Belen Esteban decía que mataba por su hija, pero John Wick lo hacía por su perro. Los hijos duelen, los perros sanan. Somos de manada, pero ya no nos tragamos unos a otros. Es curioso porque la crisis de la vivienda, no se fija en la cantidad de ancianos que están solos, o en los que son desalojados -en silencio cómplice- por sus propios allegados para vender ese piso que fue la génesis de la unidad familiar.
Si han sufrido la desgracia de tener que alojar a uno de sus mayores en un geriátrico, habrán visto de todo. No seguramente como los trabajadores de esos centros, pero algo. Los mayores se nos devalúan como la arena de la playa; Se nos escurren de las manos, olvidándolos entre obligaciones, trabajos, citas y vida que nos apremia. Se nos borra de la memoria que fueran tan importantes que llorábamos por su ausencia o que velábamos para que no nos faltasen, porque eran nuestros ídolos y nuestras guías emocionales.
Ahora los hijos no se nos van de casa porque no pueden, no porque no quieran. Antes los abuelos eran magnificentes, centro de una unidad familiar donde se les valoraba y aportaban. Pero si el amor ha cambiado al tener plazo de caducidad, las amistades son de conveniencia y la ambición destaca por donde mires, qué podríamos esperar de la ancianidad que nos espera a esta generación del Baby Boom tan masificada.
No habrá geriátrico tan grande que acoja nuestras historias, nunca bien acabadas porque el que se jubile bien, pero el que no lo haga ahora, puede que trabaje hasta los sesenta, créanme, al ritmo que va la vida y lo poco que se reproducen los que nos tienen que pagar las pensiones, trabajando ellos como hicimos nosotros con los que nos precedieron.
Estos jóvenes que criamos a nuestros pechos de silicona, con biberones que nos decían que nos daban más libertad e igualdad, porque no se nos olvide que los de mi generación íbamos a la vanguardia de europeizarnos, liberarnos, mirar hacia arriba y dejar atrás todo lo que tuviera que ver con la ranciedad, el apego y la infraestructura que habían acaudalado los que nos precedieron.
Esos que nos dieron la vida y que aguantaron lo indecible bajo la garra férrea de la dictadura. Y no, no hablo de gente en cárceles, ni represaliados, sino de gente temerosa, asustada y con el síndrome de Estocolmo que les hacía creer que todo lo que vivían era mejor que otra guerra, otra hambruna, otras matanzas o la incertidumbre de no saber si acabarías el día vivo o muerto.
No hay nada peor que eso, excepto la muerte, la desaparición, los asesinatos y las represalias. Nada peor que morir a palos como la perra de John Wick. Nada peor que envejecer solo y sin nadie a quien le importes, o mucho peor, con gente que te lleva y te trae como si fueras invisible, devaluado y molesto.
Belen Esteban mataba por su hija, la alimentaba a gritos, gritaba en plato para darle de comer y mantenerla y la ha llevado a los mejores colegios para que no tenga que gritar como ella, ni vender exclusivas de su vida. Nunca fue para mi modelo de nada, ni la he defendido, ni siquiera me cae bien, pero sabe cuidar a los suyos. A su manada.
También John Wick, a su modo peliculero, porque los perros dan la vida por ti, sin pedirte nada. Qué menos que vengar su muerte, aunque sea con afán mercantilista y de royalties.






