Hoy es 31 de diciembre; cerramos agenda para empezar de nuevo, como si dentro de unas horas pudiéramos empezar de nuevo, pasa todos 31 del último mes del calendario.
Acompaño a una amiga para ver una residencia de personas mayores. Tiene 76 años y le han detectado un cáncer de páncreas.
El diagnóstico es rotundo. Vive sola en un piso muy pequeño, en un cuarto sin ascensor. Debe empezar con la quimio y necesita contar con ayuda.
La soledad, el muro que te separa del mundo, la realidad que te ata de pies y manos, que te oprime quitándote el aliento, tapándote los ojos para que nada más puedas pensar en ella.
Muchas personas viven el abandono: no esperar a nadie, que no te esperen en ningún sitio, que nadie pegue a tu timbre ni que suene el teléfono; y si suena es porque se han equivocado de número.
No salir de casa, sentarse a ver los coches pasar desde la ventana, mirar la tele cambiando canales constantemente, desayunar a las 11 y pensar que comerás la media lata que te sobró ayer.
Estar solo porque ni la soledad está contigo.
El día y la noche se confunden, el sueño y el hambre no tienen horario y nadie sabe de ti porque se olvidaron que existes.
De cuando en cuando pasa un vecino para preguntarte si se ha ido la luz o si se ha roto la antena de la televisión.
Los labios dejan de hablar, la mirada se pierde en un paisaje constante de paredes, muebles cuadros y alguna lámpara tenue que da luz a esa oscuridad de la que eres prisionero.
Te ronda la muerte, pero a ella también le asusta esa soledad pegajosa y nauseabunda que te envuelve.
¿Cuándo lucharemos contra esa lacra? ¿Cuándo pensaremos que debemos hacer algo? ¿Cuándo comenzarán a importarnos las personas que no le importan a nadie?
Valga este último Cañonazo para recordar a todos los que necesitan oír a alguien, esperar a alguien, contar con alguien, hablar con alguien, existir para alguien.
Convertirnos en compañía es un reto estos tiempos, una actitud más revolucionaria que conquistar el espacio.






