La ONU en el año 2015, viendo que, desde la crisis inmobiliaria del 2007, el mundo se dirigía hacia una desigualdad incontrolable, se firmó la Agenda 2030. Esta propuesta suma un conjunto de medidas socioeconómicas que intenta contrarrestar las políticas de recortes que utilizaban los países de occidente para salir de la crisis del 2007 ya que no daban con la tecla para revertir la situación de desigualdad global.
La agenda es interesante puesto que ya no sitúan la erradicación de la pobreza como única gran meta de la ONU sino que la reducción de la desigualdad se coloca, también, como uno de los ejes centrales de los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS) junto al cambio climático. Asimismo, para la reducción de la desigualdad (meta 10 de los ODS) proponen varias medidas pero en relación con el comercio internacional establece: “Aplicar el principio del trato especial y diferenciado para los países en desarrollo, en particular los países menos adelantados, de conformidad con los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio”.
Sinceramente, es una medida espectacular puesto que, si hubieran logrado aplicar, la desigualdad global se hubiera reducido drásticamente. Pero el tiempo paso y a menos de un lustro para el cumplimiento de la Agenda 2030 la desigualdad sigue creciendo de manera alarmante y hacía un horizonte, totalmente, desconocido.
Hay que ser tan optimista, que un país, con sus empresas multinacionales, va a ceder poder de negociación para repartir más equitativamente los beneficios que genera el comercio internacional. No sólo no ha sido así sino que como muestra Oxfam Intermon, en su último informe: “El saqueo continúa: Pobreza y desigualdad extrema, la herencia del colonialismo”, cada vez hay más millonarios; y los recursos no cesan de concentrarse con el desenlace final de una espiral oligárquica donde las oportunidades socioeconómicas quedan reducidas para un grupo, exclusivo, de personas.
Este último ejemplo de los ODS relacionado con el comercio internacional se puede, perfectamente, extrapolar, a la intentona de Barack Obama en implementar la sanidad universal en los EEUU. Gran parte de la sociedad norteamericana esperaban que Obama impulsara un modelo de salud público universal, similar a los sistemas de Europas. Entre sus principales demandas eran un seguro médico público para todos los ciudadanos (conocido como Medicare for all), eliminando la necesidad de seguros privados. Finalmente, amplio el acceso a seguros privados con subsidios para quien no podían pagar debido a la presión de las altas esferas empresariales. De esta manera, no puedo crear el ansiado sistema de salud público universal y, con ello, no garantizaba la cobertura universal dejando a millones de personas fuera del derecho fundamental (especialmente en Estados que no expandió tal servicio).
Esto es una muestra, que en un mundo globalizado, las instituciones nacionales por muy inclusivas que sean sin el respaldo de unas organizaciones internacionales, también inclusivas, que regularicen tanto las oligarquías como las acciones de las altas compañías de poco servirá acometer políticas para la reducción de la desigualdad.
Se habla de tecno capitalismo, tecno feudalismo; neo feudalismo y yo no lo creo. Simplemente, la historia se repite pero con otras dinámicas, y otros contextos. Eso sí, la concentración de la riqueza no deja de conquistar décadas.
En todo caso, interpreto un “oligarquilismo” ya que en el feudalismo el poder lo asumía la iglesia y la nobleza pero hoy la gran mayoría de recursos lo apoderan un número reducido de empresas que son realmente los que toman las decisiones. Estas firmas, por un lado, son las propietarias de la mayoría de elementos que ocupan la cesta de la compra (energía, servicios financieros, alimentación, transporte, y vivienda, entre otros) y, además, del sector tecnológico, cruciales para las interacciones de la sociedad actual. Por otro lado, tenemos que ser consciente, que existen empresas que facturan más dólares que muchos PIB nacionales, con todo lo que eso significa a la hora de negociar, por ejemplo, tratados comerciales internacionales (TTIP, CETA, NAFTA, entre otros). Cada cuál que se lean esos tratados y vean sus consecuencias. Todo lo anterior, bajo la permisividad de las instituciones internacionales.
De ahí, que se identifique una oligarquía en la cima de la pirámide social. Posteriormente bajamos al sector político que ceden ante los intereses de la clase oligárquica. Acompañado, por una iglesia que, siempre, prioriza estar al lado del poder en vez de proteger con los desamparados. Y, finalmente, la base de la jerarquía dibujada por los “desiguales”.
Es importante, puntualizar que no existen pobres si no desiguales. Asimismo, el hombre, invadiendo y expoliando recursos, a los territorios mediantes la guerra dejaba a sus sociedades huérfanas y sin nada con las que alimentarse. De ahí, que los conquistadores les diera las sobras y, con ello, inventó la limosna y la figura de la pobreza. Así, año tras año la pobreza se ha naturalizado hasta tal punto que nos creemos que el pobre es pobre porque quiere serlo y, con ello, aparece la aporofobia.
Por ello, la pobreza es la cara extrema de la desigualdad y está puede de tal nivel que puede llegar, incluso, a no poder satisfacer tus necesidades más básicas como ocurre en regiones africanas con los tristes episodios de hambruna. Hay que combatir la batalla cultural de la pobreza ya que convivimos con diferentes niveles de desigualdades que van en función de las oportunidades socioeconómicas que nos permite la oligarquía. Así, los poseedores de los recursos forman una oscura red oligárquica que orquesta nuestras limitadas oportunidades que, por supuesto, las instituciones internacionales lo permiten convirtiéndose en cómplices del sistema.
Para terminar, el fascismo no empezó en los campos de concentración en Auschwitz ya que tuvo su prólogo de crisis económicas (crack del 29); guerras como las revoluciones rusas; y desigualdades extremas en países como Alemania, durante el periodo de entreguerras debido a las lamentables condiciones firma de la paz (Tratado de Versalles), que dejaron a la población devastadas de oportunidades. A partir, de tales acontecimientos surge la aparición del nacismo personificado en Adolf Hitler, entre otros, y, a partir de ahí, conocemos lo que sucedió.
Hoy, el mundo mantiene un caldo de cultivo de sorprendente parecido caracterizado por las crisis económicas y de las democracias liberales, ascenso de los fascismos, auge de mentalidades retrógradas, deportaciones migratorios masivas en situaciones lamentables, y con jefes de estados mesiánicos que lanzan mensajes como “Dios me salvó para hacer grande América”. Lo aventurado de estas afirmaciones es cuando parte de la sociedad lo acepta y se lo creen. Entonces, los líderes lo acatan como mandato divino y les sirve para justificar cualquier acto.
Antes de ayer era “en nombre de Dios” y ayer fue “en nombre del progreso”; frases que justificaban todo tipo de atrocidades hacía la humanidad. Sin embargo, hoy, en nombre de la libertad, con instituciones internacionales mirando para otro lado y claudicando ante la oligarquía, autorizan una desigualdad global que promete un futuro con colores de trinchera.
La condena del hombre es subestimar, contantemente, la historia. Y sin unas instituciones socioeconómicas internacionales inclusivas, siempre, seremos reo de caer en la misma piedra.
Con desigualdad jamás habrá paz. Y al no reducirla, el saludo nazi ya viste nuestras calles y el uniforme militar ya decoran los armarios de nuestras casas.
X la revolución de los desiguales…






