Los sucesos ocurridos en el centro de Piniers en la noche del viernes deben motivar una reflexión sobre la forma de gestión de este albergue provisional. Y hay que hacerlo desde la prudencia, alejándose de las interpretaciones tendenciosas que dan las partes interesadas de lo ocurrido, criminalizando a todos los allí presentes por las acciones concretas de unos pocos. La Ciudad tuvo que buscar unos terrenos para acoger a los menores marroquíes dada la masificación de ‘La Esperanza’ y la cantidad de personas que estaban en el puerto y debían ser concentradas en un punto. La responsabilidad de la vertiente menor de la inmigración da pie a unas situaciones que superan los recursos con los que cuenta la institución municipal pero que son hechos que deben ser controlados de inmediato antes de que las consecuencias sean desastrosas. Y esto es lo que pasa en Piniers. Este centro provisional no funciona como debiera, es algo que debe ser objeto de análisis para evitar que los incidentes por los que hoy nos llevamos las manos a la cabeza vayan a más. Algo está fallando cuando un reproche por la comida lleva a que siete personas resulten lesionadas, entre menores, vigilantes y trabajadores de Cruz Roja. Normal no es, como tampoco que no se garantice una protección en los alrededores del centro para evitar fugas continuadas que no hacen más que dejar sin sentido cualquier tipo de programa que se quiera llevar a cabo para mejorar la integración de los acogidos. Soluciones hay que tomar, así como un giro radical en torno a lo que aquí sucede. Sin dramatismos pero tampoco con buenismos.






