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Pavía, 1525, la estela del desmantelamiento de un sistema de guerra de siglos

Por Alfonso José Jiménez Maroto
12/11/2025 - 04:25
pavia-estela-desmantelamiento-sistema-guerra-siglos-001
Imágenes cedidas

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Durante los trémulos años de la Edad Moderna (siglo XV y finales del XVIII) numerosos actores del momento tuvieron dificultades elocuentes con el advenimiento de Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico (1500-1558), descendiente por parte de padre, de la Casa de Habsburgo y de madre, de la Casa Trastámara, por lo que aglutinaba imponentes posesiones. Llámense, Aragón, Castilla, Nápoles, Sicilia y las Indias, además de Borgoña y algunos espacios austriacos. Con el matiz, que desde el año 1520, adquirió el trono imperial del Sacro Imperio Germánico, lo que le hizo el hombre más poderoso del planeta.

A la par, subyace en este contexto fluctuante Francisco I de Francia (1494-1547), conocido como ‘el Padre y Restaurador de las Letras, el Rey Caballero y el Rey Guerrero’, quien al quedar en la estacada en su tentativa de convertirse en emperador, se atinó incómodo y digamos que irritante con su nación, por estar cercada por enclaves y demarcaciones de Carlos I. Sería en aquel intervalo cuando dispuso hacer alarde con los tambores de guerra, emprendiendo la Guerra Italiana (1521-1526) en la que estuvo en juego la supremacía en el Viejo Continente.

Adelantándome a lo que desgranaré, Francisco I satisfizo su voracidad de conquistar el Milanesado o Estado de Milán, al igual que acometía los territorios de Carlos I en los Países Bajos y, a su vez, se engarzaba a la figura de Enrique II de Navarra (1503-1555), en su afán por rescatar esta zona con los apoyos satisfechos de la República de Venecia y un grupo de mercenarios convenidos a sueldo.

Por otro lado, véanse en acción las fuerzas circundantes de la Monarquía Hispánica y el Sacro Imperio Germánico, a las que se incorporaron el Reino de Inglaterra y los Estados Pontificios. Ni que decir tiene que los primeros triunfos llegaron del lado de Carlos I, pero éste no pudo imposibilitar que en 1524, Francisco I se hiciera con el Ducado de Milán y apremiara a las huestes españolas abandonar la ciudad. En tanto, sus hombres se blindaban en Pavía.

Ya en las postrimerías de 1524, treinta mil soldados franceses encabezados por Francisco I, pusieron batalla a la ciudad de Pavía que en aquellos momentos se encontraba salvaguardada por Antonio de Leyva (1480-1536), y que junto a seis mil soldados y con escasos abastos, se habían hecho fuertes en la plaza.

Progresivamente el entorno en Pavía se intrincó, ya que los lansquenetes alemanes y suizos que formaban parte del contingente español, comenzaron a protestar porque no recibían el dinero estipulado. Cuestión que incitaría a los generales españoles a embarcar sus bienes personales para solventar la deuda de los mercenarios, mientras que advirtiendo el curso agravante de los acontecimientos, los arcabuceros dispusieron privarse de su paga. Lo cierto es que Leyva persuadió a sus subordinados que lo que deseaban (comida y botín) se encontraba tras las líneas enemigas.

El 24/II/1525, aquellos hombres acorralados marcharon al campo de batalla coincidiendo con la recalada de veinticinco mil hombres de refuerzo al mando de Carlos de Lonnay (1487-1527) y Fernando de Ávalos Aquino y Cardona (1490-1525), que lograron contrarrestar la ofensiva y coordinaron una tenaza que acabó alcanzando a los galos. Hasta el punto, que la Infantería de España y los lansquenetes atropellaron a la Infantería y Caballería de Francia.

Los guarismos en cuanto a las bajas producidas entre las Tropas francesas fueron abrumadoras y como pincelada preliminar, poco más o menos, la mitad del contingente murió, a diferencia de las facciones imperiales.

