La sanidad de Ceuta no está en crisis; eso sería hasta amable. Aquí no hablamos de una grieta, hablamos de un derrumbe bien conocido por quienes lo permiten. La sanidad pública de esta ciudad se cae a pedazos y, aun así, los responsables siguen paseándose por los pasillos como si nada, como si no supiéramos todos que lo que están haciendo es administrar el sufrimiento ajeno con la misma frialdad con la que se firma un contrato.
En Ceuta han convertido la salud en un experimento silencioso: ¿hasta dónde puede aguantar un pueblo sin especialistas?, ¿cuánto puede soportar un sistema saturado?, ¿cuántos servicios públicos puedes entregar a la privada sin que la gente pierda la paciencia? Y parece que alguien, desde algún despacho remoto, está entreteniéndose en estirar el límite para ver cuándo estalla.
INGESA actúa como si la ciudad fuera un pie de página en un informe. Una nota marginal. Un territorio problemático que no merece planificación, solo parches, comunicados optimistas y contratos menores que se aplican como si fueran “soluciones modernas”. La versión oficial es siempre la misma: que las listas de espera mejoran, que las externalizaciones son temporales, que lo importante es “garantizar el servicio”. Pero la realidad en los centros de salud, en el hospital y en las casas de esta ciudad cuenta otra historia: la historia de un abandono calculado.
Externalizar se ha convertido en la respuesta automática. Falta un endocrino porque INGESA dejó marchar al que teníamos, y la solución no es traer otro: es pagar a una clínica privada. Falta logopedia: privada. Falta psiquiatría: privada también, incluso para niños que deberían estar atendidos por un sistema público sólido, no por contratos improvisados. Cualquier cosa que se pueda derivar, se deriva. Y lo peor es que se intenta vestir de modernidad lo que en realidad es una renuncia. Una derrota aceptada. Una privatización a trozos.
Porque no hace falta vender el hospital para privatizar la sanidad. Basta con dejar que lo público se desgaste, se desangre, se ahogue en la falta de personal, en la burocracia y en la indiferencia. Cuando la gente ya no tiene otra opción que ir a lo privado, la privatización ya está hecha. Y en Ceuta ya estamos ahí: todos conocemos a alguien que ha tenido que pagar de su bolsillo un informe, una prueba, una consulta, porque el sistema público no llegaba. En una ciudad con tanta vulnerabilidad, eso es una injusticia gigantesca. Y también es una decisión política.
Aquí, mientras tanto, seguimos observando la guerra absurda entre INGESA y el Gobierno local. Uno se dedica a presumir de equipamiento; el otro a lamentar la falta de especialistas; y ninguno mueve un dedo lo suficiente como para revertir una decadencia que ya se huele, que ya se palpa, que ya está afectando a miles de personas. Y ahí estamos nosotros, atrapados entre sus discursos, intentando sobrevivir a una sanidad que parece diseñada para fracasar.
Los profesionales están reventados. Atendiendo a decenas de pacientes al día. Sacando fuerzas de donde no quedan. Haciendo malabares para no dejar caer un sistema que ya cayó hace tiempo, aunque los de arriba lo nieguen. Ellos son los que pagan el precio más alto. Y lo pagan con salud, con agotamiento, con frustración. Y aun así, cada vez que INGESA saca pecho, lo hace como si todo fuera mérito suyo. Como si no hubiera pasillos llenos, listas interminables y gente esperando diagnósticos que deberían llegar mucho antes.
Lo grave no es que la sanidad esté mal. Lo grave es que la han dejado caer. Que la falta de especialistas no es un accidente, sino una consecuencia directa de políticas torpes, de desinterés hacia Ceuta, de una gestión que ya no engaña ni al más ingenuo. Y que cada externalización, cada contrato rápido, cada servicio privatizado no es un parche técnico sino un paso más hacia un modelo donde lo público queda reducido a esqueleto.
Pero Ceuta empieza a despertarse. La gente vuelve a salir a la calle. Los profesionales vuelven a plantar cara. Las plataformas ciudadanas recuperan la voz que intentaron silenciar con comunicados vacíos. La indignación ya no es un susurro: es un rugido. Uno que está creciendo. Uno que no van a poder apagar con otra nota de prensa celebrando lo que no existe.
Y aquí está la verdad sin maquillaje: la sanidad de Ceuta no se cayó sola. La han derribado. La han ido desmontando pieza a pieza. Lo han hecho durante años, amparados en la distancia, en la desinformación, en la pasividad, en la idea de que Ceuta siempre aguanta un poco más. Pero esta ciudad no es infinita. Y su paciencia tampoco.
O defendemos ahora lo que queda de la sanidad pública, o mañana solo nos quedará recordar que un día tuvimos un sistema que pertenecía al pueblo y que lo dejamos morir por no gritar lo suficiente.
Y esta vez, hermano, Ceuta va a gritar. Porque ya no hay marcha atrás. Porque nos han quitado demasiado. Porque toca defender lo que nos queda con uñas, con alma y con verdad.
PLATAFORMA TODOS POR UNA SANIDAD DIGNA.





