No parecían lo que eran a simple vista, porque estéticamente lucían como gaviotas. Hacía mucho frío. Es normal en estas fechas que se nos atora el invierno al cuello, para regalarnos volutas impías de vapor despegándosenos de los labios. Son besos al aire que no damos, saludos que nos guardamos y ese sentimiento de tristeza que no se nos va ni con los cánticos, ni con las luces y muchos menos con los regalos. Prefiero cien veces el calor de averno del verano, los sudores, las colas interminables de coches de vuelta de la playa o esa siesta forzosa entre el runrún del aire acondicionado y las moscas atrapadas en los visillos.
No sé quién escribió que si existiera el Infierno estaría helado, pero debe ser cierto porque se congelan los corazones con la falta de amor y nos deja maltrechos y rotos como si nos hubieran expuesto a la ausencia total de un abrazo, unos besos o un regalo de vida compartida.
Deberían ser estas fechas de esperanza, ilusión y renovación de deseos. Pero aquí estamos como las viejas palomas de mis recuerdos, encorsetados en palomares ruinosos con eyecciones de guano por doquier y niños que nos conformábamos con ver escaparates.
Los comercios de ahora sí que entienden de fechas, de puentes, de trabajos a tiempo parcial por horas molidas y sudadas, inventándose las rebajas de las rebajas y los domingos laborables. De las opíparas comilones y borracheras diarias pasaremos al austero enero de las dietas, la consecución de objetivos matriculándonos en lo que sea…Da igual idiomas, que deportes u oposiciones. Como si pasar de un día a otro nos diera la misma libertad que a los pájaros, las lombrices o los piojos de mar de los que se atiborraban las palomas del Trocadero. Es normal que, si ves unos pájaros enormes- y entre blanquecinos y grises- a la orilla del mar, entre piedras que despuntan con la marea baja, pienses que son gaviotas. Pero no, eran palomas voraces, tanto, que tenían cuerpos de superheroínas hinchados a estrógenos. Debe ser cierto que las proteínas te petan, porque ya les digo que era prodigio de verlas picoteando carne, en forma de lo que fuera, que se pudiera comer entre los habitantes de las rocas y marismas.
Los plumajes eran lustrosos y los cuerpos en nada parecidos a esas palomas raquíticas, feas, lastradas y sin sustancia de la Plaza España de mi infancia, que asquito daba que siquiera te voltearan cerca. Me recordaron, en cambio, éstas, la bondad de la dieta mediterránea, lo longevos que eran nuestros padres y lo muy chorras que nos hemos vuelto nosotros con tanto kéfir, tanta proteína en barra y el jodido aguacate.
Para los que adolecéis de mi edad, cascándoosla ya casi todo, jubilados o casi, despechados siempre porque nos duelen hasta las pestañas en cuanto ponemos un pie en el suelo, porque nunca tenemos razón, porque hemos nacido bisagras entre nuestros padres autoritarios y nuestros hijos sabelotodo y-sobre todo- asombrados que este mundo no se vaya a tomar viento de Tarifa a poco que se menee. Para vosotros van mis mejores deseos de que os cuidéis, de que sigáis aquí no un año mas sino décadas, lustros si podéis, para quejarnos, para dolernos, para soñar que importamos y que nos importa algo más que sobrevivir al frío del invierno, para esperar al averno del verano.
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