Y en medio de este embate de titanes, quien hizo prisionero a Francisco I es desde entonces motivo de discusión, pues tanto Carlos I como el monarca francés atestiguaron diversos nombres como partícipes en el prendimiento, siendo trasladado a Madrid y encerrado en la Torre de los Lujanes, donde estampó su firma por el que desistía a sus ínfulas sobre varios territorios y aceptaba contraer matrimonio con Leonor, hermana de Carlos I. Al retornar Francisco I a su patria, el Tratado quedó nulo, lo que hizo que las rivalidades entre ambos estados se perpetuaran en los años sucesivos, convirtiéndose esta pugna en una de las más considerables de la Historia.

Con estos mimbres, cinco centurias más tarde, he aquí el duelo que transfirió a la dominación imperial en Italia y al preámbulo de un modus operandi de materializar la guerra. Corroborándose el potencial de las armas de fuego individuales ante la Caballería pesada gala y los contrafuertes sobre los que se alzarían los futuros Tercios de la Monarquía Hispana. Si bien, Pavía no puede concebirse sin su eventualidad más inmediata. Me refiero a la Guerra de los Cuatro años, nombre alternativo a la Guerra italiana (1521-1524), uno de los conflictos dentro del extenso período de las Guerras que se libraron en esta Península (1494-1559).

El 27/IV/1522, en el transcurso de la Guerra de los Cuatro Años, las Fuerzas Hispanas e Imperiales se imponen en la Batalla de Bicoca a los franceses y venecianos. Con este descalabro, a Francisco I no le quedaba otra elección que pasar al ataque y esto se produjo a principios de 1524. A criterio de los historiadores, el éxito abrumador en Bicoca hizo que este vocablo representara algo así como “cosa fácil o barata”. Y en la última etapa de este mismo año, los franceses emprendieron una incursión cerca de Milán bajo las órdenes del almirante Guillaume Gouffier de Bonnivet (1488-1525).

No obstante, los francos fueron diezmados por las Tropas Imperiales al mando de Juan de Médici (1498-1526) y Fernando Francisco de Ávalos Aquino y Cardona (1490-1525). Los franceses hubieron de escapar cerca de Milán.

"A las puertas de la ciudad lombarda de Pavía, la historia en los campos de batalla de Europa volteó para siempre, con un hito clave que revelaría el vigor, la capacidad y la generosidad extraordinaria de los Tercios Españoles"

Las huestes españolas compuestas por piqueros y mosqueteros con la singularidad que a pesar de discurrir a caballo combatían a pie, consiguieron hostigar los flancos franco-suizos dispuestos con picas largas. A un tiempo, los arcabuceros dirigidos por Ávalos Aquino, se valieron de su presteza y agilidad para retirarse con relativa soltura y emplazarse en otro recinto de la línea de marcha francesa.

Como es sabido los franceses padecieron enormes bajas, confirmando la Infantería Española su innovadora táctica de fusionar el cuadro de piqueros con las armas de fuego para la embestida final. El fiasco francés en el campo de batalla se conoce como ‘la Fuga de Seisa’ y merece una referencia especial, por el descosido y desconcertado repliegue. De este modo, Francisco I abanderó la ofensiva tras el naufragio de la penetración de Provenza.

Más adelante, el ejército francés franqueó los Alpes con una cantidad importante de soldados. Mientras las Tropas Españolas hubieron de abandonar Milán y guarecerse en Lodi y otras áreas más próximas. Posteriormente y como inicialmente he expuesto, soldados españoles y lansquenetes alemanes conducidos por Leyva se protegieron en la cercana Pavía.

Aunque Pavía se circunscribía en un conjunto fortificado bastante restaurado con baluartes, Leyva con algo menos de siete mil combatientes tuvo que oponer una férrea resistencia y reajustar la defensa de manera superlativa, incluso mucho más de lo que los franceses aguardaban. Todo ello, teniendo en cuenta que los franceses no claudicaban en su ahínco de seguir bombardeando, no abrieron ni una sola fisura de acceso en Pavía. Claro, que mientras esta operación se desencadenaba, los franceses tuvieron que verse forzados a desechar un desembarco de refuerzos españoles en Génova. Además, la pólvora comenzaba a restringirse en su empleo por la carencia entre la artillería francesa y por doquier, el agotamiento se acrecentaba entre las Tropas, nulas con su cansino maniobrar de doblegar Pavía.

