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TITANIC, "guerra di classe"

Por Germinal Castillo
15/02/2026 - 04:25
Imágenes cedidas

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La noche/madrugada del 14 al 15 de abril de 1912 se recuerda como la del hundimiento del Titanic, sombrío presagio de lo que acontecerá en Europa dos años más tarde. Casi punto por punto.

El 10 de abril, cuatro días antes de la tragedia, el barco propiedad de la compañía White Star Lin, hace su viaje inaugural desde Southampton a Nueva York, con escalas en la muy normanda Cherburgo (Francia) y en la irlandesa ciudad de Queenstown (actual Cobh) desde la que parte para cruzar el Atlántico Norte.

Con fama de indestructible, el Titanic es lo mejor de lo mejor de aquella época, con 269 metros de eslora (dimensión a lo largo), 28 metros de manga (el ancho máximo del barco) y 10 de calado (profundidad a la que se sumerge un barco por debajo de la línea de flotación) y capacidad para transportar a 3300 personas.

Es el barco más grande de la época. Evidentemente, si hoy lo comparamos con el Star of the seas (botado en 2025), propiedad de la compañía Royal Caribbean, el gigante de primeros del siglo pasado parece ridículo.

Con sus 364 metros de eslora, 66 metros de manga, un calado similar de 10 metros, 20 cubiertas y una capacidad para más de 7600 pasajeros, el barco de la Royal Caribbean es unas 5 veces más grande en volumen y masa que el de la White Star Line. Obviamente, las medidas de seguridad del Star of the Seas tampoco se pueden comparar, éstas superan en mil veces las del hundido Titanic, como también las superan los barcos que cruzan nuestro Estrecho a diario.

Pero volvamos a la noche/madrugada de aquellos dos días en cuestión.

Cuentan algunas crónicas que el inicio del naufragio se debe al empecinamiento del capitán Edward John Smith por conseguir el Blue Riband, conocido como “banda azul” en español, un galardón no oficial que se otorga al transatlántico que cruza el Atlántico Norte a mayor velocidad.

El caso es que, los avisos reiterados de la presencia de un iceberg frente a las costas de Terranova no son atendidos, desconociéndose la verdadera razón de esa omisión. Quizás, como en todas las catástrofes, una concatenación fatal de hechos que se van acumulando es la resultante de que el Titanic no varíe ni rumbo, ni velocidad.

A las 23:40 del 14 de abril, el barco choca con ese témpano de hielo que provoca una brecha considerable en la zona sumergida de la nave. Menos de tres horas más tarde, concretamente a las 02:20, el Titanic se hunde a casi 4000 metros bajo las aguas heladas.

La Comisión de Investigación del Senado de los Estados Unidos, abierta por este terrible siniestro, cifra en 2223 las personas a bordo, y el número oficial de fallecimientos en el hundimiento del Titanic a 1517 personas. Bien es cierto que estos datos admiten una cierta controversia por los polizones embarcados en Irlanda y las cancelaciones de última hora.

Si se ahonda un poco más en los datos, hay una verdad incómoda que emerge de entre los hielos del Atlántico Norte:

-Un 62% de las pasajeras de primera clase logra sobrevivir.

-Un 41% de las pasajeras de segunda clase sigue con vida.

-Sólo un 25% del pasaje de tercera clase no se ahoga o no se muere de hipotermia, dicho de otra forma: TRES DE CADA CUATRO pasajeras de la tercera clase del Titanic fallecen esa noche.

Si destacamos el tema de las menores de 12 años (a partir de esas son consideradas como pasajeras adultas), 1 de cada 6 murió en tercera clase (53), ninguna de segunda clase y 1 de primera clase, y todo porque los padres se niegan a abandonar el camarote so pretexto de que aquello era un simulacro inútil.

¿Por qué tanta diferencia de fallecidas entre “clases”?

Pues porque no hay botes salvavidas suficientes para todos, y esos botes son para las pasajeras de primera clase y porque las de las cubiertas inferiores no tienen autorización para subir hasta los botes, y cuando lo intentan o es imposible, o se encuentran con puertas bloqueadas.

Terrible como la vida misma.

Pero eso no es todo, porque hasta en la muerte hay distinción de clase. Los estudios y datos confrontados demuestran que los ataúdes se reservan para los cadáveres de primera clase, mientras que el resto son recubiertos por una lona cosida para ser lanzados al mar. Ni a un mal recuerdo tienen derecho. Seguro que les suena mucho, a poco que se atrevan a asomar la cabeza por cualquier ventana que dé al mar…

El poeta sevillano Luis Cernuda (1902-1963), muerto en el exilio mexicano, escribe “Un español habla de su tierra” en el ocaso de la guerra civil, y alude al recuerdo y la muerte…

“Amargos son los días

de la vida, viviendo

sólo una larga espera

a fuerza de recuerdos.

 

Un día, tú ya libre

de la mentira de ellos,

me buscarás. entonces

¿Qué ha de decir un muerto?”

En el TITANIC, queda demostrado que el poder adquisitivo es clave para salvar la vida.

Y en esas estamos, porque de esto va la arquitectura de un sistema dominado desde y por el poder.

