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Una triste realidad

En esta semana, en el programa de la Sexta “El Intermedio”, en la habitual entrevista que realiza la periodista Thais Villas, se nos mostraba el debate que se generaba entre un grupo de ciudadanos a propósito de la pregunta sobre la conveniencia o no de adelantar las elecciones en nuestro país. El grupo de personas de edad mediana y avanzada se decantaba por no hacerlo, debido a que consideraban que la economía iba muy bien y había que seguir mejorando las condiciones sociales de la inmensa mayoría de la ciudadanía. En el grupo en el que había más jóvenes, la opinión era distinta. La principal razón que esgrimían para el adelanto electoral estaba relacionada con los escándalos de corrupción que, según ellos, salpicaban al gobierno. Sobre los escándalos de corrupción del PP o de VOX, nada hablaban, o directamente los negaban. Pero también mostraron la frustración que sentían por su situación laboral, cobrando salarios de miseria, que los obligaba a vivir en casa de sus padres. Lo más sorprendente vino cuando confesaron que votarían a VOX en las próximas elecciones.

Esta semana hemos conocido los datos de empleo y desempleo en nuestro país, de los que hay que resaltar que hemos llegado a una cifra de 21,8 millones de afiliaciones, por encima del máximo que se produjo este verano, siendo, además, el dato más alto en un mes de noviembre en los últimos años. De esta cantidad,10,3 millones corresponden a mujeres (el 47,4% del total). Respecto a la calidad y composición del empleo, se sigue una senda positiva. En el último año crece la afiliación con contrato indefinido a jornada completa (3,2%), y cae la afiliación con contrato temporal ( -0,5%). La afiliación mediante otros contratos (funcionarios fijos en su gran mayoría) crece en 119.000 (+7,8%). También el paro registrado bajó en noviembre (-18.805 personas), pese a que en este mes habitualmente subía, situándose en 2.424.961 personas. Y baja más entre las mujeres.

Sin embargo, a pesar de estos datos positivos en empleo y de ser el país de las grandes economías europeas que más crecimiento económico tiene, la desigualdad sigue siendo un reto importante en la España de 2025. Aunque la creación de empleo y la reducción del paro han favorecido a una parte de la población, persisten notables diferencias entre regiones, así como entre distintos grupos de edad y género. Por ejemplo, los jóvenes continúan enfrentándose a mayores dificultades para acceder a empleos de calidad, lo que se refleja en la elevada proporción de contratos temporales y en la tendencia a prolongar la convivencia con sus familias por motivos económicos.

Por tanto, la lucha contra la desigualdad requiere políticas adicionales que garanticen el acceso equitativo a oportunidades, la mejora de los salarios más bajos y el refuerzo del sistema de protección social, para que el crecimiento económico beneficie realmente a toda la sociedad. Esto hay que reconocerlo.

En un mensaje de WhatsApp recibido esta semana, a propósito de la detención del presidente de la Diputación de Almería, del PP, por corrupción, un conocido mío afirmaba que tanto la derecha como la izquierda, hoy por hoy, eran una panda de delincuentes. A lo que le respondí que yo no era un delincuente, pese a ser una persona de ideología de izquierdas, al igual que tampoco lo eran la mayoría de los afiliados a los partidos políticos. Aunque reconoció lo que le decía, siguió con su cantinela de que “todos los políticos son iguales”.

Esta es la cuestión. El espectáculo de crispación al que asistimos diariamente solo contribuye a que aquellos que se califican de “antisistema”, como es el caso de la extrema derecha, pero que participan en las instituciones para intentar destruirlas desde dentro, se vean beneficiados electoralmente. De esta forma, miles de jóvenes, que deberían ser rebeldes por naturaleza, creen que castigando en las urnas a los partidos políticos tradicionales, contribuirán a mejorar su situación. Y esto lo identifican con votar a la extrema derecha. Los nuevos “antisistema”. Sin embargo, no han caído en la cuenta de que a lo que realmente contribuyen es a desestabilizar la democracia, dando poder a aquellos partidos autoritarios que lo que buscan, precisamente, es destruir la democracia.

Es una situación triste, difícil y compleja, que necesita una profunda reflexión. Pero, lo que está claro, bajo mi punto de vista, es que ante tanta crispación, la única opción razonable que queda es la resistencia. Salvo mejor opinión fundada en datos objetivos.

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