Curiosamente, aunque los franceses esperaban una rendición española, por el Norte se avecinaban refuerzos. Aquello que se avistaba en la lejanía era un Ejército Imperial a las órdenes de Georg Von Frundsberg (1473-1528), conformado con lansquenetes alemanes y austriacos que se enfilaban a Milán con la premisa de poner fin de una vez por todas la amenaza francesa.

Leyva prosiguió dando tiempo a los refuerzos aludidos y enfrentando las acometidas francesas. Francisco I, contra las máximas de sus mandos más directos, cedió a las directrices del Papa, quien le sugería distribuir su ejército en dos, ante la inminencia de las Tropas españolas y germanas. Esto sería viable cuando el Sumo Pontífice traicionó el fundamento imperial y firmó un Tratado de Amistad con Francia, encomendando que tanto Florencia como Venecia se ligaran al pacto. Así, una parte de sus fuerzas se encaminaron a Nápoles, porque en este espacio la resistencia española era limitada y recibía el apoyo de Médici.

Aunque este cariz diese la sensación de ser beneficioso para la guarnición de Francisco I, en verdad no lo iba a ser, porque en su totalidad eran desiguales y aquello entrañaba nada más y nada menos, una ineficacia táctica que empequeñecía visiblemente su consistencia a la hora de percutir contra el adversario. A fin de cuentas, en los primeros días del año 1525 comparecían los refuerzos imperiales con unos veinte mil soldados, de los cuales, seis mil eran de origen hispano, tres mil italianos y trece mil alemanes. Amén, que los franceses optaron por quedar a la expectativa, al saber de buenas fuentes el inconveniente económico de los asediados. Coyuntura que juzgaban primordial para que la balanza se inclinase con vista a la rendición.

Una vez más, los franceses abordan el plantel amurallado pero los españoles salen airosos. No ha de soslayarse, que el hambre comienza a rendir cuentas y es aquí cuando Leyva formula un alegato vital a sus soldados, al hacerle sospechar que lo demandado por sus hombres estaba al otro lado del muro.

Sin lugar a dudas, esta retórica cargada de grandeza, arresto y acometividad, se hicieron cardinales en el devenir más presto de los sucesos, pues en un santiamén se constituyeron cuadros magistrales de piqueros con la Caballería implícita y abrían sin pausa un cúmulo de grietas en las filas francesas.

Obviamente, aquello era admisible gracias al inigualable engarce de españoles y lansquenetes alemanes que de forma compacta y sin un mínimo de resquicio en su ejecución, alentaban a los arcabuceros. Con este plantel épico la Caballería francesa era incapaz de sostenerse y tomar el mínimo contacto con la Infantería, quedando de cabo a rabo inoperativa para cualquier amaño.

Leyva, no quitando ojo del escenario propicio para el Ejército Imperial, no vaciló un instante en percutir contra los franceses y empujó a sus hombres, asistiendo a los refuerzos recién llegados. Esta agudeza en la estrategia paralizó a los franceses totalmente confusos y descompuestos, ascendiendo cuantitativamente sus bajas. Sin embargo, Francisco I en su orgullo y arrogancia, permaneció luchando en tan insólita batalla con el propósito de dispersarse.

Llegados a este punto, es aquí cuando el rey sucumbe y cae de su caballo ante el aluvión de cargas, y al pretender incorporarse se encuentra en su cuello la espada contraria. De inmediato, es hecho cautivo y Carlos I le exige firmar el Tratado de Madrid, por el que Francia desiste a sus derechos sobre el Ducado de Milán, Nápoles, Génova, Artois y Borgoña en disputa con España. Y conjuntamente a contraer matrimonio con su hermana y enviar a dos de sus hijos a España, para de esta manera asegurar el cumplimiento del acuerdo.

