria periodística comenzó a pertrecharse conforme se acercaba la llegada del Papa, motivando a sus incondicionales con uno u otro criterio, siendo fiel a la actualidad o intentando hacer juicios de valor apoyados en unas ideas diametralmente opuestas a la Iglesia Católica (mientras los dos pequeños canales de TV de corte pseudoconservador se radicalizaban sacando los pies del tiesto de igual manera). La actualidad cuesta cada vez más digerirla, sólo comprendiéndose con enormes dosis de templanza, razón sine qua non para conseguir sintetizar tantos contenidos intoxicados. La sensibilidad a la hora de encontrar un equilibrio dentro de la España bipolar es una virtud al alcance de muy pocos. Desechar extremismos y mantenerse al margen de ciertas tendencias a la hora de opinar es una labor ardua, solamente demostrable expresándose agudeza y aportando razonamientos sustentados en el sentido común.
Mientras en nuestras calles prepondera por momentos un ambiente de odio, con mensajes venidos de tiempos pretéritos, parafraseando libros de la Guerra Civil, exaltando lemas en nombre de una intelectualidad reaccionaria, empuñando la bandera de la libertad cuando enaltecen una discriminación social de forma detestable.
Querer manchar la visita de S.S. Benedicto XVI es una maniobra condicionada por una estrategia ruin, que utiliza a sus cachorros con menos decoro en forma de avanzadilla cuando sus argumentos parecen totalmente agotados (salvo sorpresa de bajo calado con cacerolada como banda sonora en la campaña electoral).
Las JMJ se han saldado con un resultado esperanzador, donde se han dado cita todas las formas de manifestar la fe, unidas con un fin enriquecedor y haciéndonos ver que existe una juventud radiante, multirracial, pacífica y con una enorme alegría contagiosa. Días que han hecho olvidar el pesimismo instalado en la sociedad actual, dándonos otro cariz y olvidándonos de tanto agorero que sólo mantiene un criterio acotado.
Indiscutiblemente las valoraciones pueden ser más o menos afines cuando la diversidad de las ideas es tan notable, pero nunca debemos aceptar sumisamente provocaciones de descerebrados anticatólicos, anticlericales, cristianófobos y antidemócratas que sustentan sus ideas en una falsa tolerancia. Demandantes de derechos que representan una progresía informal, compuesta por minorías sustentadas en tribus urbanas de dudosa procedencia y alterando el pulso de un país de manera deleznable.





