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"Solo pido un techo para mis hijos": la angustia de una familia de Arcos Quebrados ante el derribo de su vivienda

Ikram Mohamed y Ahmed Merroun llevan nueve años viviendo en una casa que será demolida el próximo 7 de julio | Con tres hijos menores, aseguran que no se oponen al derribo, pero reclaman una alternativa para no acabar en la calle

“Este hogar es toda mi vida”. Con esa frase, pronunciada entre lágrimas, una vecina de Ceuta, Ikram Mohamed, de 46 años, resume el drama que vive junto a su marido, Ahmed Merroun, de 49 años, y sus tres hijos menores: Baraa, de 11 añosAhmed, de 9, y Hallar, de 6.

El próximo 7 de julio, la vivienda en la que han vivido durante los últimos nueve años, en la barriada de Arcos Quebrados, será demolida por orden judicial. Ellos aseguran que no se niegan a abandonar la casa. Lo único que piden es una alternativa para no quedarse en la calle.

Sentada en el pequeño salón de la vivienda que pronto desaparecerá, Ikram habla con la serenidad de quien ya ha llorado demasiado. Cada rincón de esta casa guarda una historia de esfuerzo, de sacrificio y de una lucha constante por sacar adelante a su familia. 

“Vosotros no sabéis lo que yo he sufrido para levantar esta casa”, dice mientras recuerda los años en los que su marido trabajaba en la frontera y ella limpiaba casas para reunir el dinero suficiente.

Su historia comenzó mucho antes de llegar a Arcos Quebrados. Se casaron en 1997 y durante veinte años convivieron solos en Marruecos, viviendo de alquiler y soñando con formar una familia. Pero ese sueño parecía imposible después de que, tras varios tratamientos médicos, le comunicaran que sufría una afección que le impedía quedarse embarazada de forma natural.

Una maternidad que llegó cuando ya había perdido la esperanza

Ikram recuerda perfectamente el día en que decidió dejar atrás los tratamientos. “Ya no voy a pensar más en los hijos. Lo que Dios quiera, pasará”, se dijo después de salir llorando de una consulta médica convencida de que jamás sería madre. Había roto incluso toda la documentación médica. Había perdido la esperanza.

Sin embargo, apenas un año después ocurrió lo que todavía hoy considera un milagro. Un fuerte dolor abdominal la llevó a Urgencias.

Allí, un médico le planteó una posibilidad que ella rechazó de inmediato: “¿Y si estás embarazada?”. “Eso es imposible”, respondió. Minutos después, la prueba confirmó lo inesperado. “Cuando me dijeron que era positivo, no me lo creía. Solo lloraba”, recuerda emocionada. Así nació Baraa, la primera de sus tres hijos.

La llegada de la pequeña cambió por completo sus vidas. Ya no podían seguir viviendo entre Marruecos y Ceuta con las largas colas fronterizas de aquella época. Buscaron una vivienda de alquiler, pero sin un contrato de trabajo estable nadie estaba dispuesto a alquilarles una casa. Durante un tiempo vivieron acogidos por una vecina de Arcos Quebrados, hasta que esta necesitó recuperar su vivienda.

Una casa levantada con préstamos y mucho esfuerzo

Fue entonces cuando decidieron construir su propia casa. Ikram explica que un vecino le propuso levantar una vivienda en un terreno donde otras familias también habían construido. “Yo tenía muchísimo miedo, pero veía que todo el mundo lo hacía”, recuerda.

Cada bloque colocado tiene detrás horas de trabajo y muchas deudas. Mientras Ahmed cruzaba cada día la frontera para trabajar y ella limpiaba casas, familiares, amigos y vecinos les prestaban dinero para poder terminar la vivienda. “Todavía hoy sigo devolviendo ese dinero poco a poco”, asegura. Ni siquiera pudieron terminar el suelo de la casa porque los recursos nunca fueron suficientes.

La tranquilidad terminó cuando recibió una carta del juzgado notificando la demolición. En un primer momento pensó que se trataba de un error, ya que en la resolución aparecía el nombre de otra persona.

Sin embargo, al acudir al juzgado descubrió que la vivienda afectada era la suya. “Le dije al juez que sí entendía la situación, pero también le pregunté: ¿Dónde voy con mis hijos?”.

"Mis hijos dicen que prefieren morir aquí antes que quedarse en la calle"

Lo más duro ha sido explicarles a sus hijos que perderán el único hogar que conocen. Ikram rompe a llorar cuando recuerda sus palabras. “Mamá, nosotros no nos vamos. Que tiren la casa y morimos aquí. ¿Dónde vamos a ir?”, le repiten constantemente los pequeños.

Ella intenta mantener la calma delante de ellos, aunque reconoce que apenas puede dormir. “No como, no descanso. Creo que cuando lleguen para derribar la casa se me va a parar el corazón”, confiesa. Su mayor miedo no es perder las cuatro paredes que tanto les costó levantar, sino ver a sus hijos sin un techo donde dormir.

“No estoy diciendo que no la derriben”, insiste una y otra vez. “Si tienen que hacerlo, que lo hagan. Solo pido una solución. Una casa que pueda pagar con mi trabajo. Yo no quiero nada regalado”.

Una ayuda que no termina de llegar

Ikram asegura que ha acudido a los Servicios Sociales, donde le ofrecieron hacerse cargo del primer mes de alquiler si encontraba una vivienda. Pero el problema sigue siendo el mismo: nadie quiere alquilarle una casa sin un empadronamiento estable y con un salario que cambia cada mes. Trabaja como limpiadora, pero sus ingresos son variables y eso dificulta todavía más cualquier contrato.

A ello se suma otra preocupación. Sin una vivienda será prácticamente imposible mantener el empadronamiento, un documento imprescindible para escolarizar a sus hijos, acceder a determinados trámites administrativos o mantener actualizada su situación sanitaria. “Todo depende del padrón. ¿Cómo voy a hacerlo si estoy en la calle?”, se pregunta.

Mientras tanto, la familia continúa esperando una respuesta. Ikram asegura que lleva inscrita en Emvicesa desde 1997 y que, pese a haber participado en varias adjudicaciones de viviendas, nunca ha sido seleccionada. “Solo quiero una oportunidad para empezar otra vez”, dice.

Una petición sencilla

A pocos días de la demolición, la vivienda sigue llena de juguetes, mochilas escolares y recuerdos familiares. Los niños pasan el verano sin vacaciones. Su padre los lleva algunas tardes a la playa porque no pueden permitirse nada más. “Nunca hemos podido llevarlos a un parque de atracciones ni de viaje. Todo el dinero ha sido para sacar adelante esta casa y pagar las deudas”, explica la madre.

Ahora, todo ese esfuerzo puede desaparecer en cuestión de horas. La familia no reclama privilegios ni pide que se paralice la demolición. Su única petición es encontrar un techo donde seguir viviendo juntos.

Que me ayuden. Que me den una casa que pueda pagar. Solo quiero que mis hijos no se queden en la calle”, concluye Ikram, aferrándose a la esperanza de que alguien escuche su llamada antes de que las máquinas derriben el lugar al que llama hogar.

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