Sobraría mencionar el disparate del emperador, llamado ‘el César’, al dejar marchar al rey francés, pues nada más atravesar la cadena montañosa de los Pirineos, contravino el compromiso dado. Pronto, regresarían los franceses a la carga contra las posesiones hispanas y una vez más, los Tercios para protegerlos.

Tras Pavía, aunque veinte años antes sus primeros destellos se sitúan en Ceriñola y Garellano, las riendas del Imperio quedaban a merced de la proyección hispánica y se alzaba con la potestad del continente europeo, de lo que se atisbaba una realidad: el Camino Español que despuntó en Milán y llegaría hasta Bruselas y gradualmente, hacia el orbe en su integridad.

Y es que Pavía hace incontrastable que la conjunción sistematizada de la Caballería, en menor dimensión, junto a la Infantería, sobre todo, en un engranaje intachable, aunque la representación numérica parezca desventajosa al del contendiente, llega a ser mortífera: en los últimos suspiros del siglo XV (1401-1500), el Tercio concebido y forjado por Gonzalo Fernández de Córdoba y Enríquez de Aguilar (1453-1515), conocido como ‘el Gran Capitán’, se traduce en los siglos futuros como la punta de lanza del Ejército Imperial.

Asimismo, Francia queda desmantelada y encajonada en Europa, bloqueada por las dominaciones españolas y apenas sin aliados. Y a partir de este acometimiento, a Francisco I no le queda otra que negociar contra su propia voluntad con venecianos, otomanos y el propio Papa, para al menos intimidar los feudos hispanos.

En consecuencia, a las puertas de la ciudad lombarda de Pavía, la historia en los campos de batalla de Europa volteó para siempre, con un hito clave que revelaría el vigor, la capacidad y la generosidad extraordinaria de los Tercios Españoles.

pavia-estela-desmantelamiento-sistema-guerra-siglos-002Un triunfo que marcó un antes y un después en el desenvolvimiento militar y político que fijaría la autoridad imperial de España: los soldados a pie, bien guarnecidos con pólvora, se impusieron contra todo pronóstico a la envalentonada y confiada Caballería francesa. En otras palabras: el alcance de la Batalla de Pavía es la lección conclusiva de un proceso de transformación táctica y estratégica que culminó en este combate y la supeditada confirmación militar con la plasmación preeminente de los piqueros, arcabuceros y espadachines.

Realmente, las campañas de Italia determinaron un laboratorio de trazado táctico, logístico y tecnológico, donde acometida a acometida salvada a sangre y fuego, se pulieron a más no poder.

O lo que es igual: en Pavía, tras el apogeo de un período de acomodo y refinamiento que partió con las primeras participaciones españolas y tras lapsos de verificación y despropósitos, por fin se dio luz verde a un paradigma de guerra establecido en la Infantería con sujetos enteramente profesionales y el automatismo metódico y persistente de armas de fuego individuales.

Y de cara al arquetipo medieval en el que la Caballería pesada impulsaba y ostentaba la fuerza de gravedad de los Ejércitos, los españoles fraguaron una Infantería constituida sustancialmente en el valor de la disciplina. Esta transición derivada inexcusablemente tanto de la necesidad como de la experiencia atesorada en luchas contra franceses, suizos y alemanes, tocaría techo en Pavía, donde la raíz de los Tercios, o séase, el orden cerrado de las coronelías, acreditó ser invulnerable.

No cabe duda, que el manejo de la pólvora era habitual, pero las armas de este modelo se empleaban mayoritariamente en los asedios, contemplado como el cerco dilatado a una posición que suele ir seguido del asalto a esta, con el fin de su ocupación mediante la fuerza o el desgaste. Recuérdese al respecto, que la Artillería pesada que Carlos VIII de Francia (1470-1498) derivó a Italia en su campaña (1494-1495), ocasionó innumerables estragos, pues no existía fortificación que la repeliese. Pero los españoles fueron los precursores en la aplicación de las armas de fuego individuales en contiendas y ofensivas.

