Categorías: Opinión

Pepe Torrado y su puerto

Desde muy niño, el puerto ha sido siempre una de mis pasiones. Nacido y criado en la Marina, anidan en mi memoria frescas imágenes de oscuros cargueros con sus chimeneas altas, delgadas y negras; las de bravos e intrépidos faluchos, ’traiñas’ y ‘vacas’; enormes trasatlánticos de orondas y níveas siluetas; buques de guerra con su atalaya de cañones; enormes petroleros como el ‘Ceuta’, que por sus dimensiones no pudo entrar en el puerto; de mi primer barco, ‘La Paloma’, el romántico vapor que nos unía con Algeciras; del muelle ‘Alfau’ y sus ‘montañas’ de carbón; y hasta de algún hidroavión en el interior de la dársena.
Ha pasado más de medio siglo de aquello, pero sigo fiel a mi vieja costumbre de recrearme con el movimiento portuario. Hará unos quince años, advertí que el busto de su fundador, José Rosende, había desaparecido de su ubicación en lo que hoy es el antiguo muelle deportivo, por llamarlo de alguna manera. Aquello era algo imperdonable por lo que, además de dedicar un sentido reportaje a quien fue el artífice de la construcción del puerto, reclamé su recuperación y colocación en un lugar de honor.
A los dos días me llamó Pepe Torrado, por entonces responsable de relaciones públicas de la Autoridad Portuaria, a quien no tenía el gusto de conocer. Se comprometía a buscar la escultura, a restaurarla y a ubicarla en el sitio que merecía tan egregio personaje.
Pasadas unas semanas, Pepe me mostraba el busto, una vez que había dado con él, arrumbado en un almacén. Su iniciativa seguía en pie. Tiempo después, la efigie del ingeniero Rosende presidía el muelle de España.
Una historia aquella que ambos rememorábamos esta semana cuando coincidimos en un acto. Y una oportunidad que, ni pintada, para preguntarle al presidente de la Autoridad Portuaria algunas cosas.
Por ejemplo, sobre la cinta transportadora de equipajes de la Estación Marítima que dejó de funcionar. Razones de seguridad, me explicó, después de que un menor se viera aprisionado en ella por una de sus extremidades. De nada valió la posterior protección de la citada cinta con una especie de barrera. Las imprudencias estaban al orden del día. Al final se recurrió a situar a dos agentes del puerto, uno al principio y el otro al final del dispositivo, a costa de detraerlos de otros servicios. La inviabilidad de la medida acabó, finalmente, con la inmovilización de la transportadora. Algo parecido le ocurrió al ascensor, me apuntaba también, víctima del vandalismo de algunos, hasta que se blindaron determinados puntos vulnerables de su mecanismo.
Hablamos también de barcos, cómo no. Del esplendor que vive nuestro puerto en los tráficos de avituallamiento de combustible.
Se supera ya el gran movimiento de la década de los setenta y ochenta. Y si el puerto y la bahía no se ven abarrotados de buques, como antes, es debido, sencillamente, a la rapidez que para el suministro permiten las modernas tecnologías y lo ligero que resulta cierto tipo de fuel que, por entonces, no se conocía. “¿Y ese muelle Alfau?” –me enfatizaba – “¿Te acuerdas de los muchos años en los que no entraba ni un solo barco y la actividad que registra ahora?”
Y si orgulloso y feliz se me mostraba Torrado con todo ello, no menos lo estaba con el exorno del muelle Dato. Todo un vergel, mucha de cuya estructura la consiguió de la Expo de Sevilla. Multitud de plantas, sí. Más “La Ola”, la escultura de Diego Segura; la recién remodelada y elegante rotonda que preside la vieja apisonadora o la señorial y elegante fuente que se ha colocado delante de la entrada principal de la Estación protegida, por supuesto, por una cristalera blindada a prueba de vándalos y desaprensivos… Qué remedio, visto lo visto.
- Pero Pepe – le comento -, ¿cuándo vas a acabar con esa cantidad de mujeres marroquíes que, mañana, tarde y noche, acosan a grupos turísticos, a visitantes y a lugareños con sus particulares souvenirs, además de alguna que otra pedigüeña habitual y que resultan ser las mismas de siempre?
- ¿Sabes lo que te digo? – me responde-; que, cuando me ven, salen corriendo que se las matan.
- Pues ya sabes, Pepe. A lo mejor es que tú lo haces mejor que tus propios agentes –bromeo -. Una estampa lamentable y a erradicar de esa preciosa Estación Marítima. Por cierto que, el jueves, y por primera vez, no vi a ninguna. ¿Pura casualidad presidente?

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