Dieciocho años, el tiempo de condena que me impuso mi mente. El veredicto fue un cuadro ansioso depresivo aunque la versión no oficial era el miedo. A los espacios abiertos, a los espacios cerrados, al calor, a las alturas, a las multitudes…iba bien cargado de fobias con sus consiguientes ataques de pánico. Dieciocho años viviendo como un mueble inerte, escondiéndome del Sol, siendo un cobarde. Ese fue mi límite, no quería seguir viviendo así. Una buena amiga mía, psicóloga, me habló de la terapia de choque afrontando todos mis miedos, me dio unas pautas a seguir en casos de ataques de pánico y decidí irme lejos, donde no conociera a nadie ni conociera el idioma. Japón.
Las largas horas de vuelo hasta Tokio fue un continuo ataque de pánico, ejercicios de respiración y sudores fríos en bucle.
Tras tres semanas recorriendo Japón los miedos persistían, solo la claustrofobia logre dejar en un estrecho ascensor de Akihabara en la capital.
La Shimanami Kaido es una ruta que une Onomichi en la prefectura de Hiroshima con Imabari en la prefectura de Ehime a través de seis islas y nueve puentes por el Mar interior de Seto. Son setenta kilómetros que pueden recorrerse en un dia si eres un crack del pedaleo o en dos días si quieres disfrutar de las vistas o, en mi caso, descargar una mochila de fobias.
Madrugué para alquilar una bicicleta y tomar temprano el ferry que me llevaba a la primera isla. El Sol empezaba a asomar y recuerdo que estaba temblando, no por el frio matutino, temblaba de miedo por lo que tenía delante: las grandes alturas, la enorme distancia hasta Imabari pero sobre todo temía el calor que me fuera a encontrar.
Pedaleé a una velocidad constante los primeros kilómetros que me llevaban a la cuesta en zigzag que conducían a la entrada del primer puente. Fue el puente clave, era el primero que afrontaba con el vértigo, no era muy largo pero a mí me pareció kilométrico, tardé unos minutos hasta que me decidí a pedalear hacia adelante, el corazón me latía desbocadamente, me obligaba a mirar abajo, de nada habría servido el sacrificio si no lo afrontaba, se me hizo interminable el fin del puente, la bajada hasta el inicio de la segunda isla fue placida, casi triunfal. Un poco más liviano de mente, mi pedalear era más enérgico, más confiado, en tres horas estuve cruzando el segundo y tercer puente, el calor ya apretaba desde las diez de la mañana, entonces comprendí porqué me cruzaba con ciclistas japoneses que iban cubiertos brazos, piernas y cara a pesar del calor que hacía, esas mismas partes del cuerpo se me pusieron de un rojo intenso. Al atravesar cada puente era como si cada uno de ellos me quitaran una parte de mi que llevaba mucho tiempo conmigo. Aun así no fui consciente del cambio hasta el dia siguiente por la tarde.
En el cuarto puente estaba exhausto porque me perdí, muy común en mí, antes de llegar a él hice diez kilómetros en dirección contraria que tuve que desandar. Para llegar al hostal tenía que subir una loma con un gran desnivel que terminó por consumir las pocas fuerzas que me quedaban. Volvió la ansiedad y el ataque de pánico, dejé la bicicleta en la cuneta y me tiré a un lado de la carretera, entre unos matorrales intentando coger algo de aire. Un hombre del lugar pasó por allí en un ciclomotor bastante antiguo y se paró para ayudarme. Me preguntaba algo pero no lo entendía, él no hablaba ingles y yo no hablaba japonés así que empezó a gesticular y a hacer ruidos de lo que parecía una sirena, me hizo mucha gracia y los dos acabamos riéndonos juntos, eso quitó hierro al asunto y al poco se marchó y yo retomé la marcha al hostal. Llegué con ampollas en brazos y piernas por el calor.
Al dia siguiente el calor apretaba aun más al inicio de la jornada pero no dejaba de pedalear, los siguientes puentes ya formaban parte del camino y solo el esfuerzo físico para subir hasta ellos me mantenía en tensión. Subiendo la cuesta para llegar al sexto puente, en una de sus muchas curvas me crucé con una serpiente negra de un metro y medio de longitud, estaba agotado pero la adrenalina me hizo pedalear con más fuerzas y de milagro no pasé por encima de ella, seguí pedaleando espoleado por el miedo sin caer en cuenta que era una serpiente, no un guepardo.
El clima me dio un respiro y las nubes cubrieron el cielo y un fuerte viento a mi espalda dio brío a mi pedalear. Llegué al último puente, el más largo, el primer puente triple del mundo, de cuatro kilómetros. El viento rugía furioso entre sus cables de acero dando una banda sonora tétrica a mi final de viaje. Llegué a Imabari lanzado una vez cruzado el puente. Llegué a la estación, final del trayecto, llorando, riendo, furioso, con rabia, gritando, todo a la vez, nunca antes experimenté tantas emociones contradictorias. Dos días y ochenta kilómetros de pedaleo acabaron con dieciocho años de cautividad mental.
El miedo es algo que parece muy real que solo existe en nuestra mente. Solo los que sufren de alguna enfermedad mental saben a qué me refiero pero basta un paso para acabar con el miedo y quitarle su poder: ignorarlo.
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