Tras cinco décadas desde el ocaso del franquismo y casi cuatro, con una dictadura amedrantada con sus claros y oscuros por las zarpas de la censura, más la persecución política, las desapariciones forzadas, la contención cultural y lingüística, el exilio demoledor y la aniquilación metódica de la oposición, además de la rémora de la soledad del orden dictatorial a nivel global, agigantaron las desafecciones de inferioridad y susceptibilidad de España hacia el exterior, estrangulando al régimen a contraer una política indecisa, sin un deseo manifiesto más allá de su supervivencia.
Pero sobre todo, los destellos de la dictadura por amansar una trayectoria uniforme de España y apear a sus contendientes, congestionaron el dibujo de una política exterior de Estado, ante la composición de reproducir intereses compartidos y adornar en la medida de lo posible un analogía nacional común.
Lo cierto es que desde la extinción de la Segunda Guerra Mundial (1-IX-1939/2-IX-1945) cinco eran las líneas generales de actuación sobre la política exterior. O séase, el esfuerzo de aproximación a los Estados Unidos de América satisfecho en 1953 con los pactos formales; vínculos cercanos con la Santa Sede rematados con la rúbrica del Concordato; vigorización del Pacto Ibérico dispuesto con Portugal; consolidación e intensificación de los lazos con los pueblos iberoamericanos y, por último, inicio y potenciación de las relaciones con los estados árabes que irrumpían tras largos períodos de declive o incluso ausencia, y que en este intervalo puntual se mostraban como productores de petróleo influyentes y ansiosos por adquirir géneros hispanos.
Dicho esto, España que venía haciendo encaje de bolillos en el acercamiento a los estados árabes emergentes con señalada notoriedad, en los umbrales de los cincuenta los contactos eran permisivos para la amplia mayoría. Por supuesto, el fin de los imperios europeos y apuntando a la autodeterminación de los pueblos de Oriente Medio y África, no predecía problemas aislados. Si bien, concurría un riesgo importante.
Me refiero a la independencia irremisible de Marruecos y la sospecha que el Protectorado se desbaratara desbocadamente e influyera categóricamente a otras posesiones como Ifni y el Sáhara. Y es que Francisco Franco Bahamondes (1892-1975) tenía su criterio de cómo habría de resolverse la descolonización de los protectorados francés y español. Circunstancia a la que no sólo no rechazaba, sino que estaba de acuerdo.
En otras palabras: a juicio de Franco, esta causa y consecuente plasmación de un Marruecos independiente, debía alargarse algunos años en el tiempo en los que resultaba imperativo optimizar los procesos del área en cuanto a recursos técnicos y estabilidad social, imprescindibles para que al originarse la autonomía, el Marruecos que resultara no quedara bajo la servidumbre política y económica francesa y el contratiempo supeditado para los intereses españoles. Y conjuntamente, porque esta capacidad de tomar decisiones propias sin control externo, debía desencadenarse en tanto los nuevos representantes marroquíes reconocieran y acreditaran la españolidad de Ceuta y Melilla, continuamente puesta en tela de juicio.
Podría decirse, que africanista en su dilatado aprendizaje y experiencia militar, Franco era sabedor de los muchos inconvenientes y alicientes políticos del territorio norteño, así como de las peculiaridades del Imperio Jerifiano, ni confiaba en éstos como tampoco de los franceses. Por lo que entendía el entresijo de la independencia en todo momento controlada para defender los señuelos españoles, en un demarcación en la que tanto había en juego. Llámense, el cariz geoestratégico por el Estrecho de Gibraltar, el empaque económico y cómo no, la reputación de cara a la galería internacional.
“Franco, que no se oponía a conferir a Marruecos su independencia, no daba su brazo a torcer en que ésta se ultimara lo más cuidadosamente, tratando los compromisos pendientes y una coordinación ordenada con Francia”
Ya a principios de 1951, tras el viaje del Sultán Mohamed V (1909-1961) a la capital francesa, la diplomacia española estaba al corriente de que el país galo no se disponía a posibilitar la descolonización de su territorio, circulando habladurías enfiladas a la viabilidad de proyectar el resquicio de un golpe de fuerza contra Mohamed V. Lo que de originarse comprometería seriamente a España, hasta el punto de colocarla en una situación embarazosa ante las autoridades francas.
