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Pico y pala

Por Ana Isabel Espinosa
10/10/2020 - 04:00
Trump

EFE


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Que Trump esté jugando a los soldaditos no hace que la ciudad dormida sea otra cosa que Bagdad en “las mil y una noches”. Por mucho que nos afanemos el reloj nunca da las horas hacia atrás, porque en esta sociedad nuestra donde las citas a ciegas se saldan en el primer vistazo a los cuerpos, los que adobamos la cincuentena estamos de capa raída y cara descompuesta. Nuestros hijos nos desvelan, la espalda nos mata y las cuentas mentales no cuadran desde aquella época en que Felipe González enamoraba a todas.

El tiempo es un cabronazo, que se lo digan si no a María Teresa Campos que se ve abocada en su culminación vital a pasear por los interneses como vulgar influencer. Y es que nacemos para oxidarnos sobre nuestros esqueletos, para que lo que conseguimos en esta vida temporal- de tregua- se mustie y todo lo que somos no sea sino polvo que otros pisarán para desgracia nuestra. Esto era muy obvio en el XVI, pero ahora con tanto brilli-brilli se nos ha olvidado. Nos creemos inmortales porque las películas se remasterizan, los temas son eternos y el gimnasio de la esquina huele a malvas y rosas pisoteadas.

Los cuerpos ancestrales de cazadores y recolectoras se nos han avezado, rebelado y puesto en guardia porque la soga se acerca, el reloj es imparable y todo nuestro” yo” se torna en “fue”.

Los cincuenta no son los cuarenta, ni los treinta. Tampoco los 70 de Mainat o los ochenta del Papa. No somos más que ovejas descarriadas que una vez tuvimos un pastor que nos amó más que a sí mismo, pero a los que el pico y la pala se les clavó en la espina dorsal por vía anal.

No hay como ver una programación estelar para darnos cuenta de que perdimos en la espera. No nos hicimos viejos, sino seniles, y ahora andamos dando tumbos, soñando con la jubilación, el chalecito de los fines de semana o el pisito de vacaciones ahora reconvertido en el piso familiar porque nos hemos fugado de la gran urbe, puesto a los niños en reubicación para librarnos del covid como si fuera la peste bubónica.

Pero el esqueleto nos acompaña, los complejos, la mala baba, los vecinos incorrectos y el jefe explotador que la línea óptica no tiene horario y nos tiene todo el día enganchados a ella.

Somos peones de muchas reinas muertas, adictos a una vida buena que se nos dio a probar para dejarnos con el cebo en la boca y los tertulianos jugando al bádminton con nuestra cabeza. No somos más que horno de leña que ahora contamina porque las solares son el nuevo filón de las multinacionales como ayer lo fueron los zapatos gorilas, los colegios de pago o las órdenes religiosas.

Panderetas y conectores que no uso porque me conecto sola a mis cadenas, que para eso mis cincuenta crujen solos mientras la ciudad despierta. Mientras los residentes novatos se creen en el paraíso terrenal porque ahora no pagaran calefacción y el piso de las vacaciones estivales no les ha chivado este mutismo pueblerino donde la cultura son palmas de sábado noche a las cinco de la mañana, con delincuencia soterrada, vecinos enquistados y mucha mala leche. No nos vamos a ninguna parte. Conectores uterinos, tontos perdidos. No podemos separarnos de nuestra placenta porque moriríamos sin nuestra esencia y la mía es voraz, destructiva y alevosa. Como la de cualquiera. Como la de cualquier cincuentona que se precie, toda reina del tablero ayer, toda María Teresa Campos mañana. La ciudad anda dormida entre cierres de tiendas que quizás ya nunca se abran y tapiados de ventanas de pisos de veraneo, entre asiáticos durmiendo tapados por la esperanza en una mejor vida lejos de sus placentas. Hay que tener los ovarios soterrados para picar en el tiempo, dándole pala a las horas cercenadas que te atormentan.

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