Categorías: Colaboraciones

Si te dicen que caí(n)... serás hombre hijo mío

Prima non data, ultima dispensata. Fiel a la máxima latina no éste el momento de entrar en lo concreto, en el análisis u opinión sobre tal o tal cuestión. Gracias a la oportunidad que el Grupo Faro me ofrece para dirigirme a ustedes con regularidad, negro sobre blanco, tendremos múltiples ocasiones de entrar en los detalles. Sí aprovecharé mi primera incursión en las páginas del diario decano y de referencia en Ceuta para expresar en alta voz algunas de mis convicciones más arraigadas. Creencias y aspiraciones esenciales que me han acompañado durante mi carrera profesional como politólogo y periodista. Pese a quien pese. Contra viento y marea. Como escribió Kipling allá en los albores del pasado siglo: Si sabes esperar y a tu afán poner brida / O blanco de mentiras esgrimir la verdad / O siendo odiado, al odio no das cabida / y ni ensalzas tu juicio ni ostentas tu bondad (...) tuya es la tierra y todo lo que en ella habita / y lo que es más, serás hombre hijo mío.....
El arte es difícil. Y la condena demasiado fácil. Una puerta abierta que permite la entrada de una corriente de aire. Un amplio pasaje distorsionado que es intrincado cerrar. Apenas una impresión malintencionada deviene un viento huracanado que deja un reguero de destrucción a su paso. Una huella casi indeleble. La maledicencia esconde mediocridad. Y continuada y ciega denota un trastorno, un complejo, una tara. El síndrome de Caín, el primogénito de Adán y Eva que acabó con la vida de su hermano presa de los celos. Una enfermedad llamada envidia que, como apuntó Don Miguel de Unamuno, “es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual”. Esta animosidad proviene de una carencia, de un complejo. Pero también del egoísmo y el narcisismo, conceptos fundamentales de nuestra moderna sociedad. El hombre nace y muere solo y tiende a focalizarse sobre su existencia. Se centra en su vida, sus intereses y sus pequeñas miserias. Hasta aquí todo normal.
Hasta aquí todo normal. Pero tal estado de cosas muta peligrosamente cuando el individuo intenta alcanzar su satisfacción en detrimento del otro. Cuando alberga la convicción de que su goce personal es directamente proporcional a la desgracia ajena. Cuando está persuadido de que sólo pisoteando al próximo puede tener una vida de calidad. El irrespeto como la incapacidad para volar solo, libre, para innovar, pensar, crecer y generar proyectos propios. Todo lo contrario del respeto y la empatía, que es reconocer en el otro una misma humanidad.
La desconsideración como (auto)afirmación a través del aniquilamiento del otro. La (auto)satisfacción y (auto)complacencia en la incubación de hedor. El plagio, la imitación y el remedo. La persecución y la difamación. Vulgaridad y mezquindad en estado puro. Un dominio en las antípodas del arte, del talento y de la creación.
En la actual coyuntura adversa un hombre honesto es aquel que no roba a nadie. Una definición perniciosa de partida. Negar es más fácil que afirmar. Derribar más sencillo que edificar. Nuestro hombre honesto se encuentra en incómoda posición. Les Lumières, literalmente “las luces” y que en español se suele traducir como “la Ilustración”, lo tenía claro: ser honesto es un arte. Casi un siglo antes, en el XVI, la honestidad de un hombre se determinaba por sus valores sociales (cortesía, elegancia, humor), morales (moderación) e intelectuales, comprendiendo estos una sólida cultura general y buena capacidad reflexiva. Fue Montaigne quien añadió un nuevo ingrediente: la continúa necesidad de descubrir y progresar del hombre honesto. Para el filósofo del Renacimiento sólo quien se abre al mundo y se mezcla con éste se halla en condiciones de alcanzar la sapiencia.
Antes de ir al encuentro del otro, en aras de una mejor comprensión del prójimo,  “hay que desenmascararse para conocerse a uno mismo”, sostenía Emmanuel Levinas, uno de los grandes nombres de la filosofía de la alteridad. Condición sine quae non de la sabiduría humanista, cuya meta última es el respeto del otro. Algo harto difícil en los tiempos que corren. Oprobios e insultos son la tónica, por desgracia no escapando a esta injuriosa tendencia la prensa, generadora de opinión por excelencia. Más allá del populismo, el engaño y la difamación, el correcto ejercicio del periodismo nunca ha sido tan vital para unas democracias sacudidas por la crisis. De lo que se trata es de ser o parecer periodista. De ser consciente de la responsabilidad que la profesión conlleva. Y evitar atajos, rumores, anatemas y mentiras de imprevisibles consecuencias. De lo que se trata es de ser honesto.

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