Hemos olvidado demasiado pronto el miedo. También el respeto, sobre todo por los que nos dejaron y por los que no pudieron siquiera despedirse de sus seres queridos. El virus nos impidió dar abrazos pero también consuelo; el virus dejó a familias destrozadas y terminó con los negocios de otras tantas. Pero todo eso se ha olvidado demasiado pronto, tan pronto como se ha pasado de las restricciones a la consecución de ciertos márgenes de libertad que, mal entendida, ha derivado en comportamientos insultantes. No, no solo hablo de las playas y esas escenas de gente apelotonada buscando un rayo de sol, sino de cuantiosas imágenes que se repiten a diario en cada lugar y que igual pasan más desapercibidas pero que incurren en el mismo riesgo. No se trata de poner un policía en cada esquina para vigilar, se trata de que todo esto que hemos pasado nos debería haber hecho cambiar pero no ha sido así. Sigue existiendo el mismo egoísmo y similares preocupaciones, las mismas de antes de que el tiempo se detuviera, las mismas de antes de que un enemigo invisible nos pusiera boca abajo y empezara a dañarnos sin que los sanitarios pudieran hacer algo más que seleccionar sus modos de actuación.
No sé qué habrán aprendido muchos de todo esto, solo sé que en aquella fase 0 en la que no se oían más que los aplausos de las 8 que luego derivaron en verbenas incomprensibles, todos nos hacíamos promesas de cambio, todos parecíamos haber visto las orejas al lobo y todos estábamos concienciados en que el planeta nos estaba devolviendo una lección que, se supone, debíamos haber aprendido.
El día a día, estando en fase 3, nos demuestra que no solo no aprendimos sino que quizá nos hayamos convertido en peores de lo que fuimos. Y si una gran lección no nos ha servido, mucho menos un policía o una amenaza de multa.






