El recorrido de Podemos no deja de parecerme curioso. Emanó como una fuerza que enarbolaba la defensa y reivindicación de los estratos más desfavorecidos de la sociedad española como principio elemental e inexorable. Tras las elecciones comenzaron a trazar líneas rojas y proyectaron como condición ‘sine qua non’ el referéndum de Cataluña.
Poco después, frente al rechazo de las demás formaciones esta aspiración perdió peso en pro de la exigencia de aceptar cuatro grupos parlamentarios que comprendieran a Podemos y a sus aliados regionales.
No lo consiguieron. Más tarde, concluida la reunión con el rey Felipe VI correspondiente a la primera ronda de contactos, Pablo Iglesias concedió una rueda de prensa en la que propuso al PSOE un Gobierno de cambio en la que incluyó a su propio partido y a Izquierda Unida, llegándose a postular Iglesias como vicepresidente de este hipotético gabinete. Aún ni siquiera había iniciado conversaciones con los socialistas.
De esta forma se contradecía en dos cuestiones esenciales: por un lado, anteponía su detestado reparto de sillones al planteamiento y al debate de las medidas, vicio que tanto ha afeado a otras formaciones políticas, y, por otro lado, quebraba su afirmación vertida unos meses atrás en las que aseguraba que jamás formaría parte de un Gobierno liderado por el PSOE.
El último movimiento de Podemos ha seguido esta línea a ratos incoherente, cutre y torpe. La cuenta de Twitter oficial de Podemos Zaragoza publicó dos mensajes consecutivos en referencia a la posible gobernación junto a los socialistas. El primero de ellos ofrecía al PSOE la posibilidad de afrontar un Gobierno conjunto de inmediato, en la tónica de Iglesias, y el segundo venía acompañado de una imagen en la que se detallaba la distribución de un hipotético Gobierno nombre a nombre, ministerio a ministerio, según la cual, ¡qué casualidad!, se harían cargo de las carteras claves. Esta publicación no pasó inadvertida para los medios de comunicación, que no tardaron en difundir el hecho, ni tampoco para los usuarios de esta red social, muchos de los cuales criticaron duramente la imposición del partido sin previa consulta. Como la propuesta no caló fue eliminada y Podemos Zaragoza se excusó argumentando que había sido “un error” y “un malentendido”.
Desde mi punto de vista, la decisión respondía más a una estrategia que a un casual fallo. Creo que Podemos utilizó una cuenta provincial adrede para que no pudiera relacionarse con la principal en caso de que el plan naufragara, pues sabían que en la recámara aguardaba el pretexto de que se trataba de una fuente secundaria que no respondía a la oficialidad del partido nacional.
Este no es sino un ejemplo más de la pésima gestión que los de Iglesias están llevando a cabo desde que se cerraron las urnas de los comicios celebrados el pasado 20 de diciembre. La primera rueda de prensa postelectoral revelaba que Podemos había inaugurado una fase que debía conciliar diversos objetivos, entre los cuales sobresalían tres por encima de los demás: saciar las promesas realizadas a sus socios regionales para eludir un desplome de la coalición, evitar de cualquier modo el abandono del efectismo propio de una campaña electoral por si esta se repetía, sobre todo habida cuenta de los repartidos resultados electorales, e imponerse al resto de partidos para obviar su identificación con ellos y no decepcionar a la mayor parte de sus votantes. El producto se ha traducido en una política errante y raquítica demasiado enfocada hacia detalles secundarios que está opacando la lucha por las necesidades del pueblo por la que siempre prometieron apostar. La proximidad del poder parece haberles cegado también a ellos.





