No hay momento emocional en que no nos jodan la existencia. Cuando eres joven porque estás inseguro con tu cuerpo, con tu vida, con lo que haces y lo que no. Cuando eres mayor (y nos creemos alguien), mirándonos al espejo nos damos cuenta de que no ha cambiado nada, excepto que las inseguridades se han acentuado porque la gravedad hace mella en todos los habitantes del planeta y nosotros no somos la excepción a la regla.
Las modas, las convenciones sociales, el “voy un paso más allá” con desvergüenza sobrada como estrategia comercial para sacarse dinero de donde no hay nada. Y nosotros que toleramos todo con pasotismo, sin lapidar a esos tontos que salen de las semillas de las amapolas, con la maravillosa idea de hacer de nuestra vida una miseria con sus predicados novedosos.
Internet -en esto -lo peta porque a cualquier edad puedes descubrir un gurú que te intentará decir qué es lo que debes cambiar y cómo para que tu vida sea más placentera. Da igual la edad porque magníficas sesenteras con cuerpos de Barbie te evidenciarán que hay algo muy malo en tu genoma, tu ADN, tu hormonación o la madre que las parió a todas ellas para que estés rellena por dónde no debes estar y flácida por dónde deberías estar tersa.
No hemos tenido bastante las mujeres de mi edad con aguantar machadas sobre el físico del tipo" tienes poco de aquí "o "mucho de allí "o "no eres muy esto" o "muy lo otro", para que ahora que somos abuelas recientes, descubridoras de la magia de hacer lo que nos salga del moño, vengan disparatadas criaturas famélicas de grasa y ávidas de fama a hacernos la cama de que con 4 brochazos y un traje de Shein podemos sacarnos un maravilloso novio o ser el alma de cualquier cotarro que se precie.
No sé qué pensarán ustedes- si es que están ahí, que lo dudo- pero los novios a los sesenta no molan nada, los cotarros aún menos. Pero nada, nada, ninguno o ambos juntos y revueltos. Porque las mujeres de sesenta no estamos para estiramientos románticos, ni sorpresas aleatorias, ni conclaves de cotorras. Por lo menos la menda. Denme tiempo, sol y silencio, y me apunto. Charla inteligente, cortita y con sustancia. Un paseito, un bañito, un vivero y apúntense ustedes a lo que gusten que yo paso hasta del cielo. Por pasar, paso hasta de las ferias- todas- incluidas las del libro, ya ni les cuento las de Sevilla y demás filiales , donde los niñatos se visten de famosetes para calmar las ansias de protagonizar muchos comentarios aunque sean acordándose de su mamá y de su papá. Este mundo está con una pedrada en la cabeza desde que Don Quijote se volvió cuerdo y Sancho, loco perdido. Etílicos perdidos todos hasta la médula , que no hay celebración que no vaya acompañada de caldo -mucho y no siempre aguado- que al parecer se vive mejor si estás con el hígado maltrecho y vomitando el mar rojo por el esófago.
Seré – lo que me quede de gasolina-una sieza en barra, rechinando los dientes de puro aguantar fanfarrias ajenas. No me busquen que no me encuentran ni en saraos de necios, ni en fiestas peruleras de celebraciones varias. Prefiero masticar piedra ostionera, porque al menos sabe a mar rancio y antiguo que ni se pone a hablar, ni te agobia con consejos sin tregua.
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