Eso sí, a quienes vengan, antorchas en mano, con la disposición de atizar el fuego de las hogueras, argumentando los crímenes y la diferencia de clase en los regímenes comunistas, desde este H2SO4 les contestamos que aquí no es, que de esto no va la cosa. Para aclarar el tema, une fois de plus, decimos que aquí nos posicionamos SIEMPRE en contra de cualquier sistema totalitario. Faltaría más. Tampoco tratamos de equiparar las dos formas de dictaduras, porque se tilde de extrema derecha, o de supuestamente proletaria, siempre tienen el mismo resultado rodeado de alambre de espino electrificado y de muerte.

Una vez salvado de nuevo el escollo sempiterno, hay que rendirse a la evidencia: el “nuevo” sistema capitalista del desastre que ahora vivimos ha desterrado la variable de la socialdemocracia de su ecuación, y por ende el Estado del Bienestar. Esto ocurre concretamente desde la caída del Muro de Berlín. El desmoronamiento del imperio soviético, da la señal de salida al auge de un capitalismo salvaje cada vez más voraz, cada vez más excluyente y cada vez más descargado de escrúpulos, si es que en alguna ocasión los tuvo, claro. Intentando darse un barniz de homologación democrática, los ideólogos del nuevo capitalismo del desastre cacarean lo de la cascada de beneficios consecuentes.

En realidad, no hay nada nuevo bajo el sol. La famosa cascada de beneficios no es otra cosa que el antiguo “si al patrón le va bien, mejor nos irá a nosotras”. Si con eso queremos decir que si no cierra la empresa podremos seguir comiendo, es cierto, es así. Pero, si por lo contrario opinamos que, a mayores beneficios de las empresas, mayor enriquecimiento de quienes trabajamos, pues no. Eso es falso. Rotundamente falso. A las pruebas de los acuerdos salariales y de las aportaciones de esas empresas a la sociedad me remito.

No hace falta ir la Sorbona para entender que aquí no estamos hablando de las pequeñas empresas que a duras penas sobreviven, y cuyos jefes corren la misma suerte que sus trabajadores.

No, nos referimos evidentemente a esas empresas que ganan indecentes cantidades de dinero, que contratan a niños en fábricas de países demasiado lejanos para que nos importe. Las mismas que, también en países remotos, contratan sin ningún tipo de garantías y a precio de esclavitud. Son las que defraudan a Hacienda con impunidad, las que no pagan los impuestos que permiten a un país ser grande y siempre terminan vehiculando su dinero hacia paraísos fiscales para esconder sus brutales ganancias. Esas son las empresas que hacen que el foso de la diferencia social sea cada vez más insalvable.

Son esas empresas gigantescas las que reciben suculentas subvenciones a cambio de no despedir (cosa que muchas veces no se verifica) o de no deslocalizar sus centros de producción hacia esos territorios donde el sueldo es de miseria. Son las empresas que reciben mucho de quienes pagamos, como los grandes bancos de este país que recibieron sesenta mil millones de euros para hacer frente a la crisis y nunca devolvieron nada. Eso sí, sus actuales beneficios son tan espectaculares como indecentes.

Teniendo ya claro quién es quién en esta historia, bajemos del puente de mando de este Titanic del dinero y adentrémonos en las entrañas del buque.

Las ciudadanas de los barrios más modestos nunca tendrán (salvo algunas excepciones que confirman la regla) las mismas posibilidades que quienes tienen mucho dinero. ¿Alguien es capaz de rebatir esto?

Sólo hace falta comprobar el nivel de éxito en la escala socioeconómica que tienen unas y otras.

Comprobarlo es fácil. Escoja puestos de importancia, de relevancia y/o de responsabilidad y díganos cuantos son, en esos lugares de decisión, quienes proceden de familias trabajadoras y cuantas de las de un nivel alto.

Si esto mismo se traslada a los estudios cursados (que no a la inteligencia y/o capacidad, obviamente) o a la salud en general, tendrá la imagen real de la situación y de la línea que marca la diferencia entre la primera clase de este Titanic con el resto de las cubiertas.

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene, pero quizás se plantee en qué clase de cubierta está viajando de verdad, teniendo en cuenta que transitamos por unos tiempos cada vez más parecidos al 1984 de Orwell, y en los que el dios dinero es más dios que nunca.

Y si, por algún caso, cree pertenecer a la clase dominante por tener un coche y un piso en propiedad, unas hijas estudiando en colegios de pseudo élite y un seguro privado, siento decirle que no solo no ha entendido nada de cuál es su verdadero sitio, sino que, además, la caída le va a resultar aún más dura de lo que pueda imaginar.

Lo que nos diferencia de las que cruzan a diario cualquier tipo de océano en bodegas de mala muerte, es que éstas están ya muy acostumbradas a sólo comer mierda, y no tienen ni el lujo de poder pararse a reflexionar sobre todo que les rodea. Bastante tienen con sobrevivir.

A éstas, comer de las sobras de las basuras de las de arriba no les representa ninguna sorpresa, ni ningún cambio de dieta.

Camillo Berneri, militante anarquista, filósofo, profesor y destacado intelectual, afirmó en 1937 en la publicación italiana “Guerra di clase” que: “Las bombas que hoy caen sobre Madrid, mañana caerán sobre Barcelona y pasado sobre Londres y París”.

A buena entendedora…

Nada más que añadir, Señoría.

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