Y en paralelo, Francia no tardaría en presionar para que se redefiniera el estatuto internacional de Tánger, lo que indujo a un incremento de malestar general en la zona y el comienzo obligatorio de negociaciones entre los estados administradores de esta ciudad. O lo que es igual, París, Londres y Madrid. Entretanto, España emprendió un guion de aprobación de dosis parciales de autonomía al Jalifa de su Protectorado, Muley el Hassán ben el Mehdi (1911-1984), con el propósito de llevarse a su terreno a las altas esferas marroquíes, exhibiendo su empeño de avanzar de la mano hacia la previsible independencia.
En contraste, los franceses acorralaban al Sultán para que firmara diversos decretos en los que adoptaba una ampliación ambiciosa de la autoridad del residente francés, en perjuicio de las suyas y un reforzamiento de las prerrogativas de los colonos franceses. Obviamente, ajustada a la reducción de los naturales marroquíes. Y como es sabido, esta política desataría disturbios en Casablanca (7.8/XII/1952) en un clima de fuerte represión, con levantamientos violentos atribuidos fundamentalmente a activistas comunistas y nacionalistas contra la administración francesa.
Posteriormente, el 20/VIII/1953, Francia llevaba a término su plan forzando a Mohamed V a renunciar y recluirlo en Madagascar. En su lugar, ubicaron como Sultán títere a Mohamed ben Moulay Arafa (1886-1976), que adoptó el nombre de Mohamed VI, ocasionando un ramalazo de agitación que reportó a los notables seguidores al Sultán a guarecerse en el Protectorado español.
En este entorno al filo de lo imprevisible, el Alto Comisario en Marruecos, Rafael García-Valiño y Marcén (1898-1972), sugería al Jefe de Estado apostarse a favor del Sultán y respaldar las afinidades marroquíes como modo no ya sólo de hacer justicia, sino de sugestionar a la urbe marroquí. A pesar de todo, la empedernida e inconcebible artimaña gala tensó la cuerda en el seno del Gobierno.
A primera vista, García-Valiño apremiaba al ministro de Asuntos Exteriores, Alberto Martín-Artajo Álvarez (1905-1979), a oponerse tajantemente y hacer visible su enojo ante los ojos de París, lo que aflojaría las riendas para truncar al Jalifa de la zona española distinguir al nuevo Sultán. A su vez, el Alto Comisario denotaba su enfado porque los cónsules en el área francesa procedían como si España lo hubiera contemplado como nueva máxima autoridad marroquí.
Ante las diversas confidencias e informaciones discordantes afloradas, Martín-Artajo puso en tela de juicio cuál habría de ser la actitud española y no se demoró en remitir al Generalísimo un apunte comunicándole que había contestado a García-Valiño indicándole literalmente que “…un reconocimiento formal, jurídico, por parte del Gobierno español, no es procedente… (pero que) un acatamiento (del nuevo Sultán) por parte del Jalifa, con algún acto de pleitesía… no era de su incumbencia decidir si procede…”. Indiscutiblemente, Franco admitía la nota de Martín-Artajo.
De este modo, España no contempló el reconocimiento del nuevo Sultán y para nada imposibilitó al Jalifa proporcionarle la debida reverencia. Evidentemente, desde este momento García-Valiño no se contendría en su afán por inducir desde los canales e instrumentos posibles del Protectorado una campaña antifrancesa de acoso y derribo que el Gobierno no depuso.

En los preámbulos de 1954, el posicionamiento del Estado español sobre esta materia era recapitulada por Franco en un apartado bajo el distintivo “Hispánicus” y que dio a conocer de puño y letra en tres convicciones calculadoras.
Primero, España corroboraba la independencia de Marruecos y por si casualmente rondase alguna objeción de cara al exterior, así procedía; segundo, la jerarquía del Jalifa, por ser apoderada del Sultán, no se consideraba perjudicada por el relevo de éste; y, tercero, al relegar al Sultán, Francia incumplía los Acuerdos de 1912. Luego, la designación del nuevo Sultán quedaba desautorizada.
Como era de esperar, Francia tomó buena nota de lo aludido por Franco y el residente francés en Marruecos, Augustin Léon Guillaume (1894-1983), mostró su total desaprobación al cónsul español en Rabat, declarándole sin titubeos el desagrado de París, porque España prefiriese secundar un camino opuesto, siendo ineludible que ambas naciones prosiguiesen en el mismo para sortear las tensiones.