Para ser más preciso en lo fundamentado, en el coctel de las guerras de Italia la Infantería de España iba dotada con más armas de fuego que sus contendientes y éstas estaban por encima en términos tecnológicos, al operar con un dispositivo de llave de mecha que las hacía más precisas en su eficacia y sencillas en el manejo.

En Pavía, la Infantería Española no solo oprimió y derrotó a los franceses, sino que desmontó las piezas de un sistema de guerra paladín durante siglos: desde este momento, el campo de batalla era un suplicio para la flor y nata de la nobleza francesa, liquidada antes de aquilatar su aparente superioridad marcial.

De cualquier manera, esta innovación comportaba una convulsión cultural, pues el rehúso de nobles y humanistas hacia las armas de fuego venía aparejado porque desbarataban el protagonismo influyente de la Caballería pesada nobiliaria, como unidad de choque colosal.

Prodigiosamente, un villano provisto de arcabuz e insignificante instrucción, podía eliminar a un noble que desde la infancia se adiestraba celosamente para ser un guerrero portentoso. Y el fallecimiento por arma de fuego de individuos calificados de los más sobresalientes y esforzados guerreros de estos tiempos, agrandaría el desprecio hacia los arcabuces y cañones. El carácter de una guerra noble y encuadrada de acuerdo con los mandatos caballerescos, ahora era objetada.

Tómese como ejemplo el caso concreto del caballero Pierre du Terrail (1473-1524), señor de Bayard e insignia de la caballerosidad francesa, quien pereció por un disparo en retirada. Su fin, encarna, mejor que cualquier argumentación, la conclusión de una etapa dorada.

"Cinco centurias más tarde, he aquí el duelo que transfirió a la dominación imperial en Italia y al preámbulo de un modus operandi de materializar la guerra"

Ahora, la Caballería pesada, puntal de la guerra medieval y distintivo de los valores aristocráticos, se exhibió como infructuosa ante el escudo coordinado de picas y arcabuces de la Infantería.

El combate dejaba atrás el espacio de experimentos para la capacidad nobiliaria y abría brecha al ingenio profesional, donde la conexión, junto a la logística y el fuego concentrado, importaban más que el valor individual. A ello se sumaba que el Ejército Imperial no solo se ataviaba de mejores armas que el contrario, sino que actuaba con el mejor cuerpo de soldados duchos de Europa.

No estoy apuntando a Tropas más o menos, improvisadas o incorporadas aceleradamente, aquellos eran hombres curtidos por largas fechas de hostilidades en los campos italianos, que estaban al tanto de algo tan imprescindible como la dureza orográfica, las tácticas enemigas y la forma de adecuarse ante cualquier incidencia desfavorable.

Esta Infantería ‘made in España’, eje articulador de lo que a posteriori tallarían los Tercios, se convertiría en la definición inapelable de la victoria: ninguna de las Fuerzas contrincantes se aprestaba de un contingente que se le pudiera equiparar.

La profesionalización de la Infantería con militares retribuidos y subordinados a la inquebrantable disciplina y creados en la acción conjugada, presagia lo que serían los flamantes Ejércitos Nacionales. Porque en Pavía, se encararon dos ideas disonantes de vislumbrar la guerra: primero, ‘la medieval’, cimentada en la heroicidad, osadía y arrojo exclusivo y la prerrogativa aristocrática y, segundo, la que me atrevo en denominar ‘la inesperada y centelleante’, sustentada en la eficiencia táctica y el compromiso denodado en grupo. La última, ninguna vez especularía así misma y con ella, a diestro y siniestro, dominaría la Monarquía Hispánica.

Finalmente, con el desplome del romance caballeresco, Pavía alteró la morfología de caracterizar la guerra. Por aquel entonces, las batallas se mostraban como si cada composición pictórica se orientase a una inspiración visual al más puro ardor caballeresco.

La estampa plástica de la guerra se tornó hacia el realismo, sin idealizaciones ni adornos. En un abrir y cerrar de ojos, artistas, grabadores y tapiceros precisaban el rigor de la lucha y la resultante legitimidad de la Infantería Española.

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