Mientras tanto, el cónsul José Felipe de Alcover y Sureda (1903-¿?) le replicó con dos argumentos irrebatibles. Por un lado, ni mucho menos era España la que había escogido este procedimiento, sino más bien Francia, que siempre se desenvolvió por iniciativa y de manera temeraria para asestarle sus ínfulas mediante hechos constatados. Y por otro, España concebía como preferencial que los intereses marroquíes imperaran sobre los estados protectores (Francia y España), porque a la postre se transitaba hacia la descolonización y resultante independencia.
De ahí, que no parecía razonado lo opuesto.
El caso es que Francia daba por frustrada su política de exigencias en Marruecos, entre otros temas, porque los adeptos del destituido Mohamed V, centralizados en el Partido Independentista Istiqlal, ocupaban más espacio y la impugnación extendida contra su sustituto, Mohamed VI, aumentaba y las actividades armadas contra los colonos franceses no se aplacaban. Al compás de lo anterior, París desbancaba al residente francés en Marruecos por Francois Lacoste, propenso al súbito reconocimiento de la independencia marroquí. Contingencia que colisionaba radicalmente con las previsiones enfocadas por Franco, que lo dilucidaba en unos cuantos años.
Equidistante a la trama desatada, la disposición en el Protectorado francés se quebraba ampliamente, inoculándose mansamente al español, pues a pesar del pronunciamiento en apoyo de Mohamed V, sus secuaces aunque la aplaudían y correspondían, preferían apretar en sus requerimientos, para que la independencia no se alargara en demasía, al igual que se interpelaba a los franceses.
Así, de la noche a la mañana, tanto Madrid como París, se vieron sobrepasados por el ímpetu y arrebato independentista. Contexto en el que se encontraba envuelta la sutileza de los activistas comunistas a merced del pulso soviético tomado en África, tanteando hacerse con el control de los estados alumbrados en el continente y en consonancia a su apresurada descolonización.
A la par, Luis Carrero Blanco (1904-1973), inmerso en la innovación del análisis y la información, facilitó a Franco un Informe en el que anticipaba y avanzaba perspicazmente que desde el Magreb Occidental hasta el Canal de Suez, en una extensión de tiempo insignificante surgirían países musulmanes remolcados por la perspectiva teórica del marxismo y latentemente contrapuestos a España. Lo que podría dar origen a verse asediado por la fuerza y violentado a defenderse en lo que llamaba ‘guerra chica’, para lo que inexcusablemente no quedaba otra que mantenerse en la connotación de estar ‘con las botas puestas’.
A decir verdad, aquella observación no iba mal enfocada, porque tanto en Ifni como el Sáhara se cumpliría lo augurado. Y sus variantes rematadas en el vértigo que contraían las verificaciones en los últimos suspiros de 1954, Franco revolucionó su enfoque, viendo desde entonces no ya sólo como irrevocable la presta independencia de Marruecos, sino igualmente que las conversaciones habrían de esquivar la amenaza de episodios virulentos y menos todavía, procedentes del choque armado. Llegando a la terminación, de que pese a la firmeza militar de los estados occidentales, poco o nada, se haría en la combinación de una lucha de guerrillas.
Muestra de ello es la Batalla de Diem Bien Phu (13-III/7-V/1954), que punteó el desenlace del poderío franco en Vietnam y el prólogo del intervencionismo estadounidense en esta región que obtendría idéntico alcance. Pero por encima de todo, Franco sabía de buena tinta que en caso de entreverse comprometida (España) en un conflicto bélico de traza colonial y en un universo abocado a la descolonización, no sólo no podría desenvolverse con ayuda internacional, sino que la sociedad española tampoco pasaba por su mejor momento para cargarse con otra guerra.
Llegados hasta aquí y por ser militarmente inalcanzable lograr un éxito rodado y no ajustarse con el restablecimiento avivado de España, cuyo arranque económico empezaba a ser incontestable, Franco optó por mentalizar paulatinamente a la nación y sobre todo, a los muchos africanistas pertinaces que servían entre los mandos militares de más renombre y los más consagrados, para afrontar la independencia del Protectorado marroquí.
Necesariamente, este Protectorado cuyo apaciguamiento tanto desvelo y derramamiento de sangre demandó y magnificencia confiriera a las Fuerzas Coloniales de España en Marruecos, pero que desde este santiamén, por mucho que punzase en el temple colectivo, habría de desmantelarse, lo que para algunos era un jarabe amargo difícil de digerir. No ha de soslayarse de esta exposición, que Franco avistaba en el horizonte un cambio de paradigma de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), cuyos administradores tras el fallecimiento de Iósif Stalin (1878-1953), ultimaban el plante a la práctica de lucha armada como modus operandi de esparcir el germen del comunismo en el Viejo Continente, por la permeabilidad en las parcelas de la sociedad, al objeto de sobornarlos y seducirlos desde el interior, lo que precisaba la preservación del status quo europeo y el infundado apoyo a una cercanía entre los dos bloques. Ni que decir tiene que el ofrecimiento ruso de la celebración de una Conferencia Internacional de Seguridad Europea ratificaba esta alineación.
En lo que atañe a España, incluso Moscú planteó la materialización de un encuentro a corto plazo en Suiza, con la voluntad de abrir algunos cauces de relación e intercambios comerciales en medios normalmente asépticos desde la vertiente política. Sin duda, sería en este escenario resbaladizo cuando la capital rusa consintió las acciones activas españolas, en favor de la puesta en libertad de los presos vinculados a la División Azul, y no menos en los ‘niños de guerra’. Aunque estos últimos fue viable en escasas oportunidades por la implicación de los gestores del Partido Comunista de España (PCE). Mayormente, Santiago Carrillo Solares (1915-2012), que imbuiría a las apoderados moscovitas de que su estancia en la URSS le seguía siendo beneficiosa como arma propagandística contra el régimen franquista.
En la otra imagen transitoria y acorde con la descolonización en Asia, Oriente y África, Moscú reubicaba la lucha armada que desechaba en Europa a los estados emergentes, porque en estos continentes volcaba sus intenciones en alcanzar progresos sustanciales y resueltos del comunismo. Con lo cual, aparejaría un alma colectiva de personas e innumerables recursos materiales, básicamente de materias primas que amplificarían su empuje.
“Africanista en su dilatado aprendizaje y experiencia militar, Franco era sabedor del cariz geoestratégico por el Estrecho de Gibraltar, el empaque económico y cómo no, la reputación de cara a la galería internacional”
Ya en los preludios de 1955, el marco en el Protectorado francés se descompuso, abrumando a su Gobierno a rehabilitar a Mohamed V y enclaustrar en Tánger al que fuera su sucesor. Ello, sin tratarlo ni informar lo más mínimo a España.
Esta coyuntura se interpretó por parte del Partido Independentista Istiqlal como una victoria sin paliativos, promoviendo diversos tumultos que urgieron a García-Valiño a cerrar de inmediato la divisoria entre ambos Protectorados para evitar la propagación de la violencia y poner en estado de alerta al conjunto de sus tropas.
Al mismo tiempo, esta operación solapada cogía con el paso cambiado a España, dejándola en una posición bastante incómoda. La recia condena diplomática de Martín-Artajo en París de nada valió, pues la minucia por la puerta trasera se había perpetrado. Asimismo, el retorno de Mohamed V dejaba al Jalifa de la zona española en el alambre, cuando éste en su momento había reverenciado a Mohamed VI.
Los imprevistos se precipitaron y García-Valiño notificaba a Franco que particularmente el entorno en el Protectorado, y generalmente en Marruecos, se hacían por instantes quebradizos. Toda vez, que todavía la amplia mayoría estaban del lado de los franceses, pero no a demorarse demasiado, porque en cuanto hubieran conseguido sus miras en el Protectorado galo, se volcarían de lleno contra el español.
Es por ello, que en valoración de la máxima autoridad española de la zona, España debía mostrarse conforme y hacer saber cuanto antes la independencia del Protectorado sin deliberar con Francia, como tampoco aguardar nada de ésta. Al igual, que como método de hacerse valer ante las futuribles autoridades marroquíes, para a fin de cuentas atraerlas.
Finalmente, Franco, aceptando las proposiciones lo necesitó para que conversara en persona con el Jalifa en Larache, difundiéndose a posteriori un documento formal en la que el Gobierno accedía a convenir el autogobierno en la región por sus representantes naturales. Curiosamente, existió una reunión con el residente francés, André Louis Dubois (1903-1998), quien falazmente le declaró a García-Valiño la determinación de intervenir para que se realizara de manera ordenada y en todo momento defendiendo los intereses de ambos estados.
A instancia de Dubois, durante los meses preliminares García-Valiño acordó hacinar en Alhucemas y las Islas Chafarinas a los refugiados marroquíes prófugos del sector francés a la zona española. Proceder que suscitó malestar y poco más o menos, que una revuelta en toda regla, predisponiendo al Alto Comisario a atajarla cuanto antes.
Remontándonos al 13/I/1956, el Consejo de Ministros resolvía que España daría el visto bueno a la independencia de Marruecos en cuanto lo pidiera Mohamed V. Para ello, habrían de cristalizarse las negociaciones para lograr el reconocimiento y las garantías para el acontecer de los derechos e intereses españoles que permanecerían en el territorio. Al unísono, el Generalísimo de los Ejércitos y Jefe de Estado en una nota a García-Valiño, exponía sus recelos de que Francia operara de modo deshonesto, hiciera trampa o aplicara tácticas sucias y de que el Sultán, instado por París, prefiriera agenciarse la independencia de la zona francesa sin contar con la española.
Quince días más tarde, el Gobierno de España promulgaba un Decreto-Ley por el que se facultaba a García-Valiño a reestructurar el andamiaje administrativo del Protectorado, a fin de configurarlo para la independencia de Marruecos.
Sin prisas, pero tampoco sin pausa, el Jalifa de la zona española fue citado por Mohamed V para que compareciera en Rabat y le pusiera al corriente sobre la forma de realización de la independencia. Y como era de suponer, el Jalifa se asesoró con Franco, quien antes le refirió que acudiese a la visita, pero dejando atado que España no contemplaba el momento pertinente, porque ignoraba los acuerdos entre el Sultán y París para la independencia de la zona franca. Al igual que militaba el aspaviento de que una vez proclamada la misma, el Marruecos despuntado quedara bajo su influjo.
Ciertamente, Franco que no se oponía a conferir a Marruecos su independencia, no daba su brazo a torcer en que ésta se ultimara lo más cuidadosamente con los procuradores marroquíes, tratando los compromisos pendientes y una coordinación ordenada con Francia.
Pero en el ojo del huracán el Ministerio de Asuntos Exteriores disponía de antecedentes más que irrefutables de que a pesar de las señales dadas por Dubois, Francia percutía con un trazado sutil para dar luz verde a la independencia de su Protectorado, comportando moverse prescindiendo de España, anteponiéndose a ella y entretejiendo con el Sultán términos que le dejarían inmune en su grado de proyección y control. Al menos, a largo plazo le cubría sus expectativas, a lo que ahora ostentaba siendo potencia protectora, sólo que desde este momento desdoblados a la zona española, que al declararse de facto independiente, no le quedaría otra que hacer lo mismo en realidades impuestas y dejando a España desguarnecida del correspondiente reconocimiento de sus derechos.
Lo tramado con astucia resultaría el 2/III/1956, sin previa comunicación y de modo unilateral, Francia entregaba en bandeja y depuraba la independencia de Marruecos. O lo que es igual: sin hacer distinciones entre su zona y la española. Y como colofón, cuatro días más tarde, Mohamed V se recreaba en persona con todo tipo de exaltaciones, apareciendo triunfalmente en la capital del nuevo Marruecos: Rabat.
Consiguientemente, era más que ostensible que a estas alturas del lugar, España no acariciaba una mínima rendija de opciones, ni fuerzas, como tampoco habría de obsesionarse y aguantar su desparpajo en Marruecos mediante el único medio inconfundible: la fuerza. Lo que quizás entrañaría un conflicto bélico ilógico. Además de ser objetada por la Comunidad Internacional, que le hubiera englobado la indisposición de los estados árabes.
En conclusión, la cuestión fulminante en la que España se encaminó a conceder la independencia a Marruecos, no residía tanto en ella misma, sino en los ecos en cascada sobre el resto de los espacios africanos que conservaba, viéndose colindados y cercados por Marruecos, sin que sus derechos los explorase Mohamed V.







Los hechos son más sencillos: Al residente francés, se le levantaron en infinidad de ocasiones las kábilas más belicosas de su protectorado, tras la 2ª guerra mundial y Diem Bien Phu (ayudadas por los rifeños y con mirada hacia otro lado de García Valiño).
Antes de su deportación, Mohamed V ya había pedido en Tánger, sobre su blanco caballo, la independencia, pero quizás lo que más influyó fue el nombramiento de su pariente Ben Arafa y su visir, El Glowi.
Le pilló de sorpresa el 2 de marzo y la petición de Mohamed de una reunión en Madrid (de la que no podía salir otra cosa que la independencia de jure de la zona de protectorado español) donde incluso quedó nombrado embajador en Rabat uno de los más beligerantes tetuaníes: Abdelhaleh Torres.
Podíamos meter también en el ajo al teniente general Missián, que se fue con su sueldo de aquí para siempre, y allí, como no